El Bradford y el encanto de la Copa

Alberto Lati

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Podrán tasar a clubes en 2 mil millones de dólares, y elaborar intrincadas estructuras en torno al futbol, y mencionar factores de las más complejas índoles, pero esto es más sencillo y la prueba está ahí: si rueda la pelota y hay once de cada lado, alguna posibilidad tiene de ganar cualquiera que esté en la cancha, sin importar dinero, prestigio o infraestructura.

 

Los torneos europeos de copa se encargan cada año de conceder conmovedoras lecciones. Entre más exclusivista se hace el futbol de élite, más importante es el mensaje que de los cuadros semiprofesionales emerge.

 

Este año ha avanzado hasta la final de la Copa de la Liga inglesa (Capital One Cup, por su patrocinio) el Bradford City, de cuarta categoría. En su camino ha dejado fuera a cuadros como Arsenal, Wigan o Aston Villa, y peleará el título en el mismísimo Wembley con el Swansea de la Liga Premier.

 

En tiempos en los que las estrellas del balompié británico cobran hasta 300 mil dólares por semana, resulta irrisorio un equipo cuyo fichaje más caro costó unos 11 mil dólares. Se trata del delantero James Hanson, hasta hace poco tiempo empleado de supermercado y quien confiesa que nunca ha estado en Wembley (no jugando, obviamente; ni siquiera como visitante). ¿Qué solía hacer en su anterior oficio? Una ex compañera lo recuerda cambiando rollos de papel en el baño, acomodando cajas de cereal y siempre hablando de futbol.

 

De hecho, ahí radica el romanticismo de esta historia. Que el cajero del banco del pueblo, o el profesor de educación física de la secundaria del barrio, o el fornido mesero del restaurante de la esquina, o el estudiante de ingeniería, o cualquier otro sin importar su ocupación, llega a tener lo que Andy Warhol calificaba como “sus 15 minutos de fama” y en ese cuarto de hora demuestran que el futbol ha pecado de tomarse demasiado en serio a sí mismo.

 

Criticaba el técnico del Aston Villa, club víctima del Bradford en semifinales, la forma excesiva de festejar de los elementos rivales. ¿Qué esperaba? ¿Qué se limitaran a un actuado ritual de mover las manos a un lado o al cielo? ¿Qué recordaran en ese instante besar su anillo de casados, mirar coquetamente a la novia y señalarse el nombre en la espalda? Por supuesto que no: había que brincar, gritar, dejarse llevar, porque los milagros no suceden tan seguido. Son gente que ha amado el futbol igual o más que quienes de él viven tan generosamente, que sí tiene el sentido de la perspectiva muy a la mano, que juega por pasión y a sabiendas de que en unos años habrá que retirarse con ningún ahorro en el banco, que es uno más en el sitio de procedencia y ve como iguales a todos (al electricista, al taxista, al policía) y por ende comprende de maravilla el honor de representarlos en una cancha.

 

“Pensaba que nunca me sucedería llegar a ser profesional. Disfrutaba jugar en esta división y anotar goles. Pagan algo y puedes seguir teniendo tu trabajo, entonces no está mal el estilo de vida”, fueron las palabras de Hanson tras acceder a la final.

 

Un año atrás estuve en un partido de copa de un equipo de cuarta categoría, el Dagenham and Redbridge, ubicado en el extremo este de Londres. Una maravilla observar a los jugadores llegar caminando al estadio, escuchar a alguno decir que había tenido que pedir la tarde libre en su otro trabajo, ver a sus familias abrazadas de la multitud esperando que alguno de los casi amateurs futbolistas tuviera la actuación de su vida para ser comprado por algún cuadro al menos de segunda.

 

En México se ha revivido el torneo de copa, en la que se han incluido equipos de primera división A. Aunque eso nunca será lo mismo que tener a clubes de tercera y cuarta contra los grandes de primera, el ejercicio sigue siendo bueno. Todo con un pero: que varios cuadros de máxima categoría no le conceden importancia, incluso algún director técnico prefirió no asistir a algún cotejo. La Copa Mx anterior fue ganada por Dorados y para esta edición no sería raro que otro cuadro ajeno a primera vuelva a levantar el trofeo.

 

El precedente más claro respecto a la actual gesta del Bradford se dio en el 2000 con el Calais de la cuarta francesa. Llegó a la final, donde perdió dramáticamente en penales frente al poderoso Nantes. Aquel Calais sólo tenía contratados de forma permanente a dos empleados, uno de ellos el entrenador que sufrió un infarto en las celebraciones por la victoria en semifinales.

 

Este Bradford tiene una historia no exenta de tragedia. A la fecha hay elementos negros en su uniforme a rayas amarillo y escarlata, en memoria del fatídico incidente de 1985, cuando su estadio de madera se quemó y perecieron 56 aficionados.

 

Por momentos como el que estos modestos del futbol están viviendo, es encantador el torneo de copa. Por momentos como el que estos humildes del deporte disfrutan, es posible recordar que no es para tanto: es una pelota, hay dos porterías, son 11 de cada lado y en un buen día cualquiera puede ganar.

 

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