Si alguna portada ya tenían clara los tabloides de Honduras para este 2013, era la previa a la visita de la selección mexicana a su país. Algo tan previsible como obvio eso de “Saluden a papá”, considerando la pasión que genera ahí el Tricolor y la indiscutible hegemonía que últimamente han ejercido cuando son locales frente a nuestro once.

 

Cuatro años atrás pasé más de una semana en San Pedro Sula, previo al cotejo eliminatorio que supuso el despido del entonces entrenador tricolor, Sven Goran Eriksson.

 

Lo primero que escuché al pisar territorio catracho, fue aquella frase de “aquí hay dos estaciones: el verano y el infierno”, y es que eran principios de abril y el calor no tenía límite; un calor que desgasta, cansa, agobia, y se convierte en infierno con la fuerte humedad y el escaso viento que sopla en ese valle.

 

No obstante, lo que más me impactaba era la curiosa relación odio-amor que este pueblo siente hacia el nuestro. Una anécdota en el mercado sanpedrano me permitió entenderlo. Escuchábamos enardecidos gritos desde un puesto: “¡Los odiamos mexicanos!”, “¡Se van a orinar!”, “¡Honduras es su padre!”, pero de pronto vimos que quien profería las palabras vestía uniforme del equipo mexicano Pumas. Hablamos con él y explicó ya en otro tono: “lo que pasa es que yo soy Puma de corazón… Siempre lo sigo… Es mi equipo favorito junto con el Club Deportivo Marathón de acá… Les vamos a ganar, pero ojalá califiquemos los dos al Mundial… La verdad, no me puedo imaginar un Mundial sin México… Y el Cuauhtémoc Blanco tienen que llamarlo… ¡Me firmó mi camiseta cuando vino!”.

 

¿No se puede imaginar un Mundial sin México quien es capaz de gritar “¡los odiamos mexicanos!” y de presumir que tiene un autógrafo de Cuauhtémoc? Obvia y evidentemente, esta rivalidad existe sólo en terreno futbolístico. En todos sus televisores veíamos programación mexicana; en la portada de su periódico más importante se hablaba del cercano concierto de Vicente Fernández; en los puestos me explicaban que la mercancía más cara, comprada y deseada es la mexicana; en las calles me repetían la veneración y hasta idealización de la vida mexicana: “me gustaría irme a vivir ahí… Otros amigos se fueron para Chiapas y les ha ido muy bien en el trabajo… Es un país muy desarrollado, muy industrial, que económicamente está mucho mejor que nosotros… Pero en futbol ya estamos igual”.

 

Para Honduras representa algo muy especial esta jornada cada cuatro años: recibir al Tri, cuyo plantel admiran y conocen tanto como nosotros, y superarlo en la cancha.

 

Encabezados ofensivos, burlas, serenatas en el hotel tricolor la noche previa, recibimientos hostiles en el estadio, son parte del repertorio habitual. Eso sí, termina el partido y vuelven a ser una especie de hermano menor que ha disfrutado el envalentonarse ante el mayor, que se ha enorgullecido de mostrarse capaz de competir –o vencer- a quien tanto se estima, y que espera asistir al Mundial pero prefiere que eso no suceda a costa del detestado México. Sin duda, un odio peculiar el hondureño hacia nuestro país; casi diría yo, un odio con elevada cuota de amor.

 

 

Alberto Lati

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