Multitudes vestidas de azul ovacionan al camión del Chelsea ganador de la Champions League. Los jugadores rotan el micrófono, cantan, bromean, brincan, hasta que el capitán John Terry dedica unas palabras al dueño del equipo, el millonario Roman Arcadievich Abramovich.

El oligarca ruso, sentado en la primera fila del autobús, se levanta, sonríe un tanto tímido y mueve la mano con cierta incomodidad en dirección a las masas que hoy lo idolatran más que nunca.

 

Hombre con suficiente poder como para entrevistar y aprobar a los aspirantes a ministros del gobierno de Vladimir Putin, pero con cierta vocación anónima, cierta necesidad de evadir reflectores. Cuando Abramovich compró el Chelsea pronto debió habituarse a que la prensa sensacionalista inglesa lo siguiera: si se divorciaba, si una nueva novia, si salía de compras por las tiendas del exclusivo Knightsbridge, si elegía tal o cual combinación de traje, el magnate recibía el tipo de atención periodística que se dispensa en Londres a la familia real o los Beckham.

 

Cuesta creer que el huérfano que pasó la adolescencia alojado por sus tíos o en más de un orfanatorio ruso, tan pronto se convirtiera en toda una estrella pop en occidente, pero la vida de Abramovich evidentemente es todo menos normal.

 

Al margen de las acusaciones de enriquecimiento ilícito, o de sus polémicas en materia política, o de sus pugnas con oligarcas que cayeron de la gracia del Kremlin y también se refugiaron en Londres, el presidente del Chelsea es un tipo que se empeña en que cada uno de sus proyectos sea exitoso.

 

Antes de comprar el club londinense, fue gobernador de la provincia rusa de Chukotka en donde gastó en torno a 1,500 millones de dólares de su bolsa a fin de desarrollar infraestructuras y cambiar diametralmente las condiciones de vida en dicho lugar (el ingreso per cápita, por ejemplo, se quintuplicó en seis años). Si estuvo empeñado en que Chukotka ya no fuera uno de los sitios más humildes de la nueva Rusia, una similar obstinación tuvo a fin de que el Chelsea ya no viera para arriba a los gigantes europeos.

 

Tras nueve años y 1,700 millones de dólares invertidos (o, en algunos casos, derrochados), Roman por fin pudo levantar la Liga de Campeones. Terminada la final contra el Bayern lloraba en el vestuario y abrazaba a sus jugadores.

 

En este camino probó con algunos de los mejores técnicos de las últimas décadas: José Mourinho, Luiz Felipe Scolari, Gus Hiddink, Carlo Ancelotti, aunque paradójicamente fue con un entrenador inexperto e interino con el que llegó a la meta máxima. Abramovich había visto en el joven portugués Andre Villas-Boas al nuevo Mourinho y gastó 19 millones de dólares para liberarlo de su contrato con el Oporto pero tras escasos nueve meses debió pagarle otros 14 millones por despido.

 

Roberto di Mateo tomó el timón emergentemente. Acusado no sólo de carecer de personalidad sino además de dejar que sus veteranos dirijan al equipo, hoy ha entregado a Abramovich el único diamante que podía faltarle.

 

Roman fue el pionero en algo mal recibido por el futbol: jeques y oligarcas comprando equipos de lo que poco saben y de cuya idiosincrasia a menudo nada entienden. Pero también ha terminado por enamorarse de tan costoso juguete. Y es que para alguien habituado a elegir ministros de gobierno, y a tener el yate más grande, y a ser visto como patriarca de una provincia rusa, los misterios del futbol todavía suponen una particular carga de adrenalina.

@albertolat

 

Alberto Lati

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