Desde el inicio de su gobierno el presidente Enrique Peña Nieto quiso distinguirse como un mandatario que cumple sus promesas. Un estilo de gobernar pragmático que durante su gubernatura en el Estado de México le dio resultados electorales que le llevaron a Los Pinos.

 

Sin embargo, el mismo Presidente que viene impulsando las grandes reformas económicas del país, también está enviando señales peligrosas a los mercados rompiendo sus propias reglas en el manejo de las finanzas públicas y alimentando la desconfianza.

 

Peña Nieto incumplió por lo menos una de sus promesas hechas durante su discurso de toma de posesión el 1 de diciembre de 2012. En Palacio Nacional lanzó 13 compromisos de su gobierno y en uno de ellos dijo: “En los próximos días pondré a consideración del Congreso de la Unión el Paquete Económico 2013, con un cero déficit presupuestal. La solidez de las finanzas públicas seguirá siendo pilar en la conducción de la economía nacional”.

 

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El compromiso presidencial hecho ese día no se cumplió. Bastaron 10 meses, en septiembre de 2013, para que su gobierno rompiera ese compromiso cuando envió al Congreso el Paquete Económico 2014. En ese documento que elabora Hacienda se nos dijo que no habría déficit cero ni siquiera en 2013, que éste sería de 0.4 puntos del PIB medido sin la inversión de Pemex y que la deuda del sector público tendría una ruta ascendente en los próximos años. Así, el acuerdo de equilibrio presupuestal que aprobó el Congreso para 2013 se rompía por obra del Ejecutivo Federal.

 

Y como escribimos el 28 de octubre del año pasado, de un plumazo el gobierno de Enrique Peña Nieto hizo trastabillar la confianza de los capitales internacionales en el manejo macroeconómico del país que comenzó a cimentarse en la segunda mitad del gobierno de Ernesto Zedillo y que se acrecentó, paso a paso, en la última década y media. La confianza en las reglas del juego de la economía había comenzado a tambalear.

 

Pero esa desconfianza no se ha quedado allí. Ha seguido incrementándose porque el gobierno de Peña Nieto sigue rompiendo sus propias promesas para lograr el equilibrio presupuestal. Un año después, ahora en el Paquete Económico 2015, la Secretaría de Hacienda ha planteado a los legisladores que -y cito una estupenda nota que publicó ayer Excélsior– “se apruebe un déficit por 641 mil 510 millones de pesos (3.5% del PIB), en lugar de los 549 mil 922 millones necesarios para reducir el desequilibrio fiscal al equivalente a 3% del PIB, es decir, México deberá asumir una mayor deuda”.

 

En suma. Nuevamente -como ocurrió en 2013- ahora el gobierno federal no sólo no camina hacia el equilibrio presupuestal, sino que pretende que se eleve el déficit en 2015 a 3.5% del PIB, contrario al 3% que había prometido para el próximo año. En esta ocasión la razón que aduce es la caída en la producción petrolera de Pemex esperada para 2015 que significaría pérdidas de ingresos para el gobierno federal por 91 mil 500 millones de pesos.

 

Y, también como el año pasado, Hacienda explica que este asunto de un mayor déficit y de un mayor endeudamiento del sector público es “transitorio”, porque esperan retornar a déficits menores en los siguientes años (2016 a 2018) con un mayor crecimiento de la economía y con mayores ingresos tributarios derivados de las inversiones energéticas. Y mientras tanto los requerimientos financieros del sector público crecerán 1.1 puntos porcentuales para alcanzar 43.3% del PIB en 2015.

 

No por nada hace casi un año el ex secretario Pedro Aspe -y mentor de Luis Videgaray- ya advertía con motivo del 20 aniversario de la autonomía del Banco de México, que “existe evidencia, aunque no sea perfecta, de que una vez que una economía alcanza altos ratios de deuda-a-PIB deja de crecer: es irresponsable apoyar la idea de que grandes déficits fiscales durante varios años no dañan el delicado equilibrio entre una baja inflación y el crecimiento económico. Tener una política fiscal sostenible es una obligación para cualquier economía”.

 

El asunto huele mal. El gobierno mexicano está mostrando que puede romper las reglas que anuncia en su manejo económico y los mercados y sus inversionistas van a cobrar de alguna manera ese riesgo de credibilidad que ya significa el manejo fiscal del gobierno mexicano. Una pésima señal.