Es común a casi todo director técnico –y sobre todo en Europa- llegar a su nueva posición laboral exigiendo o condicionando ciertas incorporaciones: sí firmo pero tráeme a aquel central en el que confío plenamente, encantado con el reto pero necesito a dos delanteros, amaré a tu equipo siempre y cuando me cambies a fulano por mengano, y a Pérez por González, y al argentino por el brasileño, y no dejes de buscarme a otro lateral izquierdo por si este se lesiona, se cansa o me aburre.

 

A partir de ese arreglo prenupcial, se dan matrimonios más o menos exitosos entre instituciones y estrategas. Sucede que al darse una separación prematura, el equipo se queda con jugadores a los que ya nadie encuentra sentido o utilidad, herencia del entrenador anterior, pero así funciona.

 

Y entonces aparece uno de los más complejos personajes del futbol, Marcelo Bielsa, y decide asumir la dirección técnica del único club que restringe, por naturaleza y filosofía, esa dinámica: en el Athletic de Bilbao todo refuerzo y fichaje están limitados, pues su política es alinear sólo a elementos nacidos en el País Vasco o surgidos de fuerzas básicas.

 

Hubo una época en que el Athletic fue el club más grande de España, al grado de haber fundado como filial madrileña el Atlético de Madrid (mismo uniforme y prefijo “atlético”); todavía en los ochenta, cuando apenas se permitían tres extranjeros y había menor disparidad económica entre equipos ricos y pobres, los bilbaínos lograron conquistar dos ligas consecutivas.

 

Los tiempos cambiaron y al tiempo que las clases medias se difuminaba en muchísimos sitios del planeta, en el futbol se daba el mismo fenómeno, alejándose la capacidad adquisitva de los cuadros acaudalados de la de los equipos marginados. Entonces se pensó que el Athletic podía renunciar a tan complicada filosofía. De hecho, sus vecinos de la Real Sociedad empezaron por abrir sitio a extranjeros y al paso del tiempo a españoles ajenos a la región vasca.

 

Sin embargo, el Athletic ahí aguantó, resignado a no ser más campeón de liga e incluso a conformarse con no descender. La tradición justificaba los sustos y la lección la aportaba la Real Sociedad cayendo a segunda pese a reforzarse con foráneos. Hubo grandes momentos (por ejemplo, una temporada a mitad de los noventa dirigidos por el francés Luis Fernández: como Bielsa, otro personajazo) pero la mayoría ha sido sacrificar ambición a costa de respetar identidad.

 

Sobre Bielsa, alguna vez en México con Atlas y América, se pueden escribir largos renglones. Se le apoda “loco” y él mismo explica su obstinación futbolera: “Para mí el fútbol lo es todo. Pienso en fútbol, hablo en fútbol, leo fútbol y esa es una vida que no se puede vivir eternamente”.

 

Carácter agrio, vocación intelectual, temperamento indomable, resume la simpleza de su genialidad en este diálogo sostenido con Pep Guardiola, técnico del Barcelona: «Pep, a los buenos jugadores los vemos vos, yo y la mayoría de la gente. Pasa lo mismo con los jugadores malos. El mérito está en advertir y saber que el jugador normal va a ser bueno”.

 

Ahora suena para Chelsea (imposible: Roman Abramovich opina hasta en el Kremlin como para no hacerlo en su propio equipo), para el club al que eliminó este jueves, el Manchester United (aunque Ferguson seguirá al menos otros dos años) y para el Barcelona (a la espera de saber si Guardiola renueva).

 

El Athletic, criatura extraña y ajena a estos tiempos, es dirigido por un hombre que también parece extraído de otra época. ¿Qué ha hecho? Lo que él mismo resume en otra de sus máximas: «Un buen entrenador debe acercar a sus jugadores a su máximo potencial o descubrirlo. Esa es su principal función”.

 

@albertolati

 

Alberto Lati

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