Desde siempre he tenido una extraña fascinación por la aviación y todo lo que la envuelve. Cuando era niño pasaba un buen rato identificando el modelo de avión que pasaba sobre mi cabeza (confieso que aún lo hago), la aerolínea, procedencia y horario de llegada. Soy, lo que ahora llaman, un “airspotter”. Imagino a los aeropuertos como microuniversos en los que confluyen millones de historias y realidades.

 

Sin embargo, este pasatiempo no me ha vuelto ciego ante la pesadilla que puede resultar volar hoy en día. La experiencia es incómoda, desde tratar con empleados arrogantes y desmotivados, hasta sufrir por largas filas o asientos casi inaguantables. A esto hay que sumar las molestas -pero necesarias- medidas de seguridad que se han implementado alrededor del mundo.

 

¿A qué obedece todo esto? A que las compañías buscan -y deben- ahorrar hasta el último centavo. Los altos costos de los combustibles han provocado que volar sea cada vez más caro, de tal manera que las aerolíneas se han visto obligadas a llevar más pasajeros en sus vuelos para ser competitivas, lo que significa asientos más pequeños y menos cómodos, pues los materiales con los que se fabrican son más livianos. Entre menos pese la aeronave, menos combustible consumirá. Bajo este argumento, se ha llegado a prohibiciones absurdas, como tener que pagar un costo adicional por llevar una maleta, algo que resulta inherente a viajar, con el fin de disminuir el peso de la carga.

 

La recién aprobada Ley de Aviación Civil pretende poner fin a los abusos que las líneas aéreas cometen en la búsqueda de abaratar costos. Cuestiones tan elementales como que se pueda viajar con una maleta de hasta 25 kilos, una carriola -o en el caso de un pasajero con discapacidad- una silla de ruedas, sin pagar más de la tarifa anunciada; que se compense al usuario en caso de sobreventa, maltrato de equipaje o demoras si son responsabilidad de la compañía; o bien, algo tan básico como informar con tiempo suficiente al viajero sobre algún cambio en el itinerario o acerca del costo final del boleto.

 

Son vicios que se fueron arraigando a medida que la demanda aumentaba, que la seguridad se volvía más estricta, que la operación se volvía más cara y que los márgenes de rentabilidad disminuían. Éstas son disposiciones que ya han entrado en vigor y que usted puede y debe exigir ante la compañía por la que ha decidido -o le ha tocado- volar o, bien, ante las autoridades aeroportuarias o la Procuraduría Federal del Consumidor.

 

Lejos estamos de volver a vivir las épocas de lujo al volar, pero es importante que una actividad tan necesaria e importante deje de resultar un tormento. Es cierto, la aviación es un negocio complejo y caro per se. Requiere capacitación constante, renovación de flota, mantenimiento y una amplia carga fiscal, entre otros retos. Pero la exigencia del usuario no puede ni debe ser menor. Autoridades y empresas de aviación deben trabajar siempre por un equilibrio que contemple rentabilidad, seguridad y un servicio justo para aquél que compra un pasaje.

 

Reconozco que volar sigue siendo placentero para mí. Disfruto la mayor parte de la pesadilla. Pero nada me gustaría más que volver a los tiempos en que tomar un avión era una grata experiencia. Que volar se reconozca como lo que es: un ejercicio en el que se desafían las leyes naturales, que nos transporta a otra realidad y, por eso mismo, debe ser disfrutado.

 

caem