Cosa extraña que dos de las principales capitales europeas, la alemana y la francesa, hayan recorrido buena parte del siglo veinte sin tener un equipo de futbol con el cual plenamente identificarse.

 

En el caso de Berlín, la principal razón son tantos sucesos históricos. La partición y tan pesados aconteceres hicieron del club Hertha uno más en la liga, incluso de momento descendido y sin haberse coronado en más de 80 años. No obstante, es respecto a París donde más podemos intrigarnos.

 

Urbe que define rumbo del arte, que aglomera más millones de turistas que ninguna, que impone moda y hábitos, que simboliza mucho de lo que define a occidente, que pertenece a Buñuel y Dalí, a Sartre y Beauvoir, a Cortázar y Hemingway, a Borbones y Bonapartes, que ha sido dos veces olímpica, dos más mundialista y eterna meta de la máxima ruta ciclista que es el Tour… Pero que intenta una vez más crear (por fin) arraigo en una institución futbolera.

 

El Paris Saint Germain ha sido el único animador del mercado este verano. Sin sus millones, los periódicos se habrían limitado a soporíferos y no materializados rumores. 140 millones de euros para traer a Zlatan Ibrahimovic, Thiago Silva, Ezequiel Lavezzi y Lucas Moura, son la nueva apuesta del petromillonario cuadro parisino. La meta, por fin convencer a tan bellamente apática urbe de que el futbol puede combinar con la torre Eiffel y las Tullerías y Notre Dame y Campos Elíseos, y Montmartre y el Louvre.

 

En un sitio donde incluso a la sonrisa de Mickey Mouse ha costado abrirse espacio (hasta el 2002, todo era pérdida para Euro Disney), los equipos han desfilado con más deudas que títulos, con proyectos ambiciosos jamás acabados.

 

El Matra Racing París intentó a mediados de los ochenta comprar lo mejor del mercado europeo y con ello meterse a golpe de chequera en la élite futbolera. Llegaron Enzo Francescoli, Pierre Littbarski, Luis Fernández, el técnico portugués Artur Jorge (había sido campeón de la Copa Europea con el Oporto), mas el proyecto fracasó.

 

Años después, tomó fuerza el Paris Saint Germain cuando el consorcio televisivo Canal+ invirtió en él. Llegó a ser animador de la Champions League y a ganar títulos locales, pero no con duradero efecto. Otro impulso llegó hacia el 2001 cuando se pretendió establecer al PSG como equipo de las minorías en París (por ello recompraron a Nicolás Anelka o Peter Luccin) lo cual generó pugna con los grupos de extrema derecha que solían acudir al Parque de los Príncipes a seguir sus cotejos. En resumen, que hubo momentos importantes para el PSG, aunque nunca desplazando en pasión al Olympique de Marsella ni en éxitos al Olympique de Lyon.

 

Esta nueva era, con ilimitado capital qatarí, persigue el viejo sueño de por fin explotar las posibilidades de mercadotecnia que se sospechan de la relación París-futbol. Relación hasta ahora muy anhelada pero mal explorada. Relación difícil cuando el balón bota pero la torre Eiffel hace como que no contempla (faltaría que, como muchos locales, sostuviera una baguette bajo la axila, leyera el Libération e hiciera mueca de suspicacia ante todo intento de persuasión rematado con un pfff o un merde!). Relación extraña cuando el santuario del futbol francés, el Stade de France, no es casa del club de la ciudad y se utiliza más seguido para el rugby.

 

Relación cargada de tanto ocultismo como la vida del mismo Conde de Saint Germain que da medio nombre al equipo. Relación que implica todo un reposicionamiento: a París se va a comer, a comprar, a catar vinos, a ver arte, a perseguir la historia, a sentirse personaje de novelas y películas, a grandes conciertos y exhibiciones, a inclinarse involuntariamente ante la tumba de Napoleón, a sacarse las fotos más indispensables del espectro turístico, incluso a una etapa del Tour pasando por el Arco del Triunfo… Pero todavía no a ver futbol. Ibrahimovic y su club de compañeros millonarios dirán si París St. Germain por fin vale una misa…

 

@albertolati

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Alberto Lati

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