Gaddafi en la cancha

Alberto Lati

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Hay apellidos que pesan para llegar a jugar futbol y otros que ayudan si lo que la persona desea es convertirse en futbolista. Él no empezó en fuerzas básicas  de algún equipo, o pateando balones de trapo en alguna calle, o peloteando en algún llano, o rogando al entrenador por alguna oportunidad: él empezó apellidándose Gaddafi.

 

Es la historia de Saadi, hijo de Muammar que tanta importancia tomó desde el inicio de la revolución en Libia.

 

El personaje que hoy protesta por la muerte de su padre, y cuya extradición desde Níger es disputa internacional, y que en cierto momento de la contienda fue acusado de ordenar disparar a manifestantes desarmados, guarda larga relación con el futbol.

 

Buscar imágenes de Saadi en internet arroja los  resultados más variados que se puedan imaginar. Peleando balón con Alessandro del Piero en un partido oficial de liga italiana, abrazado a una chica en bikini, vestido con estrafalaria moda, festejando un título con jugadores de la Juventus, de fiesta con el rapero 50 cent y la ex tenista Anna Kournikova, de religioso, de político, de militar, de playboy: así de variopinto es este individuo calificado alguna vez como “el peor futbolista en la historia del futbol italiano”.

 

Primero, repasemos su trayectoria.

 

Saadi al-Gaddafi no conseguía ser titular en el club Al-Ittihad de Trípoli, lo cual remedió en dos pasos: primero, comprar el equipo; segundo, echar al entrenador por haberlo sacado del campo.

 

Entonces Saadi se fijó como meta encabezar a la selección libia, lo cual consiguió convirtiéndose en presidente de la Federación Libia de Futbol (para que luego la FIFA castigue a otras federaciones locales por “intromisiones gubernamentales”). El asunto es que de inmediato se convirtió en capitán.

 

Pero Saadi quería ser el primer jugador de su país en las poderosas ligas europeas, lo cual no fue obstáculo toda vez que compró buenos paquetes de acciones de tres cuadros de Italia (incluido el 7.5% de la Juventus, por lo que en cierto título él desfiló con los jugadores).

 

Ya estaba en Italia pero emergió un problema del que ni su poderoso padre lo podía sacar: antes siquiera de debutar, dóping positivo por nandrolona. En Libia se catalogó eso como un complot y tuvo un castigo relativamente corto.

 

Luego de 39 partidos como suplente, disputó 15 minutos casualmente contra la Juve (en parte, su Juve), mientras los guardaespaldas observaban emocionados detrás de la banca.

 

Tan bien lo habrá hecho en tales 15 minutos que en el 2005 lo firmó el Udinese y esta vez entró 10 minutos en el último cotejo de la campaña.

 

Pero Saadi seguía consiguiendo acomodarse y en el siguiente torneo lo fichó la Sampdoria. Sería prudente recordar que el presidente de este club, Riccardo Garrone, es dueño de una empresa petrolera (¿Algo que ver con el principal recurso de Libia?).

 

Su presentación en la Samp resultó memorable: “Mi padre quiere que regrese a Libia para darme algunos puestos… Él no quiere que juegue futbol… Me dice ´eres más grande que eso; debes ser algo más que futbolista´… Pero esta es mi pasión y le digo: ´Bien, solamente déjame terminar mi contrato´. Tal vez después pueda ser embajador de Libia en Estados Unidos u ocupar otra posición muy sensible… Retirarme del futbol sería una decisión grande para mí porque lo amo demasiado… Quiero jugar para siempre, está en mi corazón…

 

Y estará en su corazón, pero él nunca lo estuvo en el de la afición de su país.

 

En un régimen que imponía nulo margen para protestas o disidencias, llamaba la atención que en un estadio se filtrara a un burro portando el uniforme de Gaddafi Jr. En efecto, fue el futbol, tal como ha sucedido en tantos otros escenarios de represión, el excepcional lugar para gritar contra la dictadura.

 

El momento más crítico que se recuerde se suscitó cuando hasta 50 aficionados murieron. Hacia el final de un partido, el equipo propiedad de Saadi anotó un gol ilegal y el árbitro, quizá intimidado por la figura del hijo del dictador, lo concedió. Eso desató invasión de campo y gritos en contra del régimen, a lo que la guardia de Saadi respondió con balazos, generándose una estampida y muchos cadáveres.

 

Pese a las súplicas de Saadi, Muammar suspendió el torneo de liga por cuarenta días: era la primera muestra de disidencia en la capital Trípoli en casi 30 años y no quería escuchar del futbol por un rato.

 

A raíz de ese incidente, Muammar publicó en internet una serie de críticas al futbol: “Primero, tengan cuidado con las enfermedades mortales ocasionadas por el Mundial. Investigación médica ha probado y seguirá probando en el futuro que quienes padecen futbol-manía y son adictos al juego, poseen mayor riesgo de desórdenes psicológicos y nerviosos. Esos desórdenes son causantes de ataques al corazón, diabetes, hipertensión y envejecimiento prematuro”.

 

Lo último que se supo futbolísticamente de Saadi al-Gaddafi, poco antes de las revueltas que terminaron con la caída en desgracia de toda su familia, fue que aspiraba a la presidencia de la Confederación Africana de Futbol y a que pretendía comprar acciones del club inglés Portsmouth o, vaya coincidencia, del italiano Milán (cuyo dueño, Silvio Berlusconi, fue el último mandatario al que Muammar pidió ayuda para frenar bombardeos contra Libia: “no te culpo de algo de lo que no eres responsable porque sé muy bien que tú no apoyabas esta acción nefasta que no te honra a ti ni al pueblo italiano”).

 

Ahora, con su padre asesinado de la manera más humillante y vil posible, con el futuro de su país convertido en alarmante misterio, Saadi se ha exiliado en Níger y corre alto peligro de terminar igual que la mayoría de la familia.

 

A él mismo le costará creer cuando busque su nombre en internet y aparezca en el yate, y con Kournikova, y con del Piero, y con su costoso traje azul pastel. La vida de los Gaddafi ha cambiado diametralmente y en un margen muy pequeño de tiempo.

 

@albertolati

	
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