Lo más difícil para ser el número 1, es obsesionarse con ello, convertir toda acción en un asalto a la gloria, no permitir que el estrellato llegue como consecuencia natural… Y ahí está Cristiano Ronaldo, al que tanta fuerza de voluntad pesa, al que la ansiedad mal-aconseja, al que las comparaciones con Messi aplastan.

 

Un delantero de época: virtuoso, potente, completo, multigoleador como poquísimas veces se ha visto, aunque incapaz de sostener su inmensa dimensión cuando el rival es el más acérrimo y al que resulta más necesario derrotar.

 

El sábado volvieron a jugar Real Madrid y Barcelona, con desenlace muy parecido al que hemos visto en tantísimos encuentros que han jugado durante los últimos meses (1 de liga, 2 de copa, 2 de Champions, 2 de supercopa): superioridad blaugrana e impotencia de Cristiano, apenas resolutivo y determinante en estos choques con el cabezazo que significó el título copero.

 

Y, mientras tanto, como si no lo volteara a ver (aunque seguro sabe disimular y sí lo ve con autocomplacencia, porque tiene un carácter altísimamente competitivo y orgulloso) camina Lionel Messi. Entre más complicada es la situación, más oportuno resulta su concurso para los barcelonistas (justo lo que se le reprocha en la selección argentina) y emerge colosal en la adversidad.

 

El asunto es que cada que termina un clásico español queda clara la diferencia entre los dos mayores cracks del mundo. Y desde ese momento Cristiano hace méritos –y muchísimos goles- contra todo rival, a manera que para cuando llega el siguiente clásico, otra vez es aguardada una actuación heroica del portugués que sustente a los que han vuelto a creer en él como número 1 (que, escuchados los pitos que recibió en el estadio Bernabéu, cada vez son menos).

 

Cristiano Ronaldo tuvo dos momentos idóneos. El primero, con marcador favorable, cuando ejecutó terrible disparo. El segundo, ya perdiendo por uno, con un remate de cabeza de los que convierte en gol por rutina. Dos instantes perfectos para recuperar crédito, dos instantes soñados para rescatar a sus huestes, dos instantes propicios para salir del eclipse de Messi… Pero más que las pifias, se le protesta ser más vanidoso que solidario, anteponer su persona al colectivo (algo que se le aplaude en otras ocasiones, cuando del ego del abreviado CR7 brotan incontables goles y estéticos lances).

 

Precisamente el problema de tan grande obstinación con ser el mejor: que se engarrotan las piernas, se hace inútil el esfuerzo y se chorrean los remates. Que todo lo que no debía pasar pasa justo cuando tenías que demostrarlo y no pudiste. Precisamente los pesares de Cristiano.

 

Foto: AP

 

@albertolati

 

 

 

Alberto Lati

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