LOS ÁNGELES. Entre la decepción de que siguen sin llegar los ansiados alivios migratorios y el temor a una posible llegada al poder del candidato presidencial republicano Donald Trump, miles de indocumentados celebrarán el 4 de Julio con la esperanza de que algún día sea reconocido su aporte al país.

 

“Aunque no nos quieran aquí, nosotros como indocumentados sí queremos este país y somos leales a él. Mi esposo, mis hijas y yo siempre celebramos el 4 de julio, porque somos parte de este país”, dijo a EFE Marú Galván, de 47 años, oriunda de Ciudad de México.

 

Al igual que centenares de inmigrantes, Galván vive la paradoja de sentir patriotismo por un país que no quiere legalizarla.

 

La mexicana emigró junto a su esposo y sus hijas hace 16 años en busca de un futuro mejor.

 

“Desde que llegamos nos integramos y aprendimos a celebrar, como lo hacían todos los ciudadanos”, explica.

 

Zuleyma y Saira Barajas, hijas de Galván, llegaron a Los Ángeles, California (EU), cuando eran aún niñas, y en la escuela aprendieron sobre la declaración de la independencia y el orgullo de izar la bandera estadounidense cada 4 de julio.

 

La familia se acostumbró a decorar su casa con los colores azul, rojo y blanco. Las barras y las estrellas pueden verse en los platos, los vasos y el mantel, dónde hay perros calientes y hamburguesas, pero también carne asada, fríjoles, tacos y chile.

 

En el hogar de Fermín Vásquez, un salvadoreño oriundo de Soyapango, el 4 de julio se celebra con fuegos artificiales.

 

“Todos los años lo hacemos, es por mis hijos, debo enseñarles que es importante celebrar este día”, explica este indocumentado que tiene tres hijos nacidos en tierras estadounidenses.

 

Vásquez y su esposa tenían puestas sus esperanzas en la Acción Diferida para padres indocumentados (DAPA), la orden ejecutiva del presidente Obama, que junto con la extensión de la Acción Diferida (DACA) han quedado en el limbo tras el empate en votos en el Tribunal Supremo.

 

La máxima instancia judicial no logró resolver el pasado mes una disputa legal iniciada por una coalición de 26 estados, liderados por Texas y en su mayoría con gobernadores republicanos, sobre estos beneficios migratorios.

 

“Me decepcionó mucho la decisión de la corte y me asusta Trump, pero no voy a desfallecer”, reconoce Vásquez.

 

El dilema que viven estos indocumentados, también lo comparten las organizaciones pro inmigrantes, quienes lamentan que se olvide que el país fue fundado por inmigrantes.

 

“Es la historia inmigrante que hace que este país sea grande”, señaló a Efe Angélica Salas, directora de CHIRLA.

 

Salas recalca que varios estudios han demostrado que los hijos de los inmigrantes se integran a la sociedad y trabajan arduamente para ser vistos como estadounidenses, de igual manera que lo hicieron sus antepasados, algo que no es valorado por quienes se oponen a la inmigración.

 

“Es el racismo y el negarse a ver que el color de nuestra nación está cambiando lo que impide que se acepte al inmigrante como lo que es: Un estadounidense”, resalta.

 

Al igual que Vásquez, Galván cree que no hay que desfallecer en la lucha y espera que algún día pueda obtener una protección como las que beneficiaron a su hija Zuleyma y Saira.

 

“Ellas lograron tener sus permisos de trabajo por DACA, por eso yo estoy dispuesta a seguir tocando puertas para demostrar la fuerza que tienen los indocumentados”, explicó.

 

Pablo Alvarado, director de la Red Nacional de Jornaleros (NDLON), afirma que hay un sector de indocumentados que no celebra esta fecha, un hecho que demuestra que ya existe en la comunidad inmigrante un cansancio de estar en las sombras.

 

“Es entendible, son años y años de espera, es una ironía celebrar la independencia de un país que esta oprimiendo a parte de su gente”, explicó.

 

Luis Mayorga es uno de esos inmigrantes que no festeja el festivo. El guatemalteco se dedica a las ventas ambulantes y el 4 de julio para él es solo un día de trabajo.

 

“Para mi es un buen día porque se vende mucho. A veces quisiera descansar pero me pongo a pensar en mi familia, y si me deportan no me puedo ir con las manos vacías”, reflexiona.

 

Galván, que se convirtió en voluntaria de CHIRLA, quiere convencer a inmigrantes como Mayorga a que no se den por vencidos.

 

“Tenemos las elecciones de noviembre y ese día la bandera de Estados Unidos puede comenzar a arroparnos a todos los que trabajamos por este país”, opina.

 

Aunque Salas es tan optimista como Galván, espera que no tengan que pasar varias generaciones para que los nuevos inmigrantes sean vistos como parte del grupo y no como “el otro”.

 

“Solamente así podremos entender y disfrutar de las aportaciones de todos los que vivimos en este gran país, y celebrar la independencia”, concluyó. | JMS