Leo en una nota de El País que un “sindicato” de alumnos de la Universidad de Londres, nada menos, exige que sean removidos del plan de estudios unos cuantos filósofos clásicos. Platón, para empezar. También, Kant y Descartes. Tampoco se salvan de la quema los de la Ilustración, que, nos informan estos gallardos muchachones, tendrán que ser estudiados “en contexto”, o sea, estudiados pero repudiados. ¿La razón? Que son pensadores racistas y colonialistas.

 

Vinculamos casi instintivamente la censura con lo conservador, y a lo conservador con eso que llamamos la derecha. Es decir, con la Inquisición, con las dictaduras chilena y argentinas de los 70, con Francisco Franco, el Opus Dei, el Vaticano o los Legionarios de Cristo y su cauda de instituciones educativas con falda debajo de la rodilla. Bien está: se ganaron el estigma.
Y no obstante, el siglo XX nos llenó de ejemplos brutales de censura que llegaron desde la izquierda: el realismo socialista como dogma cultural soviético del que ningún creador podía alejarse, la Revolución Cultural maoísta que humillaba públicamente a cualquiera que abrazara valores occidentales o tradicionales, la Cuba de Castro que no te dejaba oír a los Beatles, para no hablar de las locuras estalinista y maoísta de Corea del Norte y la Camboya de Pol Pot. En efecto, existe una forma digamos progresista de la censura, si es que “progresista” es un término adecuado para semejantes regímenes, que son más bien los representantes de izquierda del conservadurismo menos pudoroso.
La aparente sorpresa con los alumnos británicos es que provienen de un sector que uno supondría en principio libres de pulsiones censoras. Caray, a fin de cuentas se trata de universitarios de un país con sólidas raíces liberales, ¿no? Y sin embargo, tampoco esta sorpresa se justifica.

 

Las universidades occidentales han sido desde siempre una nutrida fuente de intransigencia progresista. De universidades francesas, a fin de cuentas, salieron a hacer la guerra santa maoísta en Camboya los jemeres rojos, que impusieron una revolución cultural radicalizada durante la que murieron algo así como dos millones y medio de personas, igual que universitarios son los académicos gringos que se nombran censores del lenguaje, o algunos terroristas de la ultraizquierda alemana, o para el caso los pejistas-ayotzinapos-anarquistas que se sienten con derecho a impedir que los medios que no les gustan hagan su trabajo.
Como que es hora de empezar a ver a las universidades con ojos más críticos. Nos estamos tardando.