A los estadounidenses los han enseñado a gastar, a pedir prestado y consumir. A que si tienen un auto, pueden tener dos. Si su televisión es modelo 2016, es un modelo viejo.

 

Es algo que va más allá de un tema cultural. Es cierto que esa economía está centrada en el consumo, en la posesión y en la competencia por la tenencia de los mejores bienes.

 

Pero hay un componente que ha hecho del consumo una salida más fácil ante el castigo que implica el ahorro.

 

Resulta que para salir de la gran recesión de finales de la década pasada, las autoridades fiscales y monetarias de Estados Unidos diseñaron un esquema en el que siempre resultó mejor opción gastar los dólares que cayeran en la mano antes que ahorrarlos.

 

Las tasas de interés en cero y la fábrica de dólares trabajando tiempo extra daban la posibilidad de salir de la parte baja del ciclo económico consumiendo.

 

Y si el salario no alcanzaba para ese propósito, siempre había la posibilidad del crédito. Cierto que durante los primeros años posteriores a la gran crisis hipotecaria subprime, el crédito fue escaso porque los bancos parecieron aprender la lección.

 

Pero no pasaron tantos años antes de que otra vez fluyera con mucha facilidad el dinero prestado, lo mismo para una pantalla gigante que para una casa, siempre dinero prestado disponible a tasas cercanas al cero para comprar un auto. Como sea, el dinero no costaba.

 

¿Qué le pasa a un país que no tiene incentivos para el ahorro? Empieza a gastar más de lo que produce, demanda productos de consumo importados que satisfagan esa necesidad de poseer, y eso al final se traduce en un país que compra más de lo que vende al extranjero.

 

Si en ese proceso de corrección de la política monetaria en la que estamos presionan al alza el valor de su moneda y encarecen sus exportaciones, más aumentan el apetito por importaciones baratas.

 

Alguien en la Casa Blanca le debe entender bien al origen de sus déficits comerciales, alguno de los asesores del Presidente puede explicarle que las exportaciones mexicanas son de alto contenido estadounidense, a diferencia de las chinas. Alguno puede hacerle entender a Trump que la tecnología está acabando con muchos empleos y no la mano de obra de otros países.

 

Pero nada de eso importa. Trump puede recibir un curso básico de economía y eso no lo haría cambiar su visión de elegir un enemigo que pueda visualizar sus huestes de enojados estadounidenses que han perdido mucho de lo que sus papás y sus abuelos les cuentan que tenían en otras épocas.

 

El déficit comercial que argumenta Trump como injusto en el marco del Tratado de Libre Comercio de América del Norte es un simple pretexto. Hay que entenderlo bien para saber que lo único que quiere Trump es un pretexto para lo que parece inevitable: acabar con el acuerdo comercial trilateral.

 

 

 

caem