Aislado en el PRD, defenestrado en el DF por el fraude de la Línea 12, desdeñoso con Movimiento Ciudadano porque se le hace una caricatura de partido y con pocas posibilidades de encontrar espacio político en el 2015 legislativo, Marcelo Ebrard optó por enfrentarse a todos.

 

El único espacio que le queda es el de escudero de Andrés Manuel López Obrador, esperando que salga derrotado nuevamente en el 2018 y entonces quedarse con el Movimiento de Renovación Nacional para futuras candidaturas.

 

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Pero apenas seis años más joven que el tabasqueño, Ebrard carece de tiempo político. No va a esperar la senaduría del 2018 y buscará una diputación el año próximo, pero la quiere con la garantía de la coordinación de una bancada. En MC hay dudas de que pueda alcanzar cinco diputados y el PRD va a afianzar el poder de Los Chuchos si ganan el relevo en el partido y por tanto le darán salidas tangenciales a Ebrard.

 

Político previsible, los comportamientos de Ebrard revelan sus estados de ánimo: las críticas a Miguel Ángel Mancera por dejar que el anuncio de la ampliación del Metro quedara dentro del Informe presidencial no son más que esfuerzos desesperados para desviar la atención de las investigaciones sobre las irregularidades en la Línea 12 que de acuerdo con indagaciones reales involucraban directamente a Ebrard.

 

En realidad Ebrard no quiere deber favores. Como sabe que el jefe de Gobierno del DF decidió eludir acusaciones concretas contra Ebrard, éste responde con críticas para dejar la impresión de que sería acusado por venganza política y no por irregularidades reales. Hasta el final de su carrera pública Ebrard va a cargar con el estigma de la Línea 12, con los muertos del News Divine y con los policías linchados en Tláhuac.

 

Ebrard gusta de los juegos palaciegos. Como lo recordó ayer José Ureña, Ebrard desconocía en público la figura presidencial constitucional de Felipe Calderón pero entraba a Los Pinos por las puertas traseras. No era nada nuevo. Ebrard fue operador político de la campaña presidencial de Carlos Salinas de Gortari y en 1994 operó como asesor político de Salinas de Gortari como presidente con cargo, por cierto, a la cuenta secreta presidencial, con todo y bono incluido.

 

Su viejo estilo priista no lo olvida sino que lo ha mejorado, Ebrard ha querido sentirse el Plutarco Elías Calles del DF manteniendo como cuota de poder posiciones en la administración de Mancera y, como Calles, tratando de dejar claro que quien manda en el DF no está en el Palacio del Ayuntamiento sino que “vive enfrente”. A través de declaraciones públicas, como Calles, Ebrard tira línea a la jefatura de gobierno del DF.

 

Pero más allá de las ansias políticas de un funcionario que se quedó aislado, Ebrard también está moviendo piezas para vender su posicionamiento: ya pasó por el PRI, el Verde, su partido fracasado y el PRD y ahora coquetea con Movimiento Ciudadano aunque desdeñoso porque este partido no está a su altura y sólo le quedarían el PAN y el movimiento de López Obrador.

 

Lo malo para Ebrard es que no sabe jugar en equipo, suele enredarse en sus propias grillas y carece de un discurso político. Cuando fracasó en su intento de dejar como sucesor a Mario Delgado, no tuvo más remedio que imponer a Mancera como candidato, así como a él lo puso, en un vulgar dedazo, López Obrador. Pero Mancera ha preferido seguir su propio camino.

 

Sin actitudes solidarias, enojado porque Mancera se niega a reconocerlo como jefe máximo suplente -el titular es López Obrador- del DF y en busca de alguna posición política, Ebrard ha comenzado a disparar escopetazos políticos a la espera de que alguna posta lastime y genere reacciones de reconocimiento.

 

Sin embargo, en el GDF hay otra actitud: Ebrard es hoy el responsable del fraude en la Línea 12.