El Ruhr, goles y desempleo

Alberto Lati

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Conducir en carretera por el oeste de Alemania es una experiencia muy particular: una recta, aparece letrero que marca salida a Gelsenkirchen, pocos kilómetros, a Dortmund, alguna curva, bienvenido a Dusseldorf, y a Essen, y a Duisburgo, y a Moenchelgladbach, y a Bochum, y a Leverkussen, y no terminamos jamás: cada sitio con su inmensa zona industrial, con su infaltable estadio, con equipo que ha estado (o está) en la máxima división, con una particular tradición futbolera que llena gradas cada domingo.

 

Solía definirse al Ruhr como la mayor concentración urbana de Europa occidental: una serie de localidades de tan cercana vecindad que juntas formaban una gran masa citadina… Sin duda es la mayor concentración europea de equipos de distintas ciudades.

 

El resurgimiento alemán tras la debacle posterior a la Segunda Guerra Mundial, halló su corazón precisamente en las incansables manos trabajadoras de esa región, poco afecta a la elegancia de Múnich, o a la intelectualidad de Berlín, o a la irreverente bohemia de Hamburgo, o a las finanzas de Fráncfort: ahí se trabaja o –más triste- se trabajaba cuando había en qué.

 

De momento el sureño y poderoso Bayern Múnich comparte el liderato del torneo germano con Schalke 04 (equipo de Gelsenkirchen) y Borussia Dortmund; un punto detrás, los escolta otro cuadro de la Cuenca del río Ruhr, el Borussia Moenchelgladbach.

 

Bayern representa la Alemania más consolidada, pero también la más orgullosa de su regionalismo; su mismo nombre, con el Bayern por delante (traducible como Baviera, nombre de la región) reivindica claramente esos afanes.

 

En todo caso, Baviera es la contraposición social y económica al Ruhr, donde los niveles de desempleo no logran ser bajados, donde grandes bloques habitacionales y escuelas tienen que ser cerrados, ventanas tapiadas, pues muchos de los padres a los que iban a alojar y niños a los que iba a educar, tuvieron que mudarse a otro sitio.

 

Esto no significa que todo club del Ruhr sea pobre y mucho menos en los casos de Schalke y Dortmund. Estudios económicos colocan esas dos marcas en el top-15 del deporte europeo, por la verdadera religión que implican para sus aficionados-feligreses.

 

De hecho, tal estabilidad en un entorno tan poco fiable, los convierte en las instituciones más respetadas de sus respectivas ciudades.

 

Me tocó ver en las oficinas del Schalke 04 a la recepcionista contestando que no había empleos disponibles, que ni de mensajero, ni de aguador, ni de jardinero, que ningún caso tenía llevarle más currículos. Horas después me explicarían que cuando la crisis aprieta, o las fábricas se mudan a sitios con mano de obra más barata fuera de Alemania, o las minas de carbón se agotan y cierran, muchos voltean el rostro a lo único consistente que hallan a mano, y eso es Schalke o Dortmund: instituciones capaces de pelear con los titanes de Europa, y de traer futbolistas reputadísimos (hoy el legendario Raúl juega en Gelsenkirchen), y de ganar títulos, desde esos rincones algo olvidados.

 

Cuando el Schalke presenta a un futbolista lo suele hacer en una mina de carbón; esto da buena escenografía para televisión, pero sobre todo deja claro al futbolista a dónde ha llegado y a quién representa. Que siempre recuerde cuánto sudor cuesta a sus aficionados entrar a esa tribuna y acudir a vitorearlo.

 

Por ello da gusto ver a estos tres equipos encimando al Bayern en la tabla general: sólo por recordar que a veces, al rodar el balón, giran también las realidades; sólo por mostrar que en la cancha hay cosas posibles que serían impensables (ingreso per cápita, producción, exportaciones, servicios) fuera de ella.

 

@albertolati

 

 

 

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