Llegar al pueblo inglés de Ashbourne durante el miércoles de ceniza, es como llegar a un sitio que espera lo peor, a un lugar atrincherado y amurallado para la inminente guerra.

 

Los varones se hidratan y comen alimentos que los mantendrán con energía durante todo el día; las mujeres, fieles testigos de anteriores batallas, hacen todo por cooperar en la preparación de sus hombres; los menores ruegan por tomar parte y esperan con ansiedad el momento en que serán llamados para tales gestas; las tiendas –desde la librería y la perfumería, hasta el banco o la farmacia- bloquean ventanas y vidrios con grandes barras de madera; la tensión es evidente… Y a esto solía llamarse futbol unos siglos atrás.

 

Desde hace al menos 800 años se efectúa anualmente en esta localidad vecina a Derby el partido de Shrovetide, encuentro que ni siquiera paró durante las guerras mundiales y en el que dos príncipes herederos han hecho el saque inicial (en 1928, el futuro Eduardo VIII; en el 2003, el príncipe Carlos).

 

Alguna leyenda clama que el salvaje partido –antepasado obvio de los actuales futbol, rugby y futbol americano- nació como celebración por alguna victoria sobre los invasores romanos hacia el siglo tercero, pero lo más factible es que su origen sea alguna ejecución pública en la que rodó una cabeza célebre y dos mitades del pueblo lucharon por quedarse con el rostro (utilizando para ello patadas, tacleadas, acarreadas, bloqueos y pases).

 

Lo que hoy tenemos es un espectáculo de profunda tradición, pero aún bastante violento, que nos remite a la frase de un visitante francés pronunciada en 1829: “si los ingleses llaman a esto jugar, me resultaría imposible entender a qué llaman pelear”.

 

Sólo bajar del tren en Derby, veíamos ojos morados y bocas sin algún diente, pues el juego inicia en martes de carnaval y concluye en miércoles de ceniza: estábamos en la tregua entre las dos partidas.

 

Ya en Ashbourne, mientras cruzábamos el río que separa a los dos equipos, un señor me preguntó mi procedencia y al escuchar México, explicó: “entonces juegas para nosotros, los downers –los de abajo, los del sur del río- y no para los upers –los de arriba, los del norte del río- porque México está al sur. El año pasado vino un sueco y jugó contra nosotros… Pobre muchacho… Recibió suficiente pero espero se haya divertido”.

 

Las porterías se encuentran separadas por 5 kilómetros y ambas en puentes sobre el río, a manera que tarde o temprano el cotejo pasa de las calles al agua.

 

Hacia la una de la tarde, el estacionamiento donde se ubica el estrado de arrancada (el círculo central, para efectos futboleros), empieza a llenarse. En sus jardineras y balcones aledaños, toman posición quienes no jugarán (algunos con flechas hacia arriba o hacia abajo pintadas en las mejillas, en alusión al equipo de preferencia). Los valientes que sí tomarán parte (calculados este año en unos 3 mil, aunque difícil establecer cuántos para cada equipo, a falta de uniformes) se reúnen en pubs y discuten la estrategia (de nuevo: por mucho que los escuché hablar de emboscadas y circulación de pelota, me pareció complicado el asunto táctico en semejante maremágnum; me quedé con una frase dicha con rabia, “yo no voy a permitir que se burlen de mí todo el año… El año pasado no nos ganaron, nosotros perdimos”).

 

Se abre el candado del estrado, sube sosteniendo la pelota el elegido para ponerla en circulación, se entona a capella el himno británico y se recuerdan las reglas (incluida, “prohibido matar rivales”). Vuela el balón y a partir de entonces casi no lo veremos.

 

Cuando cae al piso son decenas de pies intentando patearlo; cuando alguien lo sostiene, es a costa de multitud de jalones y trancazos; cuando es lanzado por arriba de una barda, toda una estampida se desata brincando hacia el otro costado; cuando alguien intenta pasarlo, es común que lo haga hacia donde estaban los del otro equipo y sigue la tangana, siguen los puños buscando objetivo, siguen los empujones y la interminable melé, nadie se queja, nadie reclama haber sido lastimado.

 

En cierto momento, mientras grababa a las hordas con la cámara pequeña, sentí un par de golpes, pues el juego es en todas partes y quien se acerque a algunos metros ya se ha involucrado. De inmediato, un joven idéntico a Wayne Rooney me gritó una indicación, pensando que yo era de su equipo e ignorando mi cámara; algo así como métete, o empuja, o aprieta, o qué no ves que vamos perdiendo y tú tan tranquilo y fresco. Reaccioné mostrando la cámara con torpeza y algo de vergüenza, mientras dos jóvenes habían sido lanzados sobre brazos y cabezas para retomar dominio de pelota.

 

Ocho horas después del inicio anotaron los upers (imposible dejar de asumir algo de culpa por la derrota) y su goleador fue traído en hombros a la alcaldía. Poco a poco se recuperó la calma. Se retiraron las maderas de las tiendas. Volvieron a convivir las dos mitades de la localidad y hubo regocijo porque el shrovetide no pasó de algunas costillas, narices, orejas, brazos o dientes: saldo blanco en su forma de verlo.

 

Futbol en estado original, futbol en recuerdo de cuando no se había divorciado del más agresivo rugby, futbol en versión medieval, futbol que es catarsis pura, futbol con claras nociones bélicas, futbol que es todo un viaje en la historia y nos hace recordar un decreto del rey Eduardo II en 1314: “Entonces porque se genera mucho escándalo en la ciudad por culpa de quienes persiguen grandes bolas y por cuya razón pueden brotar muchos demonios, Dios no lo permita, ordenamos y prohibimos, a nombre del rey, bajo pena de prisión, practicar tal juego en la ciudad”.

 

Pero Eduardo II fracasó y el shrovetide siguió disputándose en las islas británicas para convertirse en verdadero germen del actual futbol, con una base común: llevar el balón a la portería rival con equipos que representan a algo.

 

@albertolati

Alberto Lati

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