Hay territorios en el pensamiento que escapan del mapamundi. Madison Avenue es la capital de los sueños y rue Montaigne de la estética ornamental. Los arquetipos fabricados en las agencias de viajes nos venden a Nueva York y a París como sedes de torres inexistentes (las Gemelas) y de azúcar amorosa (Eiffel). Sin embargo, la sociología agradecería poner atención a los guionistas del comportamiento humano. (Por cierto, la palabra atención era la favorita de Carlos Fuentes.)

 

Mad Men, Madison Avenue, despacho de arquitectos de sueños, Hombres Malos.

 

El western psicológico le invita a cruzar con una equis aquella palabra que no tenga nada que ver con sus vecinas: Mad Men, Madison Avenue, despacho de arquitectos de sueños, Hombres Malos.

 

Rue Montaigne, avenida futurista de la estética ornamental, Dior, fábricas de placer.

 

El western psicológico le invita a cruzar con una equis aquella palabra que no tenga nada que ver con sus vecinas: Rue Montaigne, avenida futurista de la estética ornamental, Dior, fábricas de placer.

 

¿Cuál es la relación entre Mad Men y Dior; entre la publicidad y la moda; entre los sueños y la estética ornamental; entre los Hombres Malos y las fábricas del placer? Ya vamos encontrando el itinerario de este recorrido escrito.

 

Una tarde, el presidente Obama decidió dedicarle unas palabras a Matt Weiner, escritor y productor ejecutivo de la serie Mad Men. A través de una carta le expresó sus auténticas felicitaciones por detonar emociones a través de un cuento casi real. Entre las discusiones con Vladímir Putin y Angela Merkel o los berrinches que le provocan Kim Jong-un y Mahmud Ahmadineyad, el presidente de Estados Unidos se desplaza a su sala de televisión para introducirse en la vida de Don Draper, Peggy Olson y sus circunstancias: los hielos del whisky on the rocks, las infidelidades, la competencia animal, el machismo, los cigarros inspiradores, las camisas blancas, el pasado, la guerra y la familia…rompecabezas de un país llamado deseo.

 

¿Cómo es posible que entre el iPhone, los muros antimisiles y las salas de telepresencia de Cisco Systems, al presidente Obama le pueda interesar una serie que “no es algo más” que un spot narrativo donde se proyecta la cuna del sueño americano (de los años sesenta)?

 

Cuando Pete Campbell, ejecutivo de cuentas de la agencia SCDP (Sterling, Cooper, Draper & Pryce), muestra las oficinas a unos clientes japoneses, les dice al llegar a la sala donde se encuentran trabajando los creativos lo siguiente: “No puedo explicarles cómo pasa, pero pasa aquí”. El traductor se queda pensando unos segundos y observa, con nervios, a los japoneses para comentarles una ambigüedad: “Esto es muy difícil de traducir”. Campbell irrumpe y dice: “Pues dígales algo”. El traductor reacciona con un reconocimiento y susurra: “No sé lo que ocurre en esta habitación”. Este diálogo es algo más que una escena de Mad Men. Es un reconocimiento a la publicidad como la ciencia de la creatividad y por ende, de las apariencias.

 

La política mediática también se recrea a través de las apariencias. Don Draper y Barack Obama lo saben. Pero hay algo más, Mad Men es la caja negra de la publicidad. Nada como estar presente en una especie de autopsia para descubrir los secretos móviles de los fenómenos.

 

Mad Men es la crónica sociológica de una sociedad que desea ser millonaria, monetaria y placenteramente. Frente a las obsesiones (drogas), ocurre una lucha de clases cuyos protagonistas compiten a través del consumo. Gente creativa pero también mimetizada por el canon gregario, cohabitan en las oficinas de Mad Men. Don Draper y Peggy Olson son los cerebros que deslumbran a los otros. Secretarias y ejecutivos mediocres pero siempre soñadores. Ilusionados con desempotrar a los genios de la agencia sin reconocer que, de cumplirse su deseo, la agencia se vendría abajo.

 

Obama Draper se enfrentará a Mitt Romney en las urnas dentro de pocos meses. Sabe que las campañas (estadunidenses) se convierten en conversaciones sobre el hogar, la educación, los automóviles, el precio de las hamburguesas, la seguridad del barrio, la cercanía con el crédito, y por supuesto Dios. Multivariables con las que Obama corre una regresión para encontrar la fórmula que lo lleve a la victoria.

 

Obama en Mad Men. El spot podría mostrar a Obama en cada una de las casas y en cada una de las habitaciones de los millones de estadunidenses. Orgulloso, se dirige a la cámara de televisión para decir: “No puedo explicarles cómo pasa, pero pasa aquí”.

 

“Esto es muy difícil de traducir”.

 

“No sé lo que ocurre en esta habitación”. ¡Es la creatividad la que mueve al siglo XXI! Las mejores universidades del mundo, las nuevas tecnologías, los mercados financieros, los parques temáticos, las ideas, y un largo etcétera, catalizan la historia de Estados Unidos. Frente a Obama, el wannabe de la política, Mitt Romney.

 

Cínico empresario que se encargaba de imponer eficiencia a las empresas a través de despidos. Ya ven. Y quiere ser presidente. Romney podría jugar el rol de Pete Campbell. Ambicioso, arrogante e imprudente. Es el conservador que tocará a la puerta de los estadunidenses para convertirlos en “personas de bien”.

 

Obama, como Don Draper, entiende los intereses ocultos de la sociedad. Obama desea escribir el mejor guion electoral con los ciudadanos como protagonistas. Como Draper, Obama escapa del arquetipo para poder seguir siendo creativo, sin embargo, utiliza al arquetipo para dirigirse a los que son como él aparenta ser.

 

Obama, como Draper y Peggy, ascendió gracias a su inteligencia. Frente a Romney, es un meritocrático.

 

¿Cuál es la relación entre Mad Men, Dior y Obama; entre la publicidad, la moda y Obama; entre los sueños, la estética ornamental y Obama; entre los Hombres Malos, las fábricas del placer y Obama?

 

Quienes dominan la ciencia de las apariencias lo saben porque escriben guiones publicitarios para que el lenguaje nos hable. Obama simulará ser hablado por la mayoría de los estadunidenses cuyo sueño en vida es habitar el país de ensueño.