Club Atlético Masoquista

Alberto Lati

Las opiniones expresadas por los columnistas son independientes y no reflejan necesariamente el punto de vista de 24 HORAS.

Avanzamos por las calles de Múnich, muy cerca del río Isar, en busca de un puesto de periódicos o, más bien, de su propietario y dependiente.

 

Él atiende a una señora mayor que compra una revista de futbol para su nieto; nosotros esperamos en fila e intentando no estorbar en tan reducido espacio con el equipo de televisión; pensamos (y ya se explicará la relación) en el Atlético de Madrid, pensamos en el concepto de grandeza venida a menos cual otrora aristocracia, pensamos en uno de los clubes más masoquistas del planeta… Pero estamos en Munich y es momento de charlar con el hombre detrás del mostrador.

 

Nos atiende el corpulento Hans-Georg Schwarzenbeck en un hablar alemán que por muchos momentos, y para nuestro desconcierto, se convierte en dialecto bávaro.

 

Si no es porque en la pared cuelga una pequeña foto del jugador que fue a mediados de los setenta (patillas, copete, deslavado uniforme del Bayern Múnich, reducidos shorts setenteros) nos costaría reconocerlo como futbolista o identificarlo como ganador de todo lo que se puede ganar: Mundial y Eurocopa con Alemania; Liga, Copa, Copa de Campeones de Europa (la actual Champions League), Recopa europea e Intercontinental con el Bayern.

 

Pero Schwarzenbeck es uno de esos personajes sin rencores; dice que aunque hubiera jugado futbol años después, cuando se pagaba mucho más, habría cambiado su puesto de periódicos por otra actividad.

 

Y hablamos de su gol, que ni él mismo está consciente, sentenció para siempre a un equipo de España.

 

Fue la final de la Copa de Campeones de Europa de 1974. Atlético de Madrid derrotaba 1-0 al Bayern; era la última acción del partido y el más limitado de todos los jugadores del cuadro alemán disparó a la desesperada; un bote extraño, un portero atlético que reacciona tarde y la igualada que cambia la historia. Días después se jugaría el desenlace, mismo que el Bayern ganó sin mayor dificultad 4-0: el Atlético inició ese partido ya derrotado; el sufrimiento no acabaría con el silbatazo final del árbitro, más bien ahí comenzaría.

 

Al terminar el cotejo contra el Bayern, Vicente Calderón, presidente atlético, declaró apesadumbrado: “somos el pupas”, expresión madrileña para referirse al salado, al ya-merito, al maldito… Y a la fecha, algo de eso sigue habiendo.

 

Si ese día Schwarzenbeck no hace ese gol, el Atlético hubiera sido campeón de Europa muchísimo antes que el Barcelona, pero los hubieras no existen y vaya que este equipo de ese tema sabe.

 

Sería exagerado decir que desde ese partido todo fue desastre; vendría a mediados de los noventa un doblete (liga y copa) y recientemente una Europa League, pero la realidad es que la afición colchonera (como se conoce a los seguidores de esta entidad) desde entonces se habituó a que amar es sufrir.

 

La misma directiva del equipo ha lucrado con ese sentido del sufrimiento; las campañas para abonar socios suelen mencionar el derrotismo con frases como “Papá, ¿por qué somos del Atleti?” o un inmigrante que intenta explicar a su familia por qué se hizo de un equipo tan poco triunfador.

 

Sin embargo, detrás de tan adolorida pasión, no todo es maldición o mala suerte. Desde que la familia Gil compró al equipo a fines de los ochenta, ha habido cincuenta cambios de entrenador, lo cual deja un promedio de dos directores técnicos por año: una barbaridad que impide cualquier tipo de consistencia o regularidad.

 

El último proceso ha culminado en diciembre con la salida de Gregorio Manzano y la llegada de Diego Simeone.

 

Cambio de estratega y nuevos ánimos son procesos automáticos. El proyecto ilusionante del Atlético parte 83, bromea la prensa española, y seguimos contando.

 

Es una institución con tal capacidad de autodestrucción que va dejando ir a sus mejores jugadores (meses atrás, Forlán, Agüero y De Gea; la semana pasada, Juan Antonio Reyes) para mal-reemplazarlos y seguir como se pueda.

 

¿Y las gradas? Viven indignadas pero pobladas. Pareciera que no se va al estadio Calderón a una fiesta, sino a purgar condena o esperar milagros, aunque, cómo explicarlo, acudir a ese escenario representa una experiencia maravillosa.

 

Con todo y su masoquismo, es un equipo idolatrado. Con todo y que difícilmente finaliza entre los 5 primeros, se mantiene como el tercero en seguidores. Con todo y los absurdos de su gestión, eventualmente resurge y gana algo. Indiscutiblemente, es un equipo especial.

 

Ya se verá con Simone qué sucede: una victoria y volverán a creerse capaces de todo, una derrota y volverán a sentirse al borde del precipicio.

 

¿Y Schwarzenbeck? Despachando periódicos, con eficiencia germana, en Múnich… Tal como despacho ese accidentado gol y despachó esa maldición.

 

 

@albertolati

 

 

 

 

 

 

 

 

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