Ayer. Desde hace unos años se reflexiona sobre la importancia y el impacto de internet en la organización de la acción colectiva y la discusión de temas de orden público.

 

Durante los años ochenta y noventa se discutieron las posibilidades que internet abría para nuevas formas de interacción social y política, un discurso con un dejo de optimismo que veía en internet y las redes sociales un instrumento cuya accesibilidad, costo e interacción permitiría nuevas formas de participación ciudadana (Dean, Anderson, Lovnik). A treinta años de los inicios de esta discusión, comenzamos a ver una mayor incidencia de estos medios en la discusión pública y en el ejercicio de una ciudadanía fuertemente mediatizada. Si bien la discusión en Estados Unidos sobre los efectos de internet en el debate de las campañas políticas era ya una cuestión arraigada desde 1996, probablemente haya sido la última campaña del presidente Barack Obama un claro ejemplo a nivel mundial de la potencia y fuerza de estas nuevas plataformas, un momento histórico que amplió la conciencia hasta ese momento adquirida sobre el tema y la logró colocar en la agenda pública y en uno de los ámbitos más concreto de la vida política y democrática: los procesos electorales.

 

 

Mucho se ha difundido la importancia que tuvo para esta campaña su diseño vía internet y la participación que logró generar en torno y a través de las nuevas tecnologías de la información. Una esfuerzo que logró que el público viera 15 millones de horas de videos sobre la campaña de Obama a través de YouTube, que pudo recabar 13 millones de correos electrónicos, un millón de números celulares y medio billón de dólares en donaciones en línea (Ratliff, “America Online”, Wired, febrero 2009). Como presidente electo, Obama transmitió su primer mensaje vía YouTube y fue visto por un millón de personas, al solicitar retroalimentación sobre la campaña se recibieron 550 mil respuestas y 3 mil 701 comentarios fueron enviados en línea al secretario de Salud sobre el tema de salud pública.

 

La campaña y triunfo de Obama llevaron a la discusión pública el uso de las nuevas tecnologías en campañas electorales, acontecimiento que extendió su influencia a nuestro país dejando ciertos rastros interesantes. En primer lugar, el proceso electoral de 2006 mostró un desgastamiento de las estructuras tradicionales de publicidad política ejercida a través de medios como el radio y la televisión. La reforma electoral de 2007, al prohibir la compra de publicidad por parte de los partidos y utilizar los tiempos oficiales del Estado para este propósito, logró saturar el espectro mediático de spots electorales, tanto oficiales como de los partidos políticos. Esto resultó en una difusión total de “32 millones 195 mil 616 spots para el conjunto de la radio y la televisión mexicanas” (Aspe, Farca, Otero, Nexos, 308, 2009), un número nunca antes visto que, sin embargo, lejos de impulsar la participación y evitar el abstencionismo parece haber tenido efectos contrarios a los esperados. Lejos de promover una mayor participación, la exposición a los spots a través de los medios significó un número menor de votos si se compara con años anteriores. Además de este resultado negativo de la exposición de los ciudadanos a los spots difundidos por los medios tradicionales, esta saturación significó también un fuerte golpe a la discusión pública y al debate crítico del proceso electoral. La difusión mediática de las campañas “adelgazó el debate público” (Woldenberg, El Universal, 30 junio 2009).

 

 

Sin embargo, simultánea a ésta discusión de los medios en el proceso electoral se teje otra historia que, si bien aún no se coloca en el primer plano del debate, ha empezado a tomar fuerza en la opinión pública y probablemente escalará los escaños de la atención y percepción para colocarse próximamente como uno de los ejes de las nuevas formas de acercarse a la política, situación que reformulará necesariamente el ejercicio de la misma: La historia de las tecnologías virtuales y la reinvención de sus usos, específicamente me refiero aquí a la red y la utilización de ciertas plataformas como los blogs y las redes sociales.

 

 

Las elecciones intermedias de 2009 también serán recordadas por haber inaugurado la discusión y el uso de estos medios en México. A lo largo de ese proceso descubrimos ciertos indicios que apuntan a un mayor aprovechamiento de estas tecnologías. Nos encontramos súbitamente con que algunos candidatos tenían ya un sitio en internet, participaban de algún blog y utilizaban las redes sociales como Facebook o Myspace para tener mayor ascendencia sobre una nueva generación de internautas que crece exponencialmente y significará un nuevo y jugoso territorio para la captación de votos.

 

 

Hoy

 

Al día de hoy la discusión no es muy distinta de lo que fue en los procesos electorales anteriores. Los recientes conflictos entre la CIRT y el IFE apuntan en este sentido, la vigencia de la discusión en torno a la ley electoral de 2007 pone en el centro de la escena electoral el tema sobre la relación entre los medios y la política. Por otro lado, la utilización de internet por parte de partidos y actores políticos es más una constante que la excepción y todos ellos por igual hacen un uso regular de las redes sociales y a través de ellas comparten y socializan información de todo tipo. Los aspirantes a presidente se mueven activamente desde hace tiempo en el mundo virtual y se libra una batalla por el posicionamiento en el terreno digital. Hace sólo unos días Enrique Peña Nieto estrenaba su cuenta oficial de Twitter y ha llegado ya a los 53 mil 616 mil seguidores, una cifra mayor que la que tienen a la fecha Manlio Fabio Beltrones (52 mil 489) y Santiago Creel (40 mil 836). La delantera en esta red la lleva Marcelo Ebrard quien cuenta con 232 mil 254 seguidores, detrás de él se encuentra Andrés Manuel López Obrador con 108 mil 760, Josefina Vázquez Mota con 79 mil 259 y, en un cuarto lugar ,Ernesto Cordero quien llega a la cifra de 62 mil 473 seguidores.

