Aficionados de futbol hincados. entonan espontáneamente el himno griego. Algunos con lágrimas, repiten los párrafos que loan el momento de independencia del Imperio Otomano, canto a ese día en que pudieron volver a ondear la bandera griega en el Partenón. Gritan una palabra tan repetida precisamente por haber sido tan añorada en esta esquina del mediterráneo: eleutheria, libertad. Es junio del 2004. Ninguna duda tienen: viven el año de Grecia y en él se regodean.

 

La plaza de Omonia, rodeada por el parlamento griego, por la zona universitaria, por la alcaldía y, como casi todo el centro ateniense, a los pies del Partenón, debe su nombre a la unidad del pueblo heleno: omonia es traducible como “concordia” y fue llamada de tal manera ante la unión que supuso el derrocar al rey Otto, cuya estatua estaba justo al centro de dicha explanada. Y la plaza de Omonia, con historia de al menos 3 mil años, parece que sólo vivió tan largos siglos preparándose para este momento de júbilo deportivo.

 

Las extrañas estructuras centrales han sido escaladas por aficionados. Desde ahí, dirigen cánticos, lanzan bengalas, lloran sin dar crédito a lo que han visto horas antes en canchas portuguesas. Pericles, en su estatua vecina, de pronto es vestido con una camiseta de la selección griega con el nombre del goleador Charisteas. Lo mismo ha pasado con el busto de Sófocles con la casaca del capitán Zagorakis, y Eurípides que ya es el volante Karagounis, y Esquilo disfrazado del defensa Delas.

 

De pronto, todo Atenas se convierte en peatonal. Los coches, incapaces de avanzar en plena madrugada, son apagados a media calle y sus conductores caminan felices hacia donde brincan las masas. Ya se verá cómo desbaratar el caos automovilístico en la mañana, tal como ya se verá qué hacer con las finanzas griegas tras los cercanos Olímpicos.

 

Pero hoy nadie se preocupa. Los comercios incluso abren en plena madrugada y las botellas de ouzo (anís griego) son compartidas por extraños. Abrazos colectivos. Lo mismo con los radicales de izquierda que llegan de la plaza de Exarchia que con las personas de clase acomodada que caminan desde el lujoso Kolonaki.

 

El tumultuoso y explosivo ritual descrito se repetirá cada tres días durante dos semanas en Omonia. Cuando Grecia avanza a cuartos; cuando derrota al campeón Francia y se mete a semifinales; cuando vence a la República Checa y clasifica a la final; cuando se impone al anfitrión Portugal y se convierte en campeón europeo en una de las mayores sorpresas de la historia.

 

Aquí no parece haber sitio para la tragedia griega. La Euro2004 se ha convertido en la Troya con final feliz de esta generación. Los Olímpicos lucen cual benévola Odisea, complemento perfecto para volver a casa tras la ardua batalla, para rematar heroicamente el regreso de los protathlitis o campeones. Qué fácil retorna ahora Odiseo a Ítaca.

 

Qué fácil creen reencontrar los griegos la grandeza extraviada de su civilización, su legado matemático, democrático, filosófico, médico, humanista, literario, arquitectónico, mitológico, estético… Todo era cuestión de organizar de nuevo unos Olímpicos y de ser campeones de Europa, aunque algunos economistas digan lo contrario y adviertan temerosos.

 

Dos meses después, un periódico titula al concluir la clausura: “el mundo se llena de Grecia”. Otro plantea una petición popular al Comité Olímpico Internacional para organizar de forma permanente los juegos de verano en Atenas. Alguno más habla de las positivas cifras económicas derivadas de este evento, los empleos generados, la derrama económica, el posicionamiento griego para atraer inversiones.

 

Y pasaron ocho años. Y llegamos al verano del 2012. Y Grecia vuelve a inaugurar la Eurocopa enfrentando al país anfitrión, en este caso Polonia. Y mientras eso sucede, el maravilloso Estadio Olímpico diseñado por Santiago Calatrava tiene grafitis, evidencia la dejadez, hace elocuente con cuarteaduras la falta de mantenimiento. Y un estadio de beisbol está aventado y protestando con su abandono por la inutilidad de haber sido construido en un sitio que no entiende nada de ese deporte. Y nadie piensa que esté por suceder algo a lo que remotamente se pueda calificar como año de Grecia.

 

Ocho años y todo tan distinto. Ni los prospectos más negativos hubieran podido prever semejante desastre financiero… Y el equipo griego abre el torneo.

 

Con mucha entrega de sus once, pero pronto Grecia está abajo en el marcador. Colmo de males: sale fracturado el defensa Avraam Papadopoulos, es injustamente expulsado Sokratis Papastathopoulos, todo está puesto para que el local golee, ruge el estadio de Varsovia. Al segundo tiempo, iguala Grecia. Poco más, y un penal, pero Karagounis falla. Empate final.

 

Ocho años son demasiado tiempo y parecen más si consideramos lo que han cambiado las circunstancias. Sin embargo el equipo griego, si acaso falto de talento, tiene orgullo de sobra y se mantiene vivo en la competencia.

 

En Grecia algunos salen a Omonia a festejar, aunque nadie se hinca a entonar himnos nacionales. Son pocos. Nada si se compara con lo sucedido en el 2004. Tampoco existe relación entre sacar un empate a Polonia en la inauguración y ser campeón ante Portugal. Pero ya se sabe, es imprescindible celebrar algo.

 

Ocho años de Eurocopa a Eurocopa, aunque la palabra euro no genere a mucho más que coraje y frustración, aunque se añore la moneda anterior (el dracma), aunque hoy Karagounis no tenga la puntería que en aquel verano portugués convirtió en oro lo poco que Grecia remató a puerta, aunque ser sede olímpica haya dejado de ser algo tan deseado o buscado. Ocho años. Atenas. 2004-2012.

 

@albertolati

 

 

Alberto Lati

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