Si se enterara Pierre de Coubertin de que los Olímpicos hoy son asunto de más de 200 países y con audiencia acumulada que quintuplica a la población del planeta, estaría más que satisfecho. Si esos pioneros velocistas, que corrían de marca a marca en la vieja Olimpia, supieran que un humano es capaz de hacer 100 metros por debajo de 9.6 segundos, probablemente no lo creerían. Más aún, si los oídos del antiguo poeta olímpico Píndaro escucharan que existe un personaje que acumula ya 14 oros olímpicos, las odas que compondría.

 

Y luego, cosas menos gratas, porque aquellos amantes de la democracia y originadores de la cultura occidental, limitaban sus Juegos al mundo heleno y de ellos excluían tajantemente a las mujeres, ni siquiera válidas como aficionadas.

 

Eso del encuentro de razas, ideologías, idiomas, religiones y culturas, tiene poco de compatible con los Olímpicos griegos. Suficiente rivalidad y discusión ya había por ver si era más fuerte el representante de Neápolis (actual Nápoles), el de Massalía (Marsella) o el de Tri-polis (capital libia). Ya bastaba para perseguir jueces y discutir decisiones, un duelo entre el luchador de Creta y el de Chipre. El deporte y esos Olímpicos inter-helenos eran, como hoy y siempre, inevitable metáfora de supremacía.

 

¿Por qué, varios siglos después, los alemanes invirtieron tiempo y dinero al movimiento gimnástico del nacionalista Friedrich Jahn? Básicamente, por la misma razón que buena parte de Europa en el siglo 19: tener a una juventud sana y fuerte ante cualquier eventualidad bélica. Nada más claro que una frase dicha en la Taberna Freemasons de Londres, cuando futbol y rugby se divorciaron: “sostener y patear debajo de la rodilla es esencial para este juego; están retirando todo el coraje e ímpetu del partido. Habrá muchos franceses que podrán darte una golpiza con una semana de práctica”.

 

Es indudable que una de las semillas originadoras del actual deporte, es la paranoia. Y quizá por esa misma paranoia surgió uno de los ideales más románticos y defraudados en la historia del olimpismo: ekecheiría en griego clásico, la Tregua Olímpica.

 

Toda guerra tenía que frenar tres meses antes de los Olímpicos y no reanudar hasta tres después de la finalización de los mismos. Así, competidores, aficionados y curiosos en general, podían desplazarse tranquilamente a Olimpia para vitorear o competir. Así, se erradicaba el riesgo de ser atacado durante el camino. Y, más importante, así ya no había temor por dejar al pueblo natal sin sus individuos más fuertes, ante la amenaza descartada de invasión.

 

Que se sepa, solamente una vez fue violada la ekecheiría. El historiador Tucídides narra un episodio en el que los atletas espartanos resultaron excluidos de unos Olímpicos dado que su ejército atacó la ciudad de Lepreon en épocas cercanas a los Juegos. Tan revelador como el hecho, resulta que los espartanos se quejaran de que la tregua todavía no había empezado, pero nadie los salvo ni de la suspensión ni de la consiguiente multa.

 

Es indiscutible que la cultura griega no habría florecido a tales proporciones en materias matemáticas, filosóficas, literarias, políticas, arquitectónicas, sin esos terapéuticos Olímpicos con un semestre de paz, con esa ekecheiría traducible como “apretón de manos”. Conclusión obvia: más tiempo disponible para pensar, más períodos para crear, más continuidad para arte y reflexión.

 

Por supuesto que el complemento idóneo fue que en Olimpia, bajo abrigo de ese templo de Zeus, se intercambiaban conocimientos mediterráneos periódica y pacíficamente. Tras convivir con alguien supuestamente temido u odiado, solían desaparecer prejuicios, la armonía tenía más fácil llegada.

 

El asunto, tras tan largo preámbulo, es que una vez superados los cien días para Londres 2012, nos acercamos a la barrera de los tres meses para la inauguración; con base en los antiguos, estaría por abrir el instante de ekicheiría… ¿Y qué tenemos? Algo parecido a lo que había tres mil años atrás, sólo que con armas más mortales y con la vergüenza de no haber aprendido aún nada de la historia (inevitable decirlo: tampoco aquellos humanos del 2,000 a.C. habían aprendido algo de eso).

 

Siria hecho un caos, Bahréin con Fórmula 1 –entre muchas otras cosas más relevantes- manchada de sangre, Irak y Afganistán aún sin saber por dónde salir del laberíntico túnel, Sudán en pie de guerra contra Sudán del Sur, Europa occidental viendo renacer movimientos de extrema derecha, Europa oriental con algo de lo que en Alemania se llama östalgie: nostalgia por las épocas del este, las del comunismo. En fin, variarán las connotaciones y nombres de implicados, pero el desastre permanece. En este sitio no sólo no sabemos convivir, sino que nos resignamos a que jamás aprenderemos.

 

Giorgios Papandreu, canciller griego antes de Atenas 2004, me decía por entonces en una entrevista: “si el mundo es capaz de mantener paz por 16 días, entonces quizá, solamente quizá, sea capaz de tener paz por siempre”. Papandreu sería años después primer ministro y caería apedreado por la crisis. Crisis algo acelerada por los Olímpicos. Olímpicos, por otro lado, maravillosos pero incapaces de dar paz siquiera por 16 días, que es demasiado pedir a tanto rencor o voracidad. Es lo que hay. Que venga el fuego olímpico. Ekicheiría.

 

@albertolati

 

 

Alberto Lati

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