Ankara era una ciudad triste cuando la conocí por primera vez en 1991. Era febrero. Lo recuerdo con un cielo plomizo, nostálgico, triste. En aquel entonces se trataba de una urbe grande, pero rústica.

 

La Ankara de hoy es más grande aún, pero tiene su propia entidad. Es una metrópoli moderna, con pinceladas de un siglo XXI que está a punto de ser mayor de edad.

 

En la plenitud de este milenio, Turquía vivió el 15 de julio pasado un intento de golpe de Estado en el que murieron varios centenares de inocentes; personas que no tenían nada que ver ni con la política, ni con sus manejos ni mucho menos con los manoseos que se hacen del noble oficio del servicio público.

 

Cuando estoy escribiendo este artículo, querido lector, acabo de tomar un café con un anciano, de mostacho alargado, en un viejo café, en el centro de Ankara. Mientras apuro el café turco, él sigue fumando de su narguile que despide una mezcla de tabaco y oxígeno envenenado como su ira.

 

Es un hombre cordial, pero vehemente. Cordial porque él fue quien me invitó a sentarme; vehemente porque cada vez que habla del golpe fallido, las venas del cuello y de los brazos quieren salirse de su propia piel.

 

– Nosotros vivimos en libertad, en democracia. Nos ha costado mucha sangre llegar hasta aquí. Ahora han muerto muchos compatriotas míos que no tenían nada que ver con el golpe de Estado- me dice con los ojos hidrópicos y mirada enajenada. Pero le entiendo.

 

La democracia es sagrada. Cualquier intento de violarla es golpear los propios cimientos del Estado de Derecho. De ahí a un golpe de Estado hay tan sólo un paso.

 

El viejo mira hacia ninguna parte, con la melancolía de la edad y la sabiduría de la experiencia. Continua aspirando de su narguile que apura y apura y sigue apurando como yo mi rico café turco, mientras vemos pasar por la calle a diversos transeúntes como si nada hubiera pasado en este país.

 

Pero sí pasó. Pasó que Turquía se asomó al abismo. Pasó que el país de Ataturk revivió los fantasmas de antaño, los golpes de Estado de 1980 y 1997. No hay nada peor que recordar una pesadilla, de ésas que uno quiere olvidar para siempre.

 

El viejo sabio me dice que es eso, demasiado viejo como para que su país vuelva a una involución de esa naturaleza. Y no es para menos. Turquía lleva queriendo entrar al club de la Unión Europea desde hace muchos años. Siempre han aducido que su ingreso se retrasa debido a las violaciones sistemáticas de los derechos humanos. Y hay algo de cierto en todo ello.

 

Sólo tengo una duda. Es muy fácil darse golpes de pecho como si el resto fuéramos inmaculados. Pero en Europa han ocurrido torturas y no hace muchos años, no. No hay que remontarse a la Segunda Guerra Mundial. Recordemos la guerra de los Balcanes en los 90. Claro que el cinismo del ser humano todo lo borra.

 

De nuevo el viejo me mira, y le digo con la mirada que tengo que irme. Tengo que trabajar. Con sus ojos perdidos me dice que no me vaya. Seguro que en su retina no guardará mi rostro. Seguro que en su retina quedarán las escenas que vivió durante el golpe de Estado fallido. Ésas sí quedarán indelebles en la memoria de aquel viejo turco vehemente y sabio.