Only Lovers Left Alive (Dir. Jim Jarmusch)

 

En una escena de Only Lovers Left Alive, el par de amantes centenarios, los vampiros Eve y Adam, acuden al concierto de una cantante libanesa (Yasmine Hamdam); ambos disfrutan su música e Eve sugiere: “ella se volverá muy famosa”, a lo que Adam replica “es demasiado buena como para merecer eso”. La frase resume perfectamente el alma de esta cinta.

 

Y es que Only Lovers Left Alive –onceavo largometraje de Jim Jarmusch- es una crítica a la cultura pop, aquella que deriva en fama y dinero pero que no necesariamente se vuelve trascendente. El filme es también una celebración a la cultura universal, a las grandes mentes cuya obra permanece en el tiempo aunque rara vez resulte arropada por las masas o la riqueza.

 

Así, Adam (Tom Hiddleston) vive en una casa abandonada en la devastada Detroit (en plena crisis de las armadoras de autos); músico de toda la vida (llegó a compartir alguna composición con Shubert) colecciona viejas guitarras y acetatos mientras las paredes de su casa están repletas con fotos de sus ídolos (o tal vez conocidos): Kafka, Thelonius Monk, Mark Twain, Billie Holliday, y más.

 

Por su parte, Eve (Tilda Swinton) vive en Marruecos. Amante de los libros (puede leer a una velocidad extraordinaria), a veces se hace acompañar de Chris Marlowe (John Hurt), el famoso dramaturgo -aquí vuelto vampiro- que sigue lamentándose por no recibir crédito por las obras que aún se atribuyen a Shakespeare. A pesar de estar casados (se han matrimoniado al menos tres veces), Adam y Eva no viven juntos, pero esta última decide viajar (por vuelo nocturno, claro) a Detroit para visitar a su esposo.

 

La elegancia y estilo de esta romántica y a la vez fría pareja permean el filme mismo: largos silencios, tomas iluminadas en su mayoría con tenue luz cálida, encuadres que dan giros, emulando el cielo estrellado, el abrazo desnudo, o el acetato de 45 revoluciones que lo mismo toca a Paganini que a Wanda Jackson. Las actuaciones de Hiddleston y particularmente de la extraordinaria Tilda Swinton evocan con fascinación y elegancia el hastío que les provoca ser testigos eternos de la decadencia humana.

 

Eve y Adam reniegan de su propia naturaleza: obviamente beben sangre, pero prefieren conseguirla en algún hospital (y beberla en elegantes copas, cual si fuera vino) que recurrir a la barbarie de la mordida al cuello de los “zombies” (así llaman a los humanos).

 

La sangre es un regreso eterno a aquello que no quieren ser; usando la misma técnica de Danny Boyle en Trainspotting (1996), estos vampiros parecieran “viajarse” cada que beben sangre, mostrando una sonrisa sardónica en sus rojos labios y largos colmillos que, finalmente, asoman peligrosos de sus bocas, prueba inequívoca e irrefrenable de su origen salvaje.

 

Más allá de lo chocante que todo esto pueda parecer (¿alguien dijo hipster?), lo más interesante de este juego es el instrumento que Jarmusch manipula para lograr su objetivo: el cine de vampiros, género que luego de la saga Twilight quedara relegado -y con justicia- a las catacumbas de lo más comercial de la cultura pop, es retomado aquí como efectiva herramienta para proyectar a estos dos personajes: testigos de la historia, aburridos del tiempo y de las atrocidades humanas, que sólo viven (sobreviven) justamente por su amor al arte, a la ciencia y a todo aquello que los aleja de su salvajismo innato. Es el amor al arte, pareciera decir Jarmusch, lo único que nos hará sobrevivir en este mundo de miseria y zombies.

 

Only Lovers Left Alive (Dir. Jim Jarmusch)

3.5 de 5 estrellas.

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