Encuentro con Kasparov

Alberto Lati

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de 24 HORAS.

Otra vez la disidencia convertida en persecución; de nueva cuenta la política planteando al Gran Maestro del ajedrez una partida de imposible estrategia.

 

Según informó Human Rights Foundation, Garry Kasparov fue detenido y golpeado a las puertas del juzgado donde la banda punk Pussy Riot era condenada a prisión este fin de semana. No el primero de sus arrestos por causa política, en todo caso.

 

Cuatro años atrás tuve oportunidad de hacerle una entrevista en Moscú meses después del último -y si acaso el más grave- de sus encarcelamientos, a pocos días del proceso electoral en el que iba a buscar la presidencia rusa.

 

La vida de esta leyenda del ajedrez (para muchos, el más grande de la historia) ha estado tan asociada al tablero y el acumular años como líder de la clasificación, como a posturas políticas que siempre generaron ampollas primero en la Unión Soviética y ahora en Rusia.

 

Ya desde que surgió la gran rivalidad con Anatoly Karpov en lucha perpetua por la corona mundial, cada uno planteaba actitudes opuestas hacia el régimen: Kasparov, el niño rebelde, rompiendo con la federación de esta disciplina, abogando por reformas liberales y derechos humanos en su país, cercano al occidente capitalista; Karpov, miembro del Parlamento soviético y presidente del Fondo soviético para la paz, siempre el primer aliado (o embajador, tablero como arma) del hemisferio encabezado desde Moscú durante la Guerra Fría.

 

En su mismo retiro del ajedrez, en el 2005, Kasparov anunció que se dedicaría formalmente a la política, integrándose poco después al partido Otra Rusia.

 

Meses más tarde se postulaba como candidato a la presidencia con fuertes ataques contra Vladimir Putin. Tras una serie de detenciones, Kasparov no se presentó a las elecciones en el 2008 y fue precisamente bajo ese contexto que me encontré con él en mayo del 2008 en la capital rusa.

 

La sede para la entrevista no se estableció hasta un par de horas antes de ser efectuada. Finalmente nos vimos en una oficina modestamente acondicionada compuesta por dos cuartos: a un lado, una sala con dos viejas computadoras ocupadas por jóvenes (a simple vista, estudiantes), al otro, una estancia con una mesa con cajas llenas de publicidad política no utilizada al haberse cancelado su candidatura en el proceso electoral. En medio de las dos, instalada en un pasillo, una secretaria rodeada por montañas de papeles y archivos.

 

¿Cómo describir a Kasparov? Desde que llegó, serio pero amable. Sin decirlo, deseando desprenderse de la aureola de rey del ajedrez en aras de entregarse completo al activismo. Comprometido en cada frase con lo que defiende. De mirada muy abierta que todo lo intenta analizar, desmenuzar, clasificar. Entre Kasparov y este reportero había cual escenografía un tablero de ajedrez con piezas completas; mientras una pregunta estaba formulándose, Garry paseaba ágilmente los dedos por los peones, frenaba en algún arfil o rey hasta apretarlo, seguía recorrido cuadro por cuadro pero siempre con ojos clavados en quien algo pretendía preguntarle: del contacto con las piezas, las cuales nunca pareció ver directamente, sacaba energía y concentración. A nadie sorprenderá la afirmación de que su velocidad mental es insultante en todo diálogo, en todo momento, en toda actitud, y eso era evidente en la entrevista, anticipándose a la pregunta, dominando los silencios.

 

Al hablar respecto a deportes, tema del que conoce demasiado, apresuró para decir, “FIFA y Comité Olímpico tienen todos los derechos y ninguna responsabilidad, eso tiene que cambiar”. Calificó los Olímpicos de invierno a realizarse en Sochi, Rusia, en el 2016, como “un desastre ecológico que sirve a intereses y manipulaciones”.

 

Nos despedimos y antes de que dijéramos otra cosa, abrió todavía más los ojos para decir palabras más, palabras menos: “No bajen a la calle hasta que no llegue el taxi que pediremos para ustedes. No quiero que esperen abajo. Los acompañará él (señaló a una persona) y se encargará de que se vayan de aquí seguros”. Efectivamente, su asistente, guardaespaldas o compañero, se cercioró viendo hacia varios lados que nadie nos siguiera y regresó al edificio hasta que desaparecimos de su vista. Si era una actitud mediáticamente exagerada, no podemos precisarlo. La preocupación y persecución, en todo caso, era evidente y justificada por los arrestos previos de Garry y seguidores.

 

Kasparov, pudiendo vivir dando clínicas de ajedrez y regodeándose como gloria máxima de su especialidad, eligió otro camino. Eligió vivir comprometido con una causa y nunca dejar de ser el niño rebelde con agallas para desafiar todo lo que le ha parecido injusto, como ahora el encarcelamiento de las Pussy Riot, símbolo de las libertades en Rusia.

@albertolati

Más del autor