La arenga de Juergen Klinsmann rebota, hace eco, satura el vestuario de la selección alemana: “Dos veces hemos jugado con Argentina y dos veces se han salvado por poco. Pero esta vez tenemos a nuestro capitán. Ellos no conocen todavía a nuestro capitán. ¡Micha, hoy tienen que conocerte! ¡Hoy les toca! ¡Te lo juro!”.

 

Ese día, la anfitriona Alemania, eliminó a Argentina del Mundial 2006 con gran actuación de Ballack. Avanzaba a semifinales en su Mundial. Millones de germanos salían a las calles con banderas. Decían sociólogos, historiadores, intelectuales, que la nación teutona había finalmente terminado su proceso de amalgamación a 17 años de la caída del Muro de Berlín. Todavía profundo debate: los del occidente cansados de pagar impuestos de “solidaridad” para sacar del rezago a los del oriente; muchos en el este, en la denominada “oestalgie”, juego de palabras que mezcla “este” y “nostalgia”: nostalgia de cuando existía la DDR, República Democrática Alemana, y no se había dado esa especie de fusión de una empresa anacrónica y quebrada (la Alemania Oriental) por una poderosa y con afán de crecimiento (la Alemania Occidental).

 

Y sucedió que fue un Mundial soberbio. Y sucedió que la titular del gobierno germano electa meses antes, Angela Merkel, era por primera vez del este. Y sucedió que el capitán y figura máxima de la selección, Michael Ballack, también provenía de ese otro lado, de un pequeño poblado a escasos metros de Polonia.

 

Incluso la ciudad en la que comenzó a jugar futbol había tenido por unas décadas el nombre más evocativo de lo que en dicho país llegó a pasar: Karl-Marx-Stadt, Ciudad Carlos Marx.

 

Como todos los talentos del futbol de la extinta RDA, Ballack fue de inmediato comprado por clubes del otro hemisferio. Lo mismo había sucedido años antes con Matthias Sammer: el capitalismo llegó súbitamente y había que adecuarse pronto a las nuevas prácticas, aunque eso implicara que por muchas temporadas el este de Alemania careciera de equipo en la Bundesliga, la primera división.

 

Ballack fue de lo mejor del mundo durante varios años. Llegó a la final de los torneos más importantes (Mundial y Eurocopa con Alemania; Champions League con Leverkusen y Chelsea) aunque por una u otra razón, dichos títulos se negaron a su vastísimo palmarés.

 

Cuesta creer que su tobogán comenzó tan recientemente, que el descenso fue tan intempestivo. Previo a Sudáfrica 2010, él volvía a ser capitán de los alemanes, estaba en plenitud, sería el líder en torno a jóvenes como Özil, Mueller, Khedira. A pocos días del torneo, mientras disputaba la final de copa inglesa con el Chelsea, Kevin Prince Boateng (mitad alemán pero seleccionado ghanés por decisión) lo dejó fuera del torneo con fuerte barrida.

 

Philip Lahm, aparentemente buen amigo de Ballack y su ex compañero en el Bayern, recibió el gafete en sustitución. Nada parecía extraño. Todavía antes del cotejo de cuartos de final (otra vez contra Argentina), Ballack viajó a Sudáfrica y dio un ejemplo de lo que es un verdadero capitán: con los suyos moralmente aunque no pudiera jugar… Sólo que Lahm ya dijo a los pocos días que no tenía intención de dejar la capitanía y el plantel lo respaldaba. Desde entonces, ya nada se corrigió.

 

Terminado el torneo, el agente de Ballack hizo unas declaraciones muy lamentables refiriéndose a una selección de notable y fina actuación: “Son pobres, feos, sin talento, burocráticos, inhumanos y gays”.

 

Ballack volvió al Leverkusen y apenas pisó cancha por culpa de más lesiones. Se le acusó de haberse acostado con la esposa de otro jugador. Polemizó con compañeros, directivos, árbitros, con el seleccionador Joachim Loew. Cada que declaraba hacía menos honor a tan brillante carrera y poco podía jugar para borrar, haciendo lo que mejor sabe que es jugar, tanta turbulencia.

 

A menos de 30 meses de la barrida de Boateng, Ballack ha anunciado que se retira. A sus 36 años, ya nada iba a volver a ser igual. Intentemos recordarlo como el todocampista que llegó a ser omnipresente y poderoso, resolutivo y completo, fuerte y goleador. Ese capitán que los gritos de Klinsmann en el 2006 pedían que saliera para cargar con su equipo.

 

Alberto Lati

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