Las futboleras Malvinas

Alberto Lati

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El fondo de las rivalidades a nivel de selecciones suele ser la proximidad geográfica: algún rencor cuando definieron fronteras, alguna vieja invasión que derivó en una catástrofe que sigue doliendo, alguna salida al mar que se continúa exigiendo, alguna provincia rica en minerales que fue perdida, algún simple afán diferenciador del que vive al otro lado de la reja, o río, o desierto, o letrero… Pensemos en México-Estados Unidos, o en India-Pakistán, o en Argentina-Brasil, o en Alemania-Holanda, o en Honduras-El Salvador, o en Sudán-Chad, o en Grecia-Turquía.

 

Sin embargo, el caso argentino-británico es particular por donde le busquemos. Separadas sus capitales por algo más de 11,000 kilómetros, mantienen la disputa de las Islas Malvinas ubicadas todavía más abajo, 1,500 kilómetros al sur de Buenos Aires. Así, a larga distancia, estos dos países transfieren al futbol buena parte de sus recientes rencores históricos.

 

Mucho antes de la guerra a principio de los ochenta y más aún de la controvertida visita actual del Príncipe Guillermo a Malvinas, estos dos futboles ya rivalizaban.

 

El balompié llego al Río de la Plata, como a casi todo el mundo, de la mano de viajeros ingleses. Sucede que argentinos y uruguayos hallaron otra forma de jugarlo: drible, habilidad, fingir que iras a un lado y escapar con balón dominado por el otro. En Buenos Aires pronto lo distinguieron como “futbol criollo”. En tanto, en Londres causaba aberración esa forma de jugar, a la que calificaban opuesta al fairplay que imponía el puritanismo victoriano: “driblar no es de hombres”, acusaban, “un hombre va de frente con el balón”… Y tan de frente fueron los ingleses que su futbol se estancó en el kick and run (patear y correr) mientras del Rio de la Plata y del centroeuropeo Danubio, brotaban las más bellas técnicas, pausas, desbordes, driblar por disfrutar.

 

Décadas después, la presencia británica en Argentina fue debilitándose, pero no su influencia deportiva; a la fecha el argot futbolero argentino incluye más anglicismos que el de ningún otro país (“el win” es el extremo) y sobreviven hasta disciplinas aristocráticas como rugby y polo.

 

No obstante, la rivalidad era baja hasta antes la Copa del Mundo Inglaterra 66. Ahí, los locales enfrentaban a Argentina en cuartos de final; el partido fue de arbitraje claramente pro-inglés y cuando el capitán albiceleste Antonio Rattín resultó expulsado, tuvieron que entrar las autoridades para que dejara la cancha. Rattín fue acusado de sentarse después en la alfombra roja de la reina y hasta de dañar una bandera británica (aunque era la que estaba colgada en el banderín de corner). El seleccionador inglés llamó animals a los jugadores argentinos y prohibió a sus pupilos intercambiar camisetas.

 

Un par de años después, cuando el más marrullero equipo de la historia, el Estudiantes de La Plata, disputó la Intercontinental con el Manchester United, la guerra deportiva estaba declarada y pasó todo menos futbol en la cancha.

 

Así llegamos a 1982, cuando inicia la Guerra de las Malvinas. Por un lado, Margaret Thatcher buscando crédito político al luchar por una migaja del imperio perdido; por el otro, los militares que habían usurpado el gobierno argentino, desatando la maquinaria propagandística en busca de legitimación. Publicaciones futboleras como el Gráfico pintaron sus portadas con los colores de la bandera argentina. La revista Gente futbolizaba el conflicto al titular “estamos ganando”.

 

La Asociación de Futbol Argentino (AFA) denominó a la liga local “Torneo Malvinas Argentinas” y posteriormente subió la apuesta a “Torneo Soberanía Argentina en las Islas Malvinas”; incluso los equipos disputaron partidos para recaudar fondos por la lucha en Malvinas y se quemaban banderas británicas en los estadios. Importante recordar que cuatro años antes, cuando Argentina organizó el Mundial de futbol, los militares ya habían bautizado al escenario de Mendoza “Estadio Malvinas Argentinas”: la reivindicación con cara de balón, antecedió a los tanques.

 

Osvaldo Ardiles era un brillante futbolista argentino en el Tottenham inglés y tuvo que escuchar en las gradas todas las consignas patrioteras que podamos imaginar. Tocaba el balón y clamaba la tribuna “¡England!”. Tristes vueltas de la vida: el primo de Ardiles murió en ese frente bélico.

 

El Mundial 82 inició justo un día antes del cese al fuego en Malvinas. Durante las narraciones, los cronistas argentinos tenían prohibido mencionar la palabra Inglaterra: “El equipo de rojo avanza con la pelota…”

 

Pocos recordaban ya la reciente foto de 1981, donde sonrientes, Freddy Mercury se había colocado uniforme argentino y Diego Maradona una casaca con bandera británica.

 

El propio Maradona dio nuevos tintes a la rivalidad en el cotejo Argentina-Inglaterra de México 86. Célebre su primer gol, con la mano, tanto como el segundo, driblando a cuanto rival apareció: “Si bien nosotros decíamos, antes del partido, que el futbol no tenía nada que ver con la guerra de las Malvinas, íntimamente sabíamos que habían muerto muchos pibes argentinos, que los habían matado como pajaritos (…) Nosotros hacíamos culpables a los jugadores ingleses de todo lo que había sucedido. Y el gol mío… el gol mío tuvo una trascendencia que… Los dos la tuvieron, es verdad. El primero fue como robarle la cartera a un inglés y el segundo tapó todo”. El tabloide británico The Sun había titulado antes del juego “It´s War Señor!”: es la guerra, señor, mientras un periódico argentino se refería a un juego contra piratas.

 

Es la larga historia de una rivalidad separada por tantos kilómetros. Es la larga historia también, de políticos, otra vez, propiciando que el futbol participe de la peor de las caras del hombre, que es la guerra. Y ahí va el príncipe Guillermo por lo que en Inglaterra se conoce como Falkland Islands y en Argentina se reclama con nombres de estadios y goles con la mano.

 

Pocos recordaban ya la reciente foto de 1981, cuando Freddy Mercury se había colocado uniforme argentino y Diego Maradona una casaca con bandera británica. FOTO: ESPECIAL

 

 

 

@albertolati

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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