En un futbol dado a pocas sorpresas, en una liga habituada a ver ganar a los mismos, en un torneo que ha convertido a todos en comparsa de dos gigantes, resulta un auténtico refresco: el equipo de tercera categoría (segunda B, para efectos oficiales en España) que devuelve a la Copa del Rey su sentido original: demostrar que los semi-profesionales tienen las mismas dos piernas que los millonarios, que los clubes formados por futbolistas de medio tiempo pueden tanto como los compuestos por estrellas multinacionales, en definitiva, que el deporte es tal y –aunque a veces lo dudemos– en él todo puede pasar.

 

Los torneos de copa poseen específicamente ese encanto: dar la posibilidad a todos los equipos registrados de medirse frente a los más fuertes.

 

El día en que el profesor de la primaria del pueblo, el bromista taxista del barrio y el malencarado dependiente que entrega el pan por las mañanas, juegan ante súper hombres convertidos desde antes de la adolescencia en máquinas de hacer goles, sustraídos del mundo real para vivir en el absurdo de no poder siquiera ir al cine o a la esquina por el periódico porque todo lo que les rodea es tumulto y agitación. Partido en que se enfrentan los frustrados aspirantes a una gloria con la que siempre soñaron.

 

Y ahí, por unos momentos, palpamos futbol en estado primigenio: de la tribuna no se grita al ídolo que tan ajeno y lejano ha hecho la televisión, sino al vecino, al empleado, al primo político, tal como cuando el futbol comenzaba y era necesario dividir a los amantes del balón en dos bandos: los válidos para jugar y los destinados a observar (exhibicionistas y voyeristas decían en aquellas puritanas épocas).

 

El Mirandés del Ebro representa a una ciudad de 40 mil habitantes, 15% de los cuales son convocados cada dos domingos a ver jugar al equipo. Su estrella trabaja como cajero en un banco y ha saltado a la fama tras hacer dos goles al Villarreal. Ahora tiene contra las cuerdas a otro cuadro de primera, el Racing de Santander, al que derrotó 2-0 en la idea.

 

¿El presupuesto anual de toda la institución? Poco más de un millón de euros, insuficientes para comprar a medio jugador de primera o, en el mejor de los casos, pagarle el salario anual.

 

Si el Mirandés consuma la sorpresa ante Racing, avanzará a cuartos de final y hará recordar gestas recientes. Por ejemplo, el Calais francés, compuesto por marineros y empleados portuarios, que llegó a la final de copa en el 2000 (la cual perdió, vaya drama, en definición por penales).

 

Al hablar de que cada quincena cobran poco pero puntual, el entrenador del Mirandés reflexiona: “Parece que lo normal sea anormal, pero así funciona aquí”. Y es que en un futbol europeo en el que más normal resulta que los genios del balón vivan recreando en su mansión el país de origen, a que lo hagan en las calles integrados a la sociedad que los ama (y con ese amor subvenciona sus elevados sueldos) el sentido de lo normal y lo raro ya es muy peculiar.

 

Por ello da alegría ver sorpresas como la del Mirandés del Ebro.

 

Por ello maravilla, en tan predecible liga, tener espacio para recordar que, aunque lo dudemos, todos tienen dos piernas, todos juegan con once, todos persiguen el mismo balón. Y que el deporte, es deporte.

 

@albertolati

 

Alberto Lati

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