Se acercaba el final de la década de los 90 cuando, tras una larga estancia de casi ocho años en la ex Yugoslavia ensangrentada por la guerra, aterricé en París para arrancar mi misión informativa en el país galo. Entré en una nueva dimensión. Quedaron atrás las bombas, las matanzas de civiles, los crímenes contra la humanidad, los campos de refugiados… Había que dirigir los focos mediáticos hacia temas ajenos a los convulsionados Balcanes, centrarse en los grandes problemas de Francia, el pilar fundamental -junto a Alemania- de la Unión Europea.

 

 

 

Me llamó la atención que el asunto más discutido en la calle, en los bares o en las casas de la Ciudad Luz era el avance del ultraderechista Frente Nacional (FN), fundado y dirigido entonces por Jean-Marie Le Pen. Todo mundo lo satanizaba, la mayoría de los medios de comunicación lo boicoteaba. A mis oídos llegaban permanentemente frases como: “Cuidado, hay un peligro fascista en nuestro país. Debemos aplastar la lepra retrógrada del FN, aniquilarlo, extirparlo como un tumor maligno”. La argumentación de Le Pen, masivamente rechazada en público, tenía su propia lógica que, más que resolver conflictos, se proponía sembrar discordias.

 

 

 

El veterano político apostaba por la expulsión de todos los migrantes no legales, pedía la abolición del euro, defendía la desigualdad de raza, se atrevía incluso a sostener abiertamente que las cámaras de gas en los campos de concentración nazi eran “un detalle de la historia” (por lo que posteriormente fue condenado a pagar una multa).

 

 

 

¡Qué calladito se lo tenían los franceses!

 

 

 

El creador del Frente Nacional encarnaba el mal, el vicio vergonzoso, la peor de las mistificaciones para todos aquellos que se expresaban sobre él en la arena pública… Hasta que se produjo el peor terremoto político en la historia reciente de Francia, un golpe súbito que azotó con fuerza al país. El 22 de abril de 2002, Le Pen aplastó en la primera vuelta de las elecciones presidenciales al primer ministro socialista Lionel Jospin, que quedó eliminado de la carrera al Elíseo.

 

 

 

La segunda y definitiva ronda electoral, celebrada dos semanas más tarde, se transformó en un duelo entre Le Pen y el entonces jefe del Estado galo, Jacques Chirac, que al final se impuso “a la soviética” con 82% de los votos. No era un sufragio pro Chirac; era un sufragio anti Le Pen, efectuado con la nariz tapada.

 

 

 

Qué calladito se lo tenían los franceses. ¿No que era el mismísimo diablo el político que, gracias a su voto, se coló al enfrentamiento decisivo para ocupar el máximo cargo del país? Ni los más sesudos analistas habían vaticinado la presencia de Le Pen en la última ronda (¿no le recuerda esto lo que sucedió recientemente en EU?). Y, sin embargo, la olla de presión, por alguna razón, tenía que explotar. Muchos de los que echaban pestes sobre el Frente Nacional para cumplir con lo políticamente correcto marcaron la opción de “Le Pen” en el anonimato de la cabina electoral.

 

 

 

Quince años después el fantasma persiste

 

 

 

Han transcurrido 15 años desde aquella sacudida política, y una vez más el Frente Nacional come terreno a sus potenciales rivales para asegurarse el pase a la segunda vuelta de las elecciones presidenciales francesas; en esta ocasión con 27% de intención de votos a su favor.

 

 

 

La Francia de hoy no es la misma que la de 2002, y el Frente Nacional, con Marine Le Pen a la cabeza desde hace seis años (la hija de Jean-Marie Le Pen), se ha alejado de la leyenda demonizada de partido fascista, antisemita y racista.

 

 

 

Marine Le Pen se presenta como “una mujer moderna”, ha suavizado la imagen de su partido para captar al votante de las agrupaciones políticas tradicionales. Tomó distancia con su ahora anciano padre y en su programa electoral, demagógico, populista y nacionalista a ultranza, añadió a sus temas tradicionales, la seguridad y la migración, una serie de cuestiones sociales y económicas impuestas por la crisis. Quiere aumentar las pensiones para la vejez, bajar las tarifas de electricidad y gas, así como los impuestos sobre la renta. La líder del Frente Nacional, reconfortada por la victoria de Donald Trump y el resultado del referéndum sobre el Brexit, ha sabido conectar con los obreros y la clase media, los grandes perdedores de la globalización.

 

 

 

Hace política con el miedo, un miedo a la precariedad, a los atentados terroristas, a la creciente ola migratoria que, según ella, amenaza la identidad francesa. “Francia para los franceses”, “El islam es la mayor amenaza”, “Protejamos nuestras fronteras y nuestra soberanía”, “Arriba el proteccionismo económico”, estos lemas de Le Pen cautivan cada vez más en un país con seis millones de víctimas del desempleo total o parcial, un país que desde hace varios años es el blanco principal de los atentados islamistas (desde inicios de 2015, éstos se cobraron en Francia la vida de 238 personas), un país que observa estupefacto la proliferación de guetos suburbanos que encierran arsenales de armas de guerra, auténticos barriles de pólvora del yihadismo. Las semillas caen sobre la tierra fértil. La presidenta del FN anuncia que acabará con el derecho a la nacionalidad por el hecho de nacer en Francia; en el plano económico -y ahí no convence del todo- promete sacar a Francia del euro.

 

 

 

No se descarta la victoria de Marine Le Pen 

 

 

 

Las estadísticas explican con claridad el auge de Marine Le Pen. Ocho de cada diez franceses consideran que hay demasiados extranjeros en Francia, 60% se dice hostil a la acogida de nuevos refugiados, cuatro de cada 10 desempleados comulgan con la idea del FN y…, la mayor sorpresa: 45% de los jóvenes galos de la clase media asegura identificarse con el programa de Le Pen. A sus simpatizantes no les parece inquietar el hecho de que la hipotética salida de Francia del euro supondría un costo adicional de 40 mil millones de dólares para el país, según los cálculos del gobernador del Banco de Francia. En los últimos comicios regionales, celebrados en diciembre de 2015, el FN se erigió como el partido más votado, cosechó más de 29% de los sufragios a nivel nacional.

 

 

 

De momento es poco probable que Marine Le Pen, de 48 años, abogada de profesión, madre de tres hijos, dos veces divorciada, se convierta en la futura inquilina del Palacio del Elíseo. Pero prudencia; ya se ha demostrado que las predicciones fallan. Las encuestas más recientes le otorgan la jefatura del Estado francés al social-liberal Emmanuel Macron, de 39 años, ex banquero y ex ministro de Economía bajo el Presidente socialista, François Hollande. La dirigente del FN ocuparía el segundo lugar, con 27% de los votos, el mejor resultado para su partido en unas elecciones presidenciales.

 

 

 

El futuro del país está en las manos de los casi 23 millones de franceses (la mitad del electorado) que aún no saben a quién entregarán las llaves del Elíseo el 23 de abril y el 7 de mayo.

 

 

 

Lo que se puede afirmar con certeza es que el Frente Nacional ya ganó la batalla de las ideas.