Tras 12 horas de brindar seguridad y abanderar el tráfico sobre la carretera Buenavista de Cuéllar-Iguala, donde un trailer se volcó con 35 toneladas de nitrato de amonio, los soldados adscritos a la Fuerza de Reacción del 27 Batallón se disponen a descansar.

 

Son las 10 de la noche del 26 de septiembre pero uno de los mandos les ordena tomar sus armas y subirse otra vez a la camioneta, sin mayor instrucción, llegan al Hospital General de Iguala. El comandante a cargo entra a la sala de urgencias, pasan 15 minutos, regresa con un par de hojas y pide retornar al Batallón.

 

Cuando el grupo de soldados se dirige a sus dormitorios, a las 11 de la noche, su mando militar los detiene otra vez. Está alterado al dar su orden, “Ármense que vamos a salir y pónganse vergas porque hay personas armadas que andan matando gente“.

 

Seguimiento 

 

Desde horas antes, a las 19:30, la inteligencia militar y los altos mandos del 27 Batallón sabían de la presencia de estudiantes de la normal de Ayotzinapa en Iguala. Les seguían los pasos mediante su enlace en el C4 y un militar encubierto.

 

Los altos mandos del 27 Batallón conocían que los estudiantes habían boteado en la caseta de Puente de Tixtla; que de la Central de Autobuses de Iguala se llevaron dos camiones, que frente al Palacio de Justicia policías municipales los bajaron de los camiones con granadas lacrimógenas y que había personas heridas de bala en el Hospital General.

 

Por eso, esa Fuerza de Reacción es enviada al Hospital General y en dos hojas sueltas, el comandante recaba los datos de los tres heridos; mientras, a las puertas del 27 Batallón, un grupo de civiles clama por auxilio. “Están disparando a todos los que pasan”, dice un joven sobreviviente del equipo de futbol Los Avispones.

 

Las tropas de la Fuerza de Reacción reciben la orden de abastecerse de cargadores y cambiarse de camionetas Cheyenne a vehículos blindados y artillados. Ahí es cuando escuchan de su mando “que andan matando gente”.

 

Los militares se dirigen al crucero de Santa Teresa por la denuncia de que gente armada dispara a discreción. Son los primeros minutos del sábado 27 de septiembre, se cruzan con patrullas de la Policía Federal que resguardan un taxi tiroteado y con una mujer asesinada en el asfalto.

 

Unos metros adelante, divisan otro taxi con impactos de alto calibre y un camión tiroteado sobre la cuneta. Al estacionarse, decenas de personas salen de la oscuridad y les imploran auxilio.

 

Les dijimos que éramos futbolistas y que venían mujeres y niños en el camión y aún así nos seguían tirando“, señala el único joven que podía articular palabras. Los militares de esa Fuerza de Reacción esperan, junto a la Policía Federal, a que los heridos sean llevados a hospitales y el Ministerio Público de Guerrero realice sus diligencias. A las 2:30 de la madrugada se retiran al Batallón a descansar.

 

Hospital Cristina

 

Otra Fuerza de Reacción es enviada a patrullar, desde la media noche del 27 de septiembre. Al pasar frente a las instalaciones del Palacio de Justicia de Iguala se topan con un autobús Estrella de Oro, con los vidrios rotos que era remolcado por una grúa. Se siguen de largo.

 

Más adelante, descubren otro autobús Estrella de Oro y dos Costaline, tienen impactos de armas de alto poder y dos cuerpos están tirados en la acera. Los militares son instruidos para retirarse “del lugar sin hacer anotación alguna o preguntar lo que había pasado”.

 

De camino al Batallón reciben una alerta de que personas armadas ingresaron al Hospital Cristina. Se dirigen al lugar, todas las luces están apagadas. Un muchacho sale con las manos en alto, les abre la puerta y se identifica como estudiante de la normal de Ayotzinapa.

 

Los militares entran con sus fusiles al ristre en busca de los sujetos armados. No hay nada, sólo 25 muchachos asustados, y uno de ellos con la boca partida por un balazo. “Los policías municipales nos dispararon, fueron ellos” gritan los estudiantes al mismo tiempo.

 

En el hospital, los soldados de esa Fuerza de Reacción se limitan a tomar fotografías de los estudiantes, les prometen enviar una ambulancia y se regresan a resguardar la escena de los tres autobuses baleados.

 

A las 2 de la mañana, el grupo de soldados retorna al Hospital Cristina pero los estudiantes ya no están ni el joven herido, por lo cual, regresan a la escena de los tres autobuses. En ese lugar, son testigos de una improvisada conferencia de prensa de los normalistas y sólo les solicitan que no traspasen el perímetro de seguridad.

 

Son las 5:40 de la mañana, la Fuerza de Reacción cumple tres horas al resguardo de la escena de tres autobuses tiroteados. El Ministerio Público termina sus diligencias y los militares se retiran al 27 Batallón. Por la tarde, de ese 27 de septiembre, a través de la televisión, los militares se enteraran de que 43  estudiantes, tripulantes de esos camiones, están desaparecidos.