Cuesta recordar que fue uno de los más grandes jugadores en la historia de la NFL, incluso en el top-40 de todos los tiempos según algunos conteos. Cuesta recordar que hasta en cuatro temporadas se consagró mejor corredor de la liga. Cuesta recordar que como colegial ganó el trofeo Heisman, y como profesional el MVP, y que cada que recibía el ovoide las gradas se levantaban en espera de algo grande. Y cuesta recordar su natural simpatía: que fue uno de los personajes más carismáticos que en el deporte -y más allá de él- hayan existido, imagen de multitud de marcas, personaje cómico de taquilleras películas, símbolo de la cultura pop estadunidense, de apariciones en programas tan encumbrados como Saturday Night Life.

 

La vida de OJ Simpson ha sido un camino empecinado en borrar de la memoria colectiva sus inmensos logros en la NFL, a cambio de aparecer bajo cualquier faceta en un encabezado. Un individuo que nunca se resignó a dejar de ser imán de reflectores. Como Juan Villoro lo describía en un maravilloso artículo: “Ávido de notoriedad, el fugitivo quiso correr hacia sí mismo”. Lo que fuera, pero por favor no la indiferencia pública.

 

El 17 de junio de 1994 estaba llamado a ser el día en que futbol y población de los Estados Unidos se encontrarían y entregarían recíproca e incondicionalmente. Se disputaba la inauguración del Mundial en Chicago y la FIFA imploraba que por fin el mercado de las barras y las estrellas dejara de ser excepción y adorara su deporte. Sucedió que todavía nadie se convencía de dejar de llamarle soccer, cuando una ex figura de lo que ahí se conoce como football, despojó a la Copa del Mundo de rating: era OJ Simpson en cadena nacional, perseguido por la policía tras la presunta autoría del asesinato de su ex esposa y su novio. ¿Cuánto interés tenía ver a un coche escapando por carreteras vacías y detrás de él patrullas y helicópteros? Mucho más que cualquier gol.

 

Paradojas del destino, OJ fue absuelto tras el juicio más mediático de la historia, pero después condenado por un tribunal civil. Todavía años después, cuando de él ya colgaba la etiqueta de apestado, salió de un temporal anonimato para reclamar paternidad del bebé esperado por la fallecida Anna Nicole Smith (la voluptuosa modelo, otro personaje víctima de la industria del entretenimiento y compañera de OJ como actriz en alguna película).

 

Años después, asaltó un cuarto de hotel de Las Vegas para robar a un coleccionista de artículos y memorabilia de su carrera; desde entonces, ha estado en la cárcel. Esta semana reapareció en la corte, canoso y corpulento, para pedir un nuevo juicio.

 

Cuesta recordar que tuvo las piernas más ágiles y poderosas del mundo. Cuesta recordar todo lo que consiguió en el emparrillado… Y todo quizá por su obstinación en ser permanentemente y a toda costa, recordado.

Twitter/albertolati

Alberto Lati

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