La pregunta es directa al Dalai Lama, en entrevista efectuada en el 2008: -Su Santidad, ¿por qué se utiliza el dopaje en el deporte? ¿Por qué se recurre a la trampa?

 

-Por codicia. Por una irracional codicia.

 

Palabras que definen a la perfección la problemática de las sustancias prohibidas: ingerirlas a sabiendas del riesgo de dañar irremediablemente la salud, al margen de alterar el sentido de la competencia. Codicia, porque la obsesión por ganar es más que la de hacerlo bajo mecanismos legales. Nada ajeno a este mundo; más bien, lo esperable si consideramos el contexto -social, político, económico- que rodea al deporte.

 

Sin embargo, lo que complica el caso Lance Armstrong, despojado el lunes de todos sus títulos, es el estado del ciclismo en las últimas dos décadas: ¿quién de los primeros sitios estaba limpio en cada una de las siete ediciones por el texano ganadas? Pocos y eso mientras no se compruebe lo contrario. Héroes caídos del ciclismo de esos años, hay demasiados: Marco Pantani, Bjarne Riis, Filippo Simeoni, Erik Zabel, Jan Ullrich, Richard Virenque, Alex Zülle, Darío Frigo, Stefano Garzelli, Igor González, Tyler Hamilton, Ivan Basso, Floyd Landis y un inmenso etcétera.

 

¿Tema reciente? Para nada. En su editorial dentro del español Diario As, Alfredo Relaño se ha referido a crónicas de principios de siglo veinte que señalan el uso de cocaína y estricnina entre ciclistas que participaban en el incipiente Tour de Francia. Y es que en realidad, el dopaje es casi tan viejo como el deporte. Lo que comenzó con suministrar la más favorable dieta al atleta (o, lo que solía ser casi lo mismo, al soldado), derivó pronto en recurrir a lo dañino a largo plazo.

 

En los Olímpicos de la antigüedad, las ciudades-estado helenas ya pugnaban por glorias deportivas en aras de cohesionar a sus pueblos y fortalecer a sus gobernantes. Por ello muchos deportistas consumían hierbas y hongos alucinógenos en busca del máximo rendimiento, de evitar resentir el esfuerzo, de resistir más. Tanto Filostratos como Plinios relatan que los médicos se implicaban en la preparación de los atletas; incluso explican mecanismos utilizados para mejorar su capacidad (aquí ya se menciona el opio).

 

Aunque nunca dejó de ser utilizado (por gladiadores romanos, por guerreros medievales, por deportistas-aristócratas más recientes), el tema se revolucionó durante la Guerra Fría. Los Olímpicos eran un campo más en el cual competir y la Alemania Democrática puso sus laboratorios al servicio de los récords, farsa a la que entraron casi todos, incluido -y sin escrúpulo alguno- el hemisferio capitalista.

 

¿Y en el fondo, cuál es el problema de tan añejo mal, hoy personificado por Lance? A pregunta directa, respuesta directa: Codicia. Una irracional codicia.

 

 

Alberto Lati

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