¿Cuántos mexicanos han logrado a lo largo de la historia ser los mejores del mundo en su respectivo campo? Los mejores no de forma relativa, temporal o personalmente asumida; los mejores sin discusión o duda posibles, basados en un periodo largo, con competencia que a cada momento los desafíe y lo confirme.

 

La última vez que alguien derrotó a la raquetbolista mexicana Paola Longoria fue en mayo de 2011. Desde entonces, durante casi 40 meses, ha salido victoriosa de cuanto choque ha disputado, sin conocer la debacle, sin hallar quién la superara, con la capacidad (y ese tiene que ser uno de los puntos medulares en esta historia) de mejorarse a sí misma sin que sea necesario que eso derive de un fracaso.

 

En Fórmula 1, Sebastian Vettel logró en 2013 imponer récord de nueve carreras conquistadas al hilo. En la NBA, se mantiene intocable la marca de 33 victorias seguidas de los Lakers de 1972. En futbol, se menciona que el club ASEC Mimosas de Costa de Marfil llegó a 108 cotejos invicto (a nivel de selecciones, recientemente España lo realizó durante 29 partidos oficiales). En tenis, si consideramos todo tipo de superficies, Guillermo Vilas acumuló una racha de 49 ganados (si lo limitamos a arcilla, Rafael Nadal lo elevó a 81; sobre césped, Roger Federer a 65). En ajedrez, Mikhail Tal no cayó en 87 juegos… Y esta potosina de 25 años tiene su numerito ya en 141.

 

Si el raquetbol es más o menos mediático, ninguna relevancia hace y la menos culpable es la propia Paola (como Lorena Ochoa fue reina de un golf escasamente reverenciado en nuestro país). Más aún, su carisma, pero sobre todo su demoledora capacidad para someter rivales, han hecho que un deporte apenas practicado y conocido en México tome repentina trascendencia y proyectores: es lo justo en una tierra en la que desafortunadamente son pocos los referentes que han dominado a nivel internacional (y acaso sólo Julio César Chávez por un periodo tan largo y una contundencia tan indiscutible).

 

Paola Longoria es ejemplar: en su poderío, en su sencillez, en su insaciabilidad deportiva, en su constancia. En varios de esos 141 triunfos no se habrá hallado a plenitud; en algunos habrá experimentado algún problema muscular; en muchos habrá sentido que su cabeza estaba en otro sitio. Y, sin embargo, ganó: sin sitio para pretextos, sin ceder a excusas, sin margen para relajación. Mientras que el común de los deportistas compite pensando en ganar, ella simplemente gana.

 

En tenis sobre silla de ruedas existe un precedente muy curioso: la holandesa Esther Vergeer se retiró tras una década invicta, en la que aglutinó 470 triunfos al hilo. Cuando la entrevisté en Londres, en enero de 2012, me dejó un mensaje que podría describir perfectamente a Longoria: que la presión por ganar tiene que ser algo positivo y no negativo; una motivación que obligue y no una carga que inhiba. Supongo que ese es un ingrediente indispensable en la rutina de los verdaderos ganadores, como Paola, ni duda cabe, lo es.

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Allá va la reina del raquetbol, incrementando sus gestas, extendiendo su abrumadora hegemonía. Una mexicana obstinada en crear nuevas alturas, toda vez que ya ha conquistado las que previamente existían.

 

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