Óscar Espinosa Villarreal fue miembro del Partido Revolucionario Institucional (PRI) hasta 2006, ha sido Presidente de la Comisión Nacional de Valores, Director General de Nacional Financiera, Secretario de Finanzas del PRI, Presidente de la Asociación Mexicana de Bancos, Secretario de Turismo y Jefe del Departamento del Distrito Federal, Presidente de la Asociación Latinoamericana de Instituciones de Desarrollo (ALIDE) y de la Organización Internacional de Comisiones de Valores (IOSCO).

 

En 1987 fue Secretario Particular del Gobernador del Estado de México, Alfredo Baranda García, Director de Nacional Financiera, Secretario de Finanzas de Campaña de Luis Donaldo Colosio.

 

Posteriormente con Ernesto Zedillo fue el último Jefe del Departamento del Distrito Federal hasta ser electo Cuauhtémoc Cárdenas Solórzano, y posteriormente, de 1997 a 2000 sería el Secretario de Turismo hasta el comienzo del Sexenio de Vicente Fox.

 

Este texto se publicó hoy en diversos medios nacionales a 23 años del asesinato de Luis Donaldo Colosio.

 

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 Diana Laura: Preguntas sin respuesta

 

Apenas este martes vi la película titulada Jackie, en la que se relatan fragmentos de la vida de Jacqueline Kennedy, después de que fue asesinado su marido en Dallas, Texas, el 22 de noviembre de 1963. La expresión de su rostro en las primeras tomas del filme, ha traído de inmediato a mi memoria, nublando mis ojos, el recuerdo de una expresión casi idéntica, que bien podría yo describir como característica de un rostro lleno de preguntas sin respuesta: El rostro de Diana Laura Riojas de Colosio, una mujer extraordinaria que la vida me dio la oportunidad de tratar por un breve lapso, suficiente para tomarle gran afecto, admirarla y no olvidarla nunca. Alguien, por cierto, a quien poco se evoca en aniversarios como el de hoy.

 

Todo era caos en México aquel aciago día, hace exactamente 23 años. Yo acababa de regresar de La Paz, después de dejar ahí a Luis Donaldo, con quien viajé desde Culiacán por la mañana. Ya no lo acompañé a Tijuana. Me regresé atendiendo a sus indicaciones de salir al día siguiente a una reunión en Guadalajara y de ahí, a Hermosillo, en donde sería el evento más concurrido de proselitismo financiero, en donde miles de personas pagarían por convivir en una cena o comida con nuestro candidato y apoyar así su campaña. Tendría gran significado que fuera el más concurrido, tratándose de la capital de Sonora. Vete mejor a México, Óscar, me dijo. Te encargo mucho Guadalajara y más aún el evento en mi tierra la semana próxima.
Estaba yo de paso, en mi oficina en la Ciudad de México, cuando me enteré de que nuestro abanderado había sufrido un atentado, trasladándome de inmediato al cuartel general de campaña, en donde se encontraba el coordinador general de la misma, Ernesto Zedillo, en aquel entonces el hombre con el que más me había identificado en esos tres meses de campaña política.

 

Todo fue horrible a partir de ese momento, pero lo peor, desde el punto de vista humano, al margen de las cuestiones políticas, fue lo que vivió Diana Laura, la esposa de Luis Donaldo. Su imagen, su rostro y su infinita tristeza se volvieron, a partir del asesinato, lo que más nos impresionaba a La Gorda, mi esposa, y a mí. No podemos decir (nada nos hubiera gustado más que así fuera) que éramos amigos personales y mucho menos íntimos de los Colosio, pero esos tres meses de intensa convivencia nos acercaron a ellos y, en especial, nos permitieron descubrir el mayor tesoro que Luis Donaldo tenía y que era su hermosa, inteligente y dulce mujer.

