Aún no digerimos el Brexit, y ya nos anuncian los catalanes que no piensan formar parte de España. ¿Cuál será la siguiente ficha del dominó? ¿Flandes, Córcega, Irlanda del Norte, Silesia? Nos dirigimos hacia el progresivo desmoronamiento de la Unión Europea, que tanto trabajo costó construir, ¿para poner en el pedestal a las naciones subestatales? ¿Con qué objetivo? ¿Para gritar a los cuatro vientos que sufrimos una aguda crisis identitaria?

 

El fenómeno no es nuevo.

 

Me acuerdo como si fuera ayer.

 

Corría el año 1990. A diferencia del sur de la entonces Yugoslavia, Eslovenia, durante siglos parte del Imperio Austro-húngaro, no se sentía de cultura balcánica, sino centroeuropea. Los eslovenos mostraban orgullosos su vocación europeísta, democratizadora y empezaban a hablar en voz alta de un utópico sueño de poder contar un día con su propio Estado.

 

Poco a poco la más septentrional, la más industrializada y la más instruida de las seis Repúblicas de la Federación Yugoslava empezaba a mostrar abiertamente sus apetitos secesionistas frente a la administración central de Belgrado, dominada por el ultranacionalista y hegemonista serbio Slobodan Milosevic, acusado años más tarde de crímenes de guerra y contra la humanidad por el Tribunal Penal Internacional de La Haya.

 

La pequeña Eslovenia, una joya entre los Alpes y el mar Adriático, de menos de dos millones de habitantes, representaba 7% de la población y más de 25% de la riqueza de toda Yugoslavia. Y se hartó de enviar sus jugosas aportaciones a la reserva federal sin saber exactamente dónde iba a parar su dinero.

 

A finales de 1990, Belgrado, cuya maquinaria propagandística no se cansaba de insultar a los “fascistas y egocéntricos” eslovenos, “enemigos de Yugoslavia”, el poder autónomo de Eslovenia aún no hablaba oficialmente de la independencia, tal vez porque la mayoría de los países de la entonces Comunidad Económica Europea, sin olvidar Estados Unidos, hacían llamados constantes a la preservación de la unidad de la Federación Yugoslava con advertencias, amenazas de ostracismo, gesticulaciones con palos y zanahorias.

 

Pero ya no se podía salvar lo insalvable. Frente a los gestos de la Serbia de Milosevic, como el uso de las reservas federales para mantenerse en el poder, su rechazo a la propuesta eslovena de crear una confederación con más autonomía, y algo más grave aún, el anuncio del boicot contra los productos eslovenos, Eslovenia le dijo a Belgrado adiós, hasta aquí hemos llegado.

 

El 25 de junio de 1991, la pequeña y próspera Eslovenia, la mitad del tamaño de Suiza, proclamó solemnemente su independencia, no sin antes prepararse meticulosamente para una posible intervención militar.

 

Horas más tarde se cumplieron los pronósticos más oscuros. El Ejército Federal, compuesto en su mayoría por serbios, invadió al recién nacido país. Los combates y bombardeos duraron 10 largos días. Para sorpresa de todos, las incipientes Fuerzas Armadas Eslovenas, 21 mil hombres, plantaron la cara a los 35 mil soldados enviados por Belgrado con sus tanques y aviones. El Gobierno de Ljubljana retomó rápidamente el control de las fronteras hacia Italia, Austria y Hungría. Moría definitivamente la Yugoslavia de Tito.

 

El mundo, en shock por la violencia desplegada por Milosevic, cambió radicalmente su política hacia la martirizada Eslovenia y lo que quedaba del país pegado con alfileres.

 

Medio año después de la llamada Guerra de los 10 Días, Eslovenia ya contaba con el reconocimiento de la Comunidad Económica Europea (que luego se convertiría en la Unión Europea), tan reticente al principio a aceptar la desintegración de Yugoslavia.

 

En 2004, Eslovenia ingresó en la OTAN y a la Unión Europea. En 2007, como el primer país postcomunista, adoptó la moneda común: el euro.

 

Después de Eslovenia le dieron un portazo a Belgrado, Croacia y Bosnia, pero ahí la historia terminó de manera realmente catastrófica; se saldó con cientos de miles de muertos y escenas de violencia jamás vistas en Europa en la segunda mitad del siglo XX.

 

Vimos otros modelos de ruptura en Europa Central, mucho más “soft”. El 1 de enero de 1993, mientras se desangraba Bosnia y Herzegovina, se separaba pacíficamente -producto del llamado “divorcio de terciopelo”- Checoslovaquia. Nacían dos nuevos países: República Checa y Eslovaquia. Compartían moneda, bandera, himno y gobierno durante 75 años.

 

Hoy, cuando hablo con mis amigos ex yugoslavos o ex checoslovacos, noto en su tono de voz mucha nostalgia de los viejos tiempos. Un eslovaco me dijo hace unos días que aquella separación fue como si le amputaran una pierna y le obligaran a ser feliz. Otro amigo, un bosnio de Sarajevo, repite el mantra de que “si renaciera el gran arquitecto de la Federación Yugoslava, Josip Broz Tito, estaríamos de nuevo juntos, reconciliados y dichosos”.

 

caem