El deporte se rige por ciclos de cuatro años: de la extinción del fuego viejo en la clausura de unos Olímpicos, al encendido de un fuego nuevo en la inauguración de los siguientes; del silbatazo final del árbitro que implica la coronación mundialista de un equipo, al silbatazo de arranque que significa el inicio de otro Mundial.

 

Así se configuran en buena medida los procesos de muchos aficionados deportivos: años nones, que representan el preparativo o eliminatoria previa, y años pares, que traen las semanas de mayor concentración en un mismo evento de multitudes en todo rincón del planeta, sean Olímpicos o sea Mundial.

 

En el Cáucaso, en la sabana africana, en las islas del sureste asiático, en las capitales bursátiles, bajo el canto de almuédano o el repicar de vaticanas campanas, el mundo se unificará a partir del 27 de julio de este 2012 para ver quién corre más rápido, qué gimnasta consigue mayor nivel de perfección, qué equipo de baloncesto complica al estadounidense dreamteam, qué atleta conmueve con su gesta, si Bolt y Phelps se superan a sí mismos.

 

¿Que después se politizan los Olímpicos? Y es ese el principal problema: que esta actividad, con audiencia máxima, consiste precisamente en borrar diferencias y no en incrementarlas, pero un medallero que hace competir a países con base en logros atléticos de individuos o equipos, siempre será un punto de competencia y patrioterismo: no basta con ganar en crecimiento económico, producto invierno bruto o exportaciones, si la victoria no es ratificada con medallas olímpicas y, de preferencia, ante los ojos del mundo entero.

 

Es innegable el pasado bélico del deporte al observar que tantas disciplinas tan cercanas a la milicia siguen formando parte del programa olímpico: esgrima, tiro, lucha, ecuestres. Al enfrentar en competencias de ese tipo a naciones que venían de una guerra e iban a otra, resultaba inevitable que los políticos pretendieran amenazar al potencial invasor, al tiempo que especulaban: los míos tiran mejor que los otros, pero atención que los de aquel corren más y mis traicioneros vecinos son temibles a caballo…

 

El Barón Pierre de Coubertin, artífice del renacimiento de los Juegos Olímpicos, se ha hecho célebre por la frase “Lo importante no es ganar sino competir” aunque poco conocido es el contexto bajo el cual la mencionó.

 

Ya en los Olímpicos de Londres 1908 se desató una rivalidad más allá del deporte entre las delegaciones de la Gran Bretaña y los Estados Unidos. Si consideramos que los británicos querían mostrar en toda instancia que seguían mandando en el mundo, y que los estadounidenses aprovechaban cualquier vitrina para desafiar ese dominio; más aún, si agregamos que en esa época no existían aún reglamentos globalmente unificados y aceptados (la maratón por ejemplo, sólo en esos Juegos definió la distancia definitiva de 42.195 metros) entonces no es de extrañar que la tensión llegara.

 

La descalificación de un atleta norteamericano, que significó el triunfo de su rival inglés, hizo que los dos países revivieran todas sus pugnas y rencores.

 

Entonces en la cena de gala Coubertin lanzó la citada frase de “competir y no ganar”, dirigida a políticos, diplomáticos y delegados ahí presentes. Sin embargo, cuando el barón sintió miradas pesadas de parte de alguna mesa, modificó discurso y añadió “el juego limpio está en peligro y eso se debe, sobre todo, a un cáncer al que arteramente han permitido crecer: las apuestas”.

 

Así que cuando rememoremos lo dicho por Coubertin, será mejor recordar dos cosas: primero, que hace un siglo ya le preocupaba la manipulación política de su creación deportiva; y, segundo, que cuando intentó atacar esa politización, se arrepintió a mitad de camino y tomó una salida moralista (eso no fallaba ni en una Inglaterra apenas post-victoriana ni ante delegados de un Estados Unidos puritano).

 

Pero el camino olímpico apenas comenzaba y el catálogo de intromisiones políticas no haría más que incrementar.

 

El ex presidente del Comité Olímpico Internacional, Juan Antonio Samaranch, me aclaraba en el 2009, en una entrevista pocos meses antes de su muerte: “La ONU y la UNICEF querían quitarnos los Olímpicos. Decían que era demasiado delicado como para que lo manejaran personas ajenas a ellos. Era la época de los boicots, de la Guerra Fría, del apartheid… Esto ya ni siquiera era negocio… Es el mérito que tuvo el movimiento olímpico: mantenerse apolítico”.

 

Y es verdad: el olimpismo dista mucho de la perfección, mas llegados a este 2012 sí es alabable su labor, aunque a menudo la práctica aplaste a los ideales y la política todo lo salpique.

 

Como el Dalai Lama explicaba cuando hablamos sobre ese tema previo a Beijing 2008: “Los Juegos Olímpicos son algo que reúne a la gente sin importar religión, raza, clase, y eso ciertamente contribuye a valores universales, al sentido de responsabilidad social, pero si los Olímpicos por sí mismos pueden modificar algo, no lo sé. (RISAS) De alguna manera sí tienen una contribución».

 

Al respecto, Lech Walesa me decía en el puerto de Gdansk, desde el que levantó la bandera de la solidaridad y la libertad: “ustedes dicen: ´China tantas medallas, Estados Unidos tantos oros´, pero no es China, ni Estados Unidos, ni Polonia, ni México: en el deporte rivalizan las personas, no las naciones; los triunfos también tienen que ser individuales”.

 

El 2012 es año que cierra un ciclo deportivo, que pone fin a un proceso de cuatro años, que consuma proyectos, y que lo hace con miles de millones de personas pegadas al televisor. Qué mejor que convertir ese espacio en algo que fomente valores como lealtad, respeto y armonía, y no trampa, manipulación u odio… Qué mejor que dar inspiración a tanto desempleado y tanto desmotivado a través de hazañas deportivas, y no jugar con su difícil momento al canalizar fuera esa furia con torpes nacionalismos compra-votos. Qué mejor que dejar al 2012 ser Olímpico y no tan político.

 

@albertolati

 

 

 

Alberto Lati

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