Polvareda del desierto se levanta al paso de los tanques que se van -o, mejor dicho, huyen- del caos. Polvo y arena que hacen complicado ver demasiado lejos, demasiado futuro, demasiadas cosas que supuestamente tras nueve años de ocupación estadounidense los iraquíes esperarían ver y no han visto… O, más bien, vieron por única ocasión en una noche de milagro futbolero.

 

Mientras solemnemente termina la intervención estadounidense, y se hacen ceremonias que no traerán de regreso a los miles que murieron, y se dicen tópicos que no solucionarán el desastre en que está convertido ese país, recordamos el momento: la coronación en la Copa Asiática 2007, cuando kurdos y turcomanos, cuando chiitas y sunitas, compartieron balón e ilusión.

 

“Hoy es definitivamente el día más feliz para los iraquíes en años. Lágrimas de gozo se juntan con rezos de esperanza. El momento es tan maravilloso que el miedo no tiene lugar en el corazón de millones de iraquíes; ni miedo a las balas, ni miedo a suicidas locos que intentaron matarnos la semana pasada. Nuestros jugadores, esta noche nuestros héroes, entendieron que sólo con trabajo colectivo había forma de ganar”: tan emotivo párrafo fue publicado en un diario de Irak la mañana después de la coronación.

 

Miles de personas habían vuelto a atreverse a salir de casa, extraños se abrazaban y cantaban, no era necesario reconocerse del mismo grupo étnico o con la misma forma de practicar el islam, el futbol goleaba al miedo, bastaba con compartir la alegría por la más inesperada victoria deportiva. Baghdad, por brevísimos instantes hizo honor a su nombre árabe Medinat al Salaam, ciudad de la paz.

 

¿Cómo fue aquella Copa Asiática? En la primera ronda los iraquíes derrotaron a la favorita Australia, en semifinales eliminaron en penales a la potencia Corea del Sur y en la final consumaron la sorpresa al vencer a la mucho más poderosa Arabia Saudita.

 

Dirigidos por Jorvan Vieira, un brasileño que pertenece a todo el mundo y habla tanto árabe como persa, habían hecho su preparación previa en Jordania, a salvo de las bombas y balas que sacudían su tierra. Ahí conoció Vieira a la mayoría de sus jugadores y, según revelaba después, les costaba mucho trabajo hallar alguna cancha con pasto para entrenar.

 

Lo primero que procuró el seleccionador fue pacificar al plantel, atenuar diferencias: “Todos habían perdido a algún amigo o familiar desde los problemas que empezaron en el 2003. Entendí pronto que debía prohibir toda mención de la guerra, de religión o de política al interior del equipo”.

 

Previo a la final, cuando les llegó noticia de que en los festejos por la semifinal ganada hubo un atentado que quitó la vida a 50 personas, el equipo pensó en abandonar el torneo. Finalmente, con algo de resignación, decidieron disputar el título: “Si ganábamos, habría más asesinatos; si perdíamos, también; si no jugábamos, lo mismo… Al menos teníamos que quedarnos para ganar y quizá así dar algo de alegría a la vida de la gente”.

 

El script de esa final parecería escrito por el guionista más esperanzado: Yunnis Mahmud, sunita, hizo el gol; Hawar Mullah Mohammed, kurdo, envió el pase; Noor Sabri, chiita, fue el portero de las atajadas salvadoras.

 

Los apodados “Leones de dos ríos” (alusión obvia al Tigris y el Éufrates) confirmaron en ese torneo que pese a una historia tan complicada, tienen natural don para el futbol; que pese a las peores condiciones de preparación, había sobrado orgullo y dignidad deportiva; que, después de tanta sangre, era posible compartir balón entre grupos enfrentados. Quizá si se comparte balón, se puede compartir territorio.

 

El hermano de Hawar había decidido no jugar para Irak sino para la selección –no reconocida por FIFA- del Kurdistán iraquí. Por mucho que ese simbólico equipo reivindicara una causa, Hawar enorgulleció desde la selección de Iraq a toda la región kurda y la identificó con el resto del país, recordando que en otras épocas no acudían kurdos al equipo nacional.

 

Tres años antes, en los Olímpicos de Atenas 2004, Iraq había alcanzado la ronda semifinal y George W. Bush intentó aprovechar esa coyuntura para legitimar lo jamás legitimable y casi relacionarlo con las imaginarias armas de destrucción masiva. Declaró que la actuación futbolística había sido consecuencia de la intervención armada estadounidense y que el juego de ese equipo representaba la libertad que se respiraba en Irak.

 

De inmediato, el entonces seleccionador iraquí, Adnan Hamad, reaccionó con fuerza: “no puedes hablar de un equipo que representa a la libertad. No tenemos libertad en Irak, sino una fuerza de ocupación y vivimos uno de nuestros momentos más miserables. Ayuden a reconstruir Iraq en lugar de destruirlo más”.

 

Para ese momento, un futbolista preolímpico ya había sido asesinado, lo mismo que el entrenador de ciclismo, el de tenis junto con dos jugadores, el capitán del representativo de voleibol y todo un equipo de taekwondo. El deporte no podía escapar a tiempos tan difíciles y sangrientos.

 

Atrás del futbol iraquí queda también la sombra del hijo de Saddam Hussein, Uday, quien encabezaba tanto la federación de futbol como el comité olímpico local. Las torturas a las que este personaje sometía a los deportistas que a su juicio no rendían, simplemente remiten a lo peor de la Edad Media (patear grandes bolas de piedra, por ejemplo).

 

Pese a Uday Hussein, Iraq calificó al Mundial 86 y mantuvo un buen nivel de juego; pese al desastre que ha seguido a la caída de Saddam, Iraq se mantiene como cuadro competitivo en Asia y ha accedido a la última ronda eliminatoria rumbo a Brasil 2014.

 

En todo eso podemos pensar mientras el polvo surge cual estela detrás de los tanques estadounidenses… En el sueño de una paz que no llegó tras la caída del tirano, en el sueño de una noche de julio del 2007, cuando todos, balón de por medio, hallaron motivo para abrazarse.

 

@albertolati

 

Alberto Lati

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