Futbol en el monasterio de la cerveza

Alberto Lati

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La parada de autobús que sólo se llena segundos antes de que el puntual camión pare. La línea impresa en el tarro que indica hasta donde se ha de servir la cerveza. La fachada del palacio del loco rey Ludwig perfectamente restaurada. El casco medieval bombardeado fielmente reconstruido… Y el acabado de cada calle, y los servicios públicos, y el pulcro río Isar, y los inmejorables Englischer Garten o jardines ingleses, y la máquina expendedora de periódicos que se abre sin introducirle monedas aunque todos pagan… Tan perfecta que intriga es Múnich, ciudad que espera la final de la Champions League de este sábado.

 

Y es maravillosa con sus pinacotecas, sus plazas, sus óperas. Y es productiva e innovadora como ninguna aún con más días feriados que nadie. Y es orgullosa en su sentimiento bávaro con hombres portando en domingo los lederhose (traje típico), y con el recordatorio permanente de que ellos crearon las reglas de la pureza de la cerveza (la Reinheitsgebot promulgada en 1516 por Guillermo IV de Baviera, consistente en sólo utilizar tres ingredientes naturales: agua, malta y lúpulo), y con el nombre de su más poderoso equipo que reivindica a la región (Bayern Münchenes traducible como Baviera-Múnich, hagan de cuenta que tuviéramos un club llamado Jalisco-Guadalajara), y con el dialecto bávaro que brota a la primera: Gruss Got!, ¡Saluda a Dios!, dicen al dar los buenos días y no Guten Tag como el común de los germanos, clara alusión al catolicismo que los diferencia de buena parte de sus compatriotas.

 

De hecho, ese fue el atajo que utilicé para iniciar una buena relación con el entonces presidente del comité organizador del Mundial 2006, Franz Beckenbauer. Sólo saludarlo con el Gruss Got, el apodado kaiser giró sonriente y algo exclamó sobre Múnich y Baviera, tema al que se referiría en muchas conversaciones a lo largo de ese año.

 

Beckenbauer es patriarca en la dinastía Bayern Múnich, quizá el equipo financieramente más responsable en el futbol europeo. Una dinastía basada en ex futbolistas que saben muy bien cómo gestionar el club, siempre comprando lo mejor del mercado alemán pero nunca rebasando los límites de lo que sus propios ingresos permiten. El Bayern suele caer pesado a los alemanes que no lo adoran: tanta precisión de cuentas, tanta insistencia en la exactitud de movimientos, tanto recalcar la propia ejemplaridad, tanto imponer cánones, es una faceta que describe también a su ciudad. En una entrevista reciente al diario As, su presidente Uli Hoeness –otro ex jugador- se refería a la deuda fiscal de los clubes españoles, con no poca razón: “Para mí es el colmo, impensable. Pagamos cientos de millones de euros (al gobierno español) para que salgan de la mierda y luego los clubes no pagan la deuda. Esto no puede ser así”.

 

Pero al margen del obsesivo y planificado trabajo, al margen del futbol que tiene todo un santuario en el Allianz Arena, Múnich es también cerveza y se sabe divertir. Su Oktoberfest nació en 1810 como festival por la boda del príncipe Ludwig y al paso del tiempo se convirtió en un jolgorio de dos semanas durante las cuales 8 millones de litros de cerveza son devorados.

 

El nombre Múnich significa ciudad de los monjes y, de hecho, los monjes mismos iniciaron la fermentación de cebada… Por eso hay cerveza de la orden agustina, y de la orden franciscana, y de la orden paulina cuyos sacerdotes apodaban a la bebida “aceite sagrado de San Francisco”.

 

En ese monasterio de la cerveza, el futbol tiene un rol primordial; como casa predilecta de la selección alemana, como sede de dos mundiales y una eurocopa, como escenario de innumerables noches de gestas del cuadro muniqués. Ahí se definirá la gloria europea este sábado: el Bayern buscando ser el primer local que se corona o el Chelsea que pretende dar a Londres su primer título de Champions.

 

Pase lo que pase, habrá Oktoberfest por un día y cerveza no faltará. Seguramente eso ya está calculado, mililitros incluidos.

 

@albertolati

 

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