El suspenso llegó a su fin tras ocho largos meses de una inédita campaña presidencial, la más tensa, reñida e incierta de la historia de Francia. Un suspiro de alivio recorre las calles de París, pero nadie cae en la euforia al ver un país profundamente dividido entre los que aún creen en la posibilidad de revitalizar la idea de Europa y los que aseguran sentirse ahogados bajo el duro yugo del liberalismo impuesto por Bruselas.

 

 

 

Los sondeos acertaron, el socioliberal Emmanuel Macron, de sólo 39 años, se impuso en la segunda y definitiva vuelta electoral con 66.06 % de los votos frente a su rival, la nacionalpopulista Marine Le Pen que logró cosechar un 33.94 % de los sufragios.

 

Infografía: Juan Ángel Espinosa

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Triunfó un europeísta convencido, que se presenta por primera vez en unos comicios, que nunca ha pertenecido a ninguno de los grandes partidos tradicionales galos (socialista y conservador gaullista), mismos que desde la Segunda Guerra Mundial se alternan en el poder. El viejo modelo político francés se ha desgastado.

 

 

 

Los planetas se alinearon a favor de un hombre desconocido por el gran público hace solo tres años. Macron, ex-banquero de Rothschild que se convirtió en ministro de Finanzas del socialista François Hollande, gran defensor de la globalización y del multicultiralismo, aboga por la permanencia en el bloque europeo, pero no con una serie de reformas de por medio: en primer lugar la del presupuesto en la eurozona y la de una transformación profunda de las relaciones en el seno de la Unión Europea.

 

 

Promete suprimir 120 mil plazas de funcionarios, disminuir el gigantesco gasto público francés (el más elevado del planeta) en 65 mil millones de dólares, flexibilizar el mercado laboral  para lograr que el desempleo se sitúe por debajo del 7%. Asegura que tras su mandato la economía nacional habrá crecido 1.7% cada año y el déficit del Estado será de 1%.

 

 

En lo que toca a la política internacional, Macron desea permanecer en la OTAN, mantener la presión sobre el hombre fuerte de Siria, Bashar Al Assad, así como las sanciones contra Rusia por el conflicto de Ucrania. Ha dejado claro que continuará con las operaciones militares en Irak, Siria y el Sahel africano.

 

 

En materia de migración, uno de los temas clave de esta campaña, elogia la generosidad de Angela Merkel, que tantas ampollas levanta en Europa,  apuesta por una mayor integración, es partidario de agilizar el proceso de petición de asilo para refugiados, pero también de expulsar del país a quienes no se conceda ese estatus.

 

 

Emmanuel Macron ganó entre las familias más acomodadas, con estudios de bachillerato y superiores, en las ciudades de más de 20 mil habitantes y entre los que se dicen “más bien de izquierda o más bien de derecha”.

 

 

Estas elecciones han sido una espléndida oportunidad para darse cuenta que existen dos Francias radicalmente opuestas, la del repliegue populista de las áreas rurales o pequeñas ciudades, y la del orden liberal de la clase urbana con buenos ingresos. Simplificando un poco, entre los pesimistas y los optimistas, entre la “Francia de abajo” y la “Francia de arriba”, en otras palabras, entre los ganadores y los perdedores de la globalización.

 

 

Seis de cada diez franceses que votaron por Macron no lo hicieron por adhesión, sino para evitar la victoria de la ultraderechista Marine Le Pen, que, nos guste o no, ya ha logrado ganar la batalla de las ideas en la sociedad gala.

 

 

A sus 39 años, Macron se coronará como el presidente más joven de la historia de Francia, pero arrastrará  por mucho tiempo el estigma de ser presidente por defecto. Logrará inyectar un poco de esperanza a sus compatriotas alejados de los mercados bursátiles?

 

 

Nos esperan cinco años llenos de incertidumbre, descontecto social, movilizaciones, protestas, choques entre las dos Francias por momentos irreconciliables.

 

 

No hay motivos para la euforia. Hay que preparase.