Liguillla de las tempestades

Alberto Lati

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Criticar el sistema de competencia, esa inevitable rutina del común de los aficionados futboleros de México al terminar cada torneo regular: que si es injusta, que si premia la mediocridad, que si abarata el título, que si beneficia a equipos que han hecho casi todo lo que no debían para ser campeones.

 

Y, sin embargo, pasadas las voces de protesta y sarcasmo, abre un mini-certamen en el que a diferencia del anterior los estadios están llenos, y las audiencias televisivas recuperan niveles de otros tiempos, y los equipos juegan como muchos hubieran querido que jugaran durante todo el año.

 

Clubes como Monterrey o Guadalajara, muy castigados por la opinión pública durante los últimos meses, criticados tanto por sus propios seguidores como los rivales, hoy aspiran a levantar el trofeo.

 

¿Qué han necesitado para llegar a esta instancia? Sumar en torno al 45 por ciento de los puntos disputados, exactamente la mitad del promedio logrado por el Real Madrid en la temporada pasada para ser campeón en España (cifras contrastantes pero poco deseables en ambos países).

 

Lo anterior debe dejarnos ver un factor que es intrínseco a nuestra liga, en la misma medida en que resulta ajeno a la ibérica: la competitividad. El hecho de que nueve equipos diferentes se hayan coronado durante la última década deja clara una paridad que añorarían tener muchos torneos en el mundo (a propósito de España: son nueve los cuadros que se han coronado, pero en toda su historia). Sin importar cuánto varíen los presupuestos por club, en México casi todo aficionado verá campeón, tarde o temprano, a sus colores.

 

Al mismo tiempo, proyectos que no inspiraban confianza alguna como el de las actuales Chivas, tienen pauta para reivindicarse y hasta consolidarse. Es sólo cuestión de una buena racha de tres semanas y hasta el señalado John van´t Schip podría dar la vuelta olímpica, lo cual evidentemente dista mucho del ideal y nos instala en la incongruencia.

 

¿Deseamos futbolistas competitivos por rachas o de forma permanente? ¿Cómo inculcar valores de regularidad y consistencia bajo estos parámetros? Debates necesarios, pero ajenos al momento y la circunstancia.

 

La liguilla es muchas cosas pero no injusta. Ese adjetivo sólo aplicaría si las reglas hubieran sido impuestas sobre la marcha. Desde hace cuarenta años ya se conoce de qué manera se dilucida al campeón, que existe una fase posterior a la liga, que las ventajas de ser líder general son más bien pocas, que lo importante inicia después en un certamen al margen. Por ello tan justo es ver coronarse al primero como al octavo, como sucede en los deportes estadunidenses con la postemporada.

 

Es la liguilla de las tempestades. Criticada por rutina cada seis meses, pero deseada por los aficionados… Y si alguien lo duda, atención a la pasión que se desatará desde este miércoles.

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