Zambia de vuelta en Libreville

Alberto Lati

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Desde la tribuna se escucha un grito acompañado por percusiones: “Chipolopolo… Chipolopolo… Chipolopolo…!”: el futbol es mística fiesta, y se baila, y se canta, y se acompaña de implementos de brujería como coles, raíces y huesos de animales.

 

Chipolopolo es como se conoce a la selección zambia de futbol, “las balas de cobre”, en recuerdo a la principal exportación de esta nación ubicada al sur de África y junto a las cataratas de Victoria.

 

Selección de historia trágica: en 1993 un accidente aéreo terminó con la vida de buena parte del plantel. Kalusha Bwalya, la máxima estrella y quien más tarde brillaría en el América, se salvó al haber viajado por su parte desde Europa a fin de encontrarse con unos compañeros que jamás llegaron. Una catástrofe que además de lo esencial, vidas humanas, acabó con la generación dorada de este futbol.

 

A mediados de los ochenta, el presidente de Zambia Kenet Kaunda, había empezado a destinar muchos recursos al futbol, buscando unir a través del balón a los 72 grupos y etnias que conforman tan compleja nación. Más se vendía el cobre y más apoyos otorgaba para desarrollar este deporte.

 

El estadio Independencia de Lusaka por primera vez volvía a llenarse desde que fuera construido para albergar las celebraciones por la emancipación de este país, justo cuando dejó de ser colonia británica, se deshizo del nombre Rodesia del Norte y permitió al libertador Kaunda pasar de reo a mandatario (camino común de muchos gobernantes del continente).

 

Cosa curiosa, la delegación de este país desfiló en la inauguración de los olímpicos de 1964 con la bandera de Rodesia y dos semanas después caminó en la clausura ya con el nombre Zambia.

 

Pero hablábamos de su malograda generación de futbolistas. En Seúl 88 habían goleado a Italia y caminaban con autoridad a ser potencia africana, Kalusha como líder. Sucede que el precio del cobre se desplomó y la economía de Zambia de resquebrajó. Los fondos otorgados a la federación entonces fueron disminuidos y la selección comenzó a viajar en un viejo avión militar.

 

Lo más doloroso de la tragedia es que los jugadores ya habían advertido sobre el estado del avión; cada vuelo era un susto; cada despegar se percibía como amenaza; “esto nos va a matar”, los escuchó decir Kalusha.

 

En 1993 el avión estalló a poco de dejar Libreville, capital de Gabón, y todos sus pasajeros perecieron, incluidos seis futbolistas que habían estado en los Olímpicos de Seúl. En un principio, se culpó al ejército gabonés de haber disparado, pero años después quedó claro que fue un error de operación del destartalado aparato.

 

Muchas veces ha regresado la selección de Zambia a Libreville, pero lo del próximo domingo es diferente: ahí precisamente jugarán la final de la Copa África y buscarán su primera corona en este torneo.

 

Con Kalusha como presidente de la Federación y con un equipo al que se concedían pocas esperanzas al iniciar el certamen, ha llegado el momento de volver al sitio que más duele y hacerlo buscando honrar la memoria de quienes ahí murieron 19 años atrás, lugar idóneo para cerrar un ciclo de lágrimas y lamentos.

 

Ahí estarán los Chipolopolo, honrando con su apodo al cobre que prometía salvar la economía de todo un país y que muy poco remedió, con 64% viviendo en la actualidad por debajo de la línea de la pobreza.

 

@albertolati

 

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