La Furia Roja por la eternidad

Alberto Lati

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Hoy domingo, España busca su tercera gran corona en cuatro años, hazaña apenas reservada para equipos que brincaron a la eternidad. Una España muy diferente a la de los pasados torneos. Que sabe bien que ya tiene reservado un gran lugar en la historia. Pero sabe todavía mejor que el más primordial de los lugares está al alcance y a un solo partido. Quiso el destino que fuera ante Italia. Y nos referimos con énfasis a Italia porque, si acaso, la historia del futbol español en el siglo veinte pudo ser distinta si en el Mundial 34 las cosas hubieran sido más justas y con desenlace diferente en el cotejo frente a los azzurri.

 

 

Derrotar hoy a Italia representará para esta selección española un sitio entre los inmortales del futbol; perder la final, en tanto, dejará a los ibéricos como equipo poderosísimo y memorable que tuvo momentos de flaqueza, cierto margen de error, muchas altas y alguna baja, llenazón inevitable de tanto ganar.

 

Hoy cuesta recordarlo, porque la memoria es menos que la ansiedad, pero apenas han transcurrido cuatro años desde que España llegó a la pasada Eurocopa con limitado crédito. Un largo historial de fracasos, esperanzas no consumadas, frustraciones, hacían pensar en más de lo mismo: tendrán buenos momentos, dominarán a todo rival, y al final caerán como máximo en cuartos de final.

El proceso clasificatorio para la Euro 2008 había sido por demás exitoso, aunque nada que alejara viejos fantasmas. España solía calificar con comodidad a todo evento importante, pero ya en los instantes cumbre, fuera Mundial o Eurocopa, algo siempre se torcía.

 

La Francia del último Zidane se les apareció en Alemania 2006, o una mediocre primera ronda entorpeció la Euro 2004, o uno de los arbitrajes más terribles (3 goles anulados) en el Mundial 2002, o el penal fallado por Raúl al último suspiro en la Euro 2000, o un craso error de Zubizarreta en el Mundial 98, o una fatídica serie de penaltys en la Euro 96, o el codazo a Luis Enrique y fallo con portero a merced de Julio Salinas en el Mundial 94… En fin… Siempre algo tenía que salir mal. La ley de Murphy fácilmente castellanizada en cada generación de futbolistas ibéricos.

 

Este domingo una España muy diferente busca su tercera gran corona en cuatro años, hazaña apenas reservada para equipos que brincaron a la eternidad. Quiso el destino que fuera ante Italia, específicamente, contra quien la Roja busque el broche dorado para tanta gloria.

 

Y nos referimos con énfasis a Italia porque, si acaso, la historia del futbol español en el siglo veinte pudo ser distinta si en el Mundial 34 las cosas hubieran sido más justas y con desenlace diferente en el cotejo frente a los azzurri. En ese torneo, nadie jugaba como los españoles; ni la Austria encabezada por el llamado Mozart del futbol, Matthias Sindelar; ni la anfitriona Italia que se había robado cinco subcampeones del mundo argentinos bajo pretexto de tener ascendencia italiana; ni Checoslovaquia con el gran portero Planicka.

 

En cuartos de final, el guardameta español Ricardo Divino Zamora fue sujetado de los brazos mientras Italia empataba y posteriormente le fracturaron dos costillas. El árbitro, que sería castigado a perpetuidad y jamás volvería a pitar, veía con pavor hacia el palco en donde Benito Mussollini sólo aceptaba que los suyos accedieran a la siguiente ronda. A falta de tiempos extra, hubo partido de desempate, donde España debió jugar sin siete titulares lesionados. Esta vez se le anularon mal dos goles e Italia lanzada a semifinales (también el silbante del desempate fue suspendido de por vida… Pero el daño estaba hecho y sería duradero).

 

Desde ese día y hasta el 2008, la única excepción fue una Eurocopa conquistada como locales en 1964, cuando sólo se disputaban semifinales y final en el país sede. De ahí en más, España aprendió a enumerar excusas, victimismos, eufemismos, frases heroicas que más acentuaban su talante derrotista.

 

El apodo Furia Roja se remontaba a los Olímpicos de Amberes 1920, cuando el vasco Belauste gritó a su compañero Sabino: “¡A mí el pelotón, que los arrollo!” (Y los arrolló y metió gol caminando encima de dos defensas suecos). Sin embargo, en la práctica, España rara vez conjugó furia con talento; si lo primero sobraba, lo segundo faltaba y viceversa; cuando las dos aparecían, colmo de males, lo que se echaba en falta era suerte.

 

Hubo grandísimos jugadores, hubo soberbias camadas, hubo bochornosos errores como el gol que se comió Arconada en la final de la Euro 1984 contra Francia… Hubo mucho que lamentar y casi nada que festejar, mucho que explicar y poco que aplaudir, infundada fe que se renovaba cada dos años y se apagaba un mes después con el nuevo fracaso.

 

Lo anterior hasta la pasada Eurocopa, cuando todo demonio fue exorcizado con el gol de Torres a Alemania en la final.

 

Desde aquel certamen, disputado cuando el Barcelona aún no entraba en su último período de triunfo abrumador, la vida de la selección española ha cambiado y me atrevo a decir (aunque a muchos catalanes no gustará la idea) que en algo cambió también la vida al mismísimo Barça de Guardiola que ahí comenzaba. Desde aquel verano en Suiza y Austria, Xavi e Iniesta son los clarividentes titanes que hoy conocemos… Más la garantía de Casillas, y lo que creció Xabi Alonso, y Ramos, y Piqué, y Silva, y los hoy lesionados Villa y Puyol, y una cantera que luce inagotable.

 

Esta España sabe bien que ya tiene reservado un gran lugar en la historia. Pero sabe todavía mejor que el más primordial de los lugares está al alcance y a un solo partido. Sitio en el que se codearía con el Brasil tricampeón mundial de Pelé y con poquísimos insaciables más.

 

Partido contra Italia en recuerdo de lo que pudo ser en la llamada “Batalla de Florencia” de 1934. Partido para rememorar con cabeza fría y dientes apretados las costillas rotas a Zamora y la nariz reventada por Tasotti a Luis Enrique en 1994. Partido contra una Italia que no es la del catenaccio pero sí la misma: siempre competitiva, siempre ahí. Partido, sobre todo, para definir si serán eternos o simplemente, que ya es mucho, muy brillantes.

 

@albertolati

 

 

 

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