España no se resignaba a cerrar con tan complicado siglo, se aferraba a él.

 

Corría el verano del 2000. Se construía en cada esquina de la península. Los precios de los bienes raíces se elevaban. El euro, y su consiguiente inflación, aún no sustituían a la peseta. Algo de la movida madrileña ochentera (hedonismo, búsqueda, inocencia, marcha como se dice allá) seguía vivo en el ambiente. Los trabajos menos deseados cada vez correspondían en menor medida a los españoles. El juez Baltasar Garzón inspiraba al planeta con su obstinación por castigar culpables y defender derechos humanos. Todo parecía posible y él, Florentino Pérez, caminaba en el estadio Jan Breydel de Brujas.

 

Tanto triunfo social, cultural, económico, no era correspondido por victorias deportivas españolas. Nadie conocía a algún piloto ibérico, sus tenistas y basquetbolistas eran buenos pero sin llegar a los primeros puestos, y su selección quedaba eliminada de la Eurocopa, ese día en Brujas, derrotada por Francia. Normal, en cuartos de final.

 

Florentino Pérez se acercó al palco de Televisa y saludó amistoso a Hugo Sánchez. Fue la primera vez que lo vi o supe de él. Costaba escuchar sus palabras, hablaba casi como pidiendo perdón.

 

El Madrid había ganado dos Ligas de Campeones en escasos tres años y la liga española, feliz gastando y comprando extranjeros a granel, era catalogada ya Liga de las Estrellas. Algo de competitividad quedaba con el Deportivo de La Coruña (y no Madrid o Barça) como campeón.

 

Pero estábamos en lo de Florentino, cerca de convertirse en noticia mundial. A los quince días de este partido, los periódicos españoles amanecieron sacando fuego: tenía comprada a la estrella barcelonista, Luis Figo. Bastaba con que los socios merengues votaran por él para que el crack portugués se vistiera de blanco.

 

Y llegó Figo. Y al año, Zinedine Zidane. Y al año, el brasileño Ronaldo. Y al año, David Beckham… Pero, antes, Florentino publicó un código de ética basado en que madridismo era buscar la victoria, era señorío (otra palabra que pasó de moda) y era respetar al rival.

 

Más de once años han transcurrido y parecen una eternidad.

 

Al margen de que hoy Baltasar Garzón, triste paradoja, es juzgado en vez de juzgar; al margen de que los españoles han tenido que retomar muchos de los puestos laborales que les parecieron poco en los noventa; al margen de que hoy España gana en todos los deportes pero padece económicamente, batalla por hallar estabilidad; al margen de que por entonces nadie quería jugar en el maltrecho y corrupto Barça e incluso Carles Puyol coqueteó con el Madrid; al margen de todo ello, con el código ético de Florentino pasó lo que con los bienes raíces: una burbuja que tronó.

 

El triunfador José Mourinho llegó al Madrid diez años después de que en el centenario del club, Plácido Domingo cantara aquello de “Sale el Madrid a ganar…”, y llegó precisamente para ganar al único que no podían ganar sus antecesores: al Barça.

 

Salvo por la excepción de la copa pasada, no ha sido posible: hay demasiadísimo Barça enfrente, pero también hay mucho Madrid y los seguidores merengues lamentan no poderlo ver en plenitud o al ataque contra su más acérrimo rival.

 

Lo de Pepe pisando la mano de Messi, calenturas de futbol si sucediera una vez; cosas de patanes, cuando se convierte en costumbre. Tan lejos del señorío, tan lejos del respeto al rival, tan lejos del código aquel.

 

Y así podrán conquistar esta liga, pero seguirán dando la sensación de vivir lejos del Barça, conclusión dolorosísima para su gente, poco más de una década después.

 

@alberto lati

 

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