El futbolista –como casi todo deportista- es educado desde niño para admitir el carácter inevitable de las lesiones, para asumir que en cualquier barrida, salto, sprint, choque, algo puede ir mal y entonces vendrá un período de rehabilitación antes de volver a jugar.

 

Lo que le resulta más complicado de entender, es que el daño llegue lejos de la cancha. Ahí sí, el sin-sentido se convierte en depresión y las cirugías o terapias de recuperación son constante recordatorio del momento de estupidez en el que el tobillo (o la rodilla, o algún músculo, o el cuello) se lesionó.

 

El mediocampista argentino del Valencia, Ever Banega, se fracturó tibia y peroné al haber sido atropellado por su propio coche en una gasolinera. Esto le supondrá una baja de seis meses y un fuerte golpe a su buen momento futbolero.

 

¿Existe diferencia entre lastimarse por la brutal patada de un rival o hacerlo, como Banega, de tal forma? En tiempos de reaparición, no. Para efectos prácticos y emocionales, sí.

 

Del largo listado de lesiones absurdas (alguno paseando al perro, otro golpeado por su hijo con un triciclo, Martin Palermo con la rodilla destrozada tras caerle encima una reja del estadio mientras de ahí se sostenía en festejo de gol) la más penosa fue la que privó a otro jugador del Valencia de jugar el Mundial 2002.

 

Santiago Cañizares, había esperado durante dos mundiales su turno para ser titular con la selección española. A semanas de iniciar Corea-Japón 2002, se le cayó un frasco de colonia en el baño, por instinto pretendió amortiguar su caída con el pie aunque con tan mala suerte que se hizo un corte en el tendón. Cañizares fue un gran portero que estuvo en cuatro procesos mundialistas (tres en la banca, uno en eliminatoria hasta el accidente de post-afeitado), pero no jugó un solo partido de Copa del Mundo.

 

Años antes, otro guardameta, Carlos Busquets, se quemó las manos mientras planchaba la ropa. Busquets, atajador de manos quemadas, fue un eterno suplente, pero algo de esas frustraciones las ha redimido su exitoso hijo Sergio (incluso ya campeón del mundo con España y de todo lo demás con el Barcelona).

 

Lesiones que son más dolorosas por evitables y por ir contra la naturaleza del ser futbolista. De pronto un delantero es fracturado y dos días después habla con poco rencor de quien lo pateó, asumiendo que es un deporte de contacto y son cosas que lamentablemente suelen pasar… Tan diferente del que pasará toda la vida odiando al freno de mano, a la plancha, a la reja del estadio o al maldito frasco de fragancia cara.

 

Cosas del futbol, también. Cosas del absurdo futbol esto de auto-atropellar un tobillo tasado en tantos millones de dólares y requerido por cientos de miles de personas.

 

@albertolati

 

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