Historia de borracheras, escándalos, procesos rotos, acusaciones, descalificaciones y un equipo del que siempre se espera más.

 

 

¿Por qué se autodestruye sistemáticamente el futbol inglés? Quizá así expresa su rabia por inventar el deporte más jugado de la historia y tan pronto haber perdido dominio o hegemonía sobre él.

 

 

Un interesante libro llamado Can we have our balls back, please? (¿Nos pueden devolver nuestras pelotas, por favor?) habla precisamente del daño que hizo a la Gran Bretaña ser cuna de la mayoría de los deportes modernos pero después jugarlos con tan poco éxito.

 

 

Aquí nació el tenis (de hecho en el Palacio de Hampton, en Surrey, se encuentra una cancha en la que lo jugaba Enrique VIII); aquí emergió el cricket (basta con ir al estadio de Lord´s, para entender la larga historia de este deporte, predecesor del béisbol); de aquí viene el rugby (en este caso, padre directo del futbol americano y el australiano); de aquí surgieron las primeras reglas de boxeo (las del marqués de Queensberry); y de aquí, como todo mundo sabe, brotó la mayor exportación inglesa que es el futbol.

 

 

Pero su selección apenas dominó el espectro mundial por unas décadas, con tan mala suerte que en ese lapso no se presentó a copas del mundo para demostrarlo. Cuando los ingleses admitieron que su gran invento ya era patrimonio de la humanidad, se apuntaron al Mundial de Brasil 50 y regresaron avergonzados, tras caer ante la inexperta Estados Unidos.

 

 

Ahí comienza un largo listado de frustraciones y fracasos, cuya única excepción fue el Mundial 66, aunque jugado en su casa y con arbitrajes más que cooperativos.

 

 

Llegados a los dos-miles, las autoridades del futbol inglés efectuaron algo poco popular: entregar la dirección técnica por primera vez a un extranjero (Sven-Goran Eriksson). Ahora sí, se admitía que el futbol se había ido de casa y la necesidad de refrescarlo con ideas de fuera. Los mejores equipos del país eran entrenados por extranjeros (o escoceses, que para efectos futboleros son ajenos) y el cuadro nacional ponía a un sueco a la cabeza.

 

 

Parecido a lo que le sucedería años después en México, Eriksson intentó con poca eficacia efectuar cambios en la cancha. Con lo que no rompió Sven fue con la tradición de escándalos, a la que se integró con líos de faldas. Fue en su ingreso al planeta del tabloide cuando los ingleses le tomaron cariño.

 

 

Tras dos mundiales sin pasar de cuartos de final, se probó de nuevo con técnico local e Inglaterra quedó fuera de la Eurocopa 2008. Por ello, la federación volvió a pensar en un foráneo, siendo el elegido Fabio Capello.

 

 

¿Qué perseguían al traer al italiano? Obviamente su probado éxito, pero también su mano dura y férreo liderazgo. En un entorno cuya rutina es amanecer cada dos días leyendo “hazañas” extra-futbolísticas de los futbolistas, Capello podía ser el domador. Si uno se emborracha, si otro destruye una suite en su hotel, si alguno más tiene romances con quien no debe, si aquel es pescado en trifulcas en un bar, si éste no se presenta a las pruebas de dopaje, si insultos racistas, si intervenciones en la corte, si expulsiones absurdas… Capello fue buscado como estratega, pero también como tirano y para ello le pagarían más que a ningún otro seleccionador del mundo.

 

 

Sin embargo, este triunfador que había conquistado nueve ligas de 16 dirigidas con cuatro clubes distintos, pronto chocó con el medio local.

 

 

Su renuencia a hablar inglés, desagradaba; su sofisticación (por ejemplo, coleccionar obras de arte) generaba sospechas en un futbol perteneciente a la clase trabajadora y que refleja profundamente al país con menor movilidad social de Europa occidental; sus elaborados esquemas tácticos, no eran siempre bien recibidos por los dirigidos (algo de lo que antes se quejó Eriksson).

 

 

Llegados a Sudáfrica 2010, buena parte de los ingleses confiaba en que su selección aspiraba a mucho, aunque en el camino debieron quitar el gafete de capitán a John Terry por darse a conocer su romance con la pareja de otro jugador. La primera ronda fue superada de milagro y Alemania los eliminó en octavos de final (protestarán, y con razón, que un gol bueno les fue anulado).

 

 

El gran periodista hispano-escocés, John Carlin, se refería con dureza a la problemática del futbolista inglés en un reciente artículo para El País: “sacarlos del ambiente tóxico de la sociedad inglesa. Demasiados de ellos se crían en un entorno de familias rotas, borrachera y hooliganismo que poco les prepara para la fama súbita y que contamina sus posibilidades de explotar su talento al máximo”.

 

 

Y el eterno cuento sigue. John Terry acusado ahora de insultos racistas -citado por Scotland Yard- es despojado de la capitanía por segunda vez. Capello protesta la decisión y renuncia a escasos cuatro meses de la Eurocopa.

 

 

Sin seleccionador ni capitán, el tiempo encima de los inventores del futbol moderno, de una cultura que se enorgullecía de improvisar poco y planear todo.

 

 

Stuart Pearce, ex jugador ahora responsable de la selección preolímpica, recibió el equipo como técnico interino y un día después el variopinto tabloide The Sun amanecía recordando que el hermano de Pierce es alto cargo de un partido de extrema derecha (postura de la que Stuart se distanció tiempo atrás) y que el propio jugador propinó insultos racistas hace dos décadas.

 

 

Mientras eso sucede, imposible olvidar que el mismo día de la renuncia de Capello, el favorito para relevarlo (Harry Redknapp) compareció ante la corte y fue absuelto de evasión fiscal (logró probar que los 200 mil dólares no declarados, habían sido un voluptuoso regalo de su antiguo jefe y no sueldo).

 

 

 

Pueden gritar aquello de “¿Nos pueden devolver nuestras pelotas, por favor?”, pero es un hecho que nadie se aburre aquí. Más aún, son enredos tan complejos, dramáticos y apegados a la problemática social, que hasta pueden servir como extraño homenaje en la semana del bicentenario de Charles Dickens.

 

@albertolati

 

Alberto Lati

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