 

En el mundo de las redes en México Twitter es la tercera más utilizada con un porcentaje de 20% y superada solamente por YouTube (28%) y Facebook (39%). Según un estudio de las redes sociales publicado en septiembre por la AMIPCI, algunos de los aspirantes a la silla presidencial tenían los siguientes followers en Facebook: un millón 8 mil 18 (Peña Nieto), 373 mil 974 (Vázquez Mota), 15 mil 543 (Creel Miranda), 36 mil 397 (López Obrador) y  mil 61 (Ebrard Casaubón). Si bien estos números de seguidores resultan insignificantes para la matemática electoral en el conteo de votos, la verdadera potencialidad y margen de influencia de estas herramientas en los procesos políticos está en su amplia capacidad de difundir un mensaje. A manera de ejemplo, algunos análisis de Twitalyzer señalan que un mensaje difundido a través de Twitter por el actual jefe de Gobierno (quien entre los aspirantes presidenciales tiene más seguidores) puede  alcanzar a “641 mil 379 usuarios de Twitter”,  el triple de sus seguidores (“El Universal, 10 noviembre 2011). Estas herramientas, como lo decía ya McLuhan, son prótesis, magnifican y reproducen el alcance, el mensaje y la comunicación. Por otro lado, su capacidad de incidencia está también en la posibilidad de utilizarse para promover, organizar y estructurar la movilización de tierra. La forma en la que se usen determinará su efectividad, más de los votos que pudieran levantar, lugar en el que su incidencia es mínima.

 

Este terreno virtual, caracterizado por su dinámica vida política, tiene una peculiaridad especial que lo hará jugar un papel protagónico en las elecciones del 2012: su falta de regulación. Ahí se canalizará toda la energía del decir y el hacer político que ha quedado regulado por la ley electoral de 2007. La falta de regulación en el terreno de las redes es una variable interesante y al día de hoy ha sentado ya un par de precedentes. El primero de ellos el polémico caso de los tuiteros a quienes se les dictó auto de formal prisión por actos de “terrorismo y sabotaje” al haber difundido unos mensajes por las redes que generaron pánico y psicosis entre los habitantes de Veracruz. Su posterior liberación y los intentos fallidos del gobernador Javier Duarte por imponer una ley que penalizara cierto uso de las redes evidenció un terreno delicado de la discusión política: los límites entre regulación y libertad de expresión.

 

El boom de las redes sociales, por otro lado, nos habla de nuevas formas de interacción virtual, una nueva cartografía de espacios que no son asimilables a las viejas formas de comunicación y que no pueden ser tan fácilmente controlados por grupos de poder político o económico. Este espacio mediático tiene la virtud de que no responde a intereses específicos y su diversidad y pluralidad lo hacen resistente a la agenda específica de uno o varios grupos. Las redes y los nuevos usos de internet han abierto puertas en el mundo, tenemos ahí el ejemplo del rol que jugaron estas plataformas en la primavera árabe, las posibilidades de movilización que significaron  para el movimiento de indignados en España y la herramienta de comunicación que se ha vuelto para los ocupantes de Wall Street.

 

 

Mañana…

 

La polifonía de este instrumento virtual nos coloca en un momento en que aún es difícil medir sus alcances reales, sin embargo, se muestra ya la variopinta gama de usos posibles. Las redes sociales, las páginas web y la escritura de blogs, así como la movilización en tiempo real de Twitter, son herramientas que pueden guardar un potencial político aún inexplorado, especialmente cuando se refuncionalizan. Estas tecnologías se caracterizan por su plasticidad y se van transformando conforme los usuarios imprimen en ellas nuevos usos que le resultan significativos, utilidad que ni siquiera habrían imaginado sus creadores.

 

Si bien estos medios suelen inscribirse en el orden de lo privado, es decir, sirven para comentar y compartir aspectos de nuestra vida íntima, conforme pasa el tiempo encontraremos cada vez más un uso que se acerca al ámbito de lo público; estas plataformas serán usadas para discutir no sólo aquello que nos es inmediato, sino aquello por lo cual se establece todo diálogo público: el interés común. Habremos de aprender aún mucho sobre esta forma de refuncionalizar los medios tecnológicos a nuestro alcance y deshilvanar lentamente los hilos a partir de los cuales se tejen las cuestiones de lo político en estos espacios.

 

Así como se transformarán los números de internautas, también se reinventarán los usos que hacemos de dichas plataformas.Esperemos que entre la multiplicidad de sus funciones podamos encontrar en algunas de ellas usos inteligentes y lúcidos, maneras distintas de acercarse al orden de lo político, nuevas formas de concebir el «espacio público» y por ello, también, oportunidades para ampliar el espectro de la participación ciudadana en nuestro país, dado que estas herramientas pueden significar un potencial aún no descubierto para la organización de la acción política y para la difusión de su debate, reflexión y discusión.

 

 

@oem79