Hay personas que por circunstancias y accidentes, terminan siempre en medio de la tormenta. Hay otras, que por vocación y obstinación, son la tormenta misma.

 

Aquí no discutimos la innegable capacidad de uno de los más grandes directores técnicos, de uno de los mayores líderes deportivos, de un auténtico revolucionario y triunfador, sin el cual no podríamos comprender el futbol de los últimos diez años. Hablamos, en cambio, sobre la personalidad de alguien que parece hallar zona de confort precisamente en la incomodidad del conflicto permanente: José Mourinho.

 

Desde hace varios meses se ha hablado del rompimiento del entrenador del Real Madrid con su capitán, Iker Casillas, rumor que a fines de esta semana incluso la prensa pro-madridista ya daba por hecho. Es vasta la lista de frentes abiertos por Mou a lo largo de su carrera, mas la diferencia radica en que su reñir normalmente es para liberar de presión a sus dirigidos y, en todo caso, nunca con alguno de ellos.

 

Sin embargo, la versión merengue de Mourinho ha resultado todavía más convulsa (y es mucho decir) que la mostrada durante sus etapas en Oporto, Chelsea o Inter. Javier Marías, para muchos el escritor más brillante de España, intelectual indispensable y madridista confeso, ha repetido en numerosos textos el dolor que le genera verse obligado a cambiar de equipo. Las palabras que dedica al estratega portugués son así de fuertes: “un entrenador omnipotente, omnipresente y malasangre, un quejica que acusa a otros siempre, un individuo dictatorial, ensuciador y enredador, soporífero en sus declaraciones, nada inteligente, mal ganador y mal perdedor”.

 

Difícilmente a Mou le afecta lo que digan de él. Una de sus tantas frases célebres es “tampoco Jesucristo era simpático para todos, así que imagínate yo” y gusta de acusar de hipócrita al común que no coincide con su pensamiento, aunque el Madrid conocía esta faceta y sabía a quién contrataba.

 

A donde ha ido, ha levantado ampollas. Ante colegas de profesión (por ejemplo, Arsegne Wenger en Inglaterra, Claudio Ranieri en Italia, Manuel Pellegrini en España), ante árbitros (el silbante sueco Anders Frisk lo culpa de su retiro), ante directivos (recientemente, Jorge Valdano), ante futbolistas rivales, ante aficionados, ante periodistas con el diálogo que mejor puede resumir su gozar de la arrogancia. Un reportero le pregunta: “¿Cuál alineación pondrá?”. Mou responde: “tú dime”. El redactor piensa que ganará el debate: “yo no cobro 9 millones”. El entrenador remata: “yo tampoco; cobro 11, si acaso 14 millones con publicidad”. Otro ejemplo: “si hay que ponerme una calificación desde el punto de vista profesional, del 1 al 10 me pongo un 11”.

 

Tiene un lado humano que termina por conmover y comprometer al común de sus jugadores y, ante todo, ha probado ser garantía de éxito. Sucede que al irse Mourinho, sus equipos suelen caer en síndrome: entre la melancolía de haber perdido a tan mediático líder y la incapacidad de levantar un nuevo proyecto en las cenizas que quedan de tanto incendio marca Mou. El Inter ha sido dirigido ya por cinco estrategas en menos dos años desde que el lusitano se fue.

 

Tal vez por ello, Mou suele ser quien decide marcharse y no su club quien elige despedirlo (con la clara excepción del Chelsea, en el choque que tuvo con el magnate Roman Abramovich). Pocas veces se vio que alguien tan bien remunerado y con contrato en vigor, tuviera en vilo a su institución por una posible renuncia. Si, como dice el tópico, los entrenadores viven con el equipaje listo, no es porque quieran irse sino porque pueden ser echados, a menos que se apelliden Mourinho, al que pretendientes millonarios siempre sobrarán y razones para cambiar de aires también.

 

Su relación con el Barcelona es peculiar de origen. Ahí fue asistente y traductor del técnico Bobby Robson a mediados de los noventa (el capitán del cuadro catalán era Pep Guardiola). Tanta relevancia tomó que en alguna celebración barcelonista gritó a la multitud unas palabras que, ironías del destino, le perseguirían: “hoy, mañana y siempre, con el Barça en el corazón”. Estando en el Chelsea ya tuvo encontronazos severos con el club blaugrana, al que posteriormente eliminó con el Inter y con el que en definitiva vive en pie de guerra desde su llegada a la dirección técnica del Madrid.

 

De hecho, si lo contrataron para algo, fue precisamente para acabar con la hegemonía barcelonista, asunto no consumado en su primer año (salvo por la Copa del Rey) y que persigue en dos frentes al segundo (liga y la Champions League). No obstante, todavía con la reiteración de propios y extraños de que al cuadro de Guardiola no ha logrado realmente superar en la cancha.

 

El viernes fue anunciado que el Real Madrid quitará de la parte superior de su escudo la cruz que le concediera el rey Alfonso XIII, para todo evento de marketing en medio oriente (empezando por el resort turístico-deportivo en una isla de Emiratos Árabes Unidos). La cruz de la que difícilmente se desprenderán los merengues, títulos y éxitos al margen, será la de un personaje que en su afán de extender su libreto y convertir a todos en antagonistas de su puesta de escena, no tiene problema en hacer de cada entorno un conflicto y hallar en cada solución perfecta excusa para nuevos problemas.

 

La directiva madridista ya sabía que ese era el precio de integrar a tan ganador individuo: cargar también con la cruz de un huracán llamado Mou.

 

@albertolati

 

 

Alberto Lati

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