Hace unos años un alto funcionario de la secretaría de Hacienda me llamó por teléfono para -según me dijo- “pedirme que pensara en el bienestar de México” en mis labores periodísticas.

 

En aquellos aciagos días para la economía nacional tenía a mi cargo a un numeroso grupo de reporteros y de analistas económicos, además de escribir diariamente esta columna sobre temas de políticas públicas como lo he hecho hasta el día de hoy.

 

Aquel subsecretario no reparó con su tiempo al teléfono y me explicó con todo lo amable y pormenorizado que pudo ser, la delicada situación por la que atravesaba el país y el daño que podíamos hacer los periodistas y los medios al transmitir información que calificó como ‘negativa’.

 

Una y otra vez me insistió en aquella conversación unilateral y casi sin pausas: “Te pido que pienses en el bienestar de México”. Su voz retumbó en mis oídos… y en mi conciencia.

 

Como periodista era la primera vez que escuchaba a un funcionario público de alto rango apelar al patriotismo como mecanismo para ‘suavizar’ nuestras coberturas periodísticas, el análisis de la información que presentábamos en nuestro medio y mis propios comentarios a través de mi columna.

 

Al terminar su última repetición, como si fuera casi un rezo, se hizo el silencio en la comunicación telefónica. Mi respuesta tardó en llegar porque no la tenía en la mente, ni en la punta de la lengua. En realidad no tenía una respuesta que me dejara satisfecho para una situación así y de cara a mis principios personales.

 

Finalmente, sólo atiné a decirle que no se preocupara. Que si él y yo hacíamos, cada quien, un trabajo profesional, innovador y honesto, la patria se daría por bien servida.

 

Me temo que aquel subsecretario de Gobierno no quedó muy satisfecho en ese momento con mi respuesta; aunque lo seguí frecuentando por años ya fuera del servicio público, nunca encontré siquiera un rescoldo de reclamo por esa conversación.

 

Han transcurrido junto con los años muy diversas circunstancias desde aquella conversación. Ahora no sólo sigo pensando lo mismo, sino que creo que el respeto profesional y personal entre quienes se dedican legítimamente a la política o al servicio público en los gobiernos y quienes nos dedicamos al periodismo, es más importante y necesario que nunca en nuestro país.

 

Un respeto que comienza por entender el rol de cada quien: Uno, el del cumplimiento de las funciones esenciales y específicas del Estado; el otro, el de la tarea de informar libre y verazmente. Es la ley, pero sobre todo, la deliberada voluntad de fundamentar una sociedad que se respete a sí misma y que sea respetada fuera de nuestras fronteras.

 

Pero este necesario respeto también requiere construirse con la exigencia de profesionalismo en el desempeño de las labores cotidianas, con la capacidad para innovar al enfrentar los nuevos e inevitables retos, y con la honestidad que debe presidir toda relación personal e institucional que pretenda ser duradera. Sólo relaciones así abonarán al bienestar de México, como insistía el funcionario hacendario en aquella llamada telefónica.

 

Con esos mismos pensamientos y principios continué escribiendo esta columna cuando nació Diario 24 Horas en octubre de 2011 a invitación de Eduardo Fernández y Raymundo Riva Palacio. Durante estos más de 3 años y medio lo hice con libertad y sólo mis propios errores limitaron el tratamiento de lo que aquí se escribió; apelo a la comprensión de los lectores.

 

Pero llegó el momento de decir ¡hasta luego! con la publicación de esta columna en las páginas de Diario 24 Horas. No siempre se hace lo que se quiere. Me despido de esta joven casa editorial con agradecimiento a Eduardo Fernández, a Antonio Torrado, a Raymundo Riva Palacio, a Martha Ramos y a todo el grupo que se empeñó en construir una opción periodística con un modelo de negocio sagaz y desafiante y una opción de periodismo digital que aún tiene mucho por ofrecer.

 

Y a quienes leyeron esta columna con paciencia en alguna ocasión…sólo me resta decirles ¡Gracias!