 

Una persona frágil en su salud, pero impresionantemente fuerte para enfrentar la adversidad que ya la había perseguido con una enfermedad que la tuvo al borde de la muerte. Cuenta alguna crónica que estando afuera del quirófano, mientras intervenía el doctor Castorena a Luis Donaldo, intentando salvarle la vida, ella le comentó optimista a Federico Arreola: “Hace cuatro años, en estas fechas, era al revés Yo estaba en terapia intensiva por una enfermedad y Luis Donaldo afuera, muy nervioso, esperándome. El doctor Castorena me atendía. Si a mí me sacó, que estoy tan flaquita, pues a él con más ganas”.

 

Desgraciadamente no fue así. Mientras que ella si salió adelante casi milagrosamente, con Luis Donaldo no hubo nada que hacer. Las paradojas de la vida. Pareciera que ella sólo salió adelante para verlo ser candidato y después, trágicamente, morir. Unos cuantos meses después de que Luis Donaldo murió, la enfermedad de Diana Laura se hizo de nuevo presente para arrebatarle la vida y dejar, sin padre y madre, a sus dos pequeños Luis Donaldo y Mariana.

 

Después de consultarlo con el presidente Salinas y con el ya candidato Zedillo, visité a Diana Laura, en su casa en Tlacopac. Volví a ver esa cara de serena tristeza y a sentir esa ternura que inspiraba su situación. Ahí en su casa, entre los recuerdos de su marido y con sus hijos, la abracé con mucho afecto y sentí a esa persona menudita que parecía poder quebrarse en el abrazo, mientras se me hacía, de nuevo, un nodo en la garganta. Al separarnos, me regaló una de esas sonrisas que parecían querer reconfortar a quien las recibía. Hablamos largo sobre todo y sobre nada. Le traté algunos pendientes que me correspondían en relación con ellos, dada la responsabilidad que tenía en el partido. Pasamos a otros temas. Me hizo sentir sus preocupaciones y la frustración que le provocaba todo lo que estaba sucediendo. Estaba desconcertada y confundida, no sabía en quién debía o podía confiar.

 

Salí de ahí sumido en profundas reflexiones, muchas de ellas relacionadas con el costo enorme que puede pagar una familia y una pareja como ella ante los avatares de una actividad como la que nosotros escogíamos, a veces partiendo arbitrariamente del supuesto de un apoyo incondicional que damos por descontado. Pensaba en ese par de chiquitos: Luis Donaldo y La Princesita, como cariñosamente llamaba Luis Donaldo a Marianita. Pensaba que no sólo habíamos perdido a un gran candidato, sino que el país se privaría de contar, si alcanzábamos el triunfo, con una gran primera dama.

 

Sin imaginar lo que sucedería unos cuantos meses después, me animaba el hecho de que los niños tuvieran una madre cono Diana Laura, que tanto tenía para darles. No fue así. También nos dejó para alcanzar a su adorado marido y pareciera que aquella forma que tenían de firmar las tarjetas de sus regalos LD y DL fuera un designio para seguir juntos, después incluso de la muerte. Por fortuna, los niños encontraron otros padres maravillosos y la sangre que corre por sus venas les ha permitido llegar a ser excelentes muchachos.

 

En una columna escrita el 22 de marzo, el buen Fidel Samaniego refiere que Diana Laura le comentó: “Lo que son las cosas, el día que lo destaparon como candidato, más bien ya en la noche, cuando entró al auditorio del PRI, lo vi tan guapo, con tanta personalidad que pensé: ¡Qué Kennedy ni que nada! Y mira lo que pasó”.

 

Quizás ahí, en la eternidad, las expresiones de aquellos rostros llenos de preguntas sin respuesta, de Jaqueline y Diana Laura, sean otros que, ahora sí, las encontraron. No lo sé. Lo que sí sé es que Diana Laura vive intensamente en el recuerdo de cada persona que se haya encontrado con ella y con su maravillosa personalidad y carisma.

 

jram