PUERTO VALLARTA. El estero El Salado es un oasis natural en medio de Puerto Vallarta, un área natural protegida en donde los visitantes conviven con cocodrilos y más de 800 especies de animales que rondan por el río y los manglares.

 

El santuario está ubicado en la zona hotelera del puerto ubicado en el estado de Jalisco, bajo la amenaza del acelerado crecimiento de desarrollos turísticos y centros comerciales a su alrededor, pero con la intención de conservar y proteger aves exóticas, reptiles y crustáceos, dice a Efe Jaime Torres, director del estero.

 

“Hemos demostrado que se puede conservar un sitio de este tipo dentro de las ciudades”, afirma el biólogo, tras destacar que “hay muchas presiones de parte del exterior”.

 

El estero, una zona pantanosa colmada de manglares, ha sufrido invasión y depredación por décadas. El Gobierno de Jalisco alertaba en 2013 que El Salado perdió en 50 años más de 150 hectáreas de su superficie original, debido a las zonas de cultivo, la construcción del puerto marítimo de la ciudad y otros edificios comerciales.

 

En el 2000, 169 hectáreas fueron declaradas área protegida bajo la categoría de Zona de Conservación Ecológica. Desde entonces, expertos y voluntarios realizan labores para la reproducción, conservación, monitoreo y estudio de las 857 especies de animales que allí habitan.

 

“Nos enfocamos en proteger un hábitat”, señala Torres.

 

Por su cercanía a la bahía y su vecindad con los cerros, el estero es un lugar donde se unen la vida terrestre y la marina.

 

Cuando sube la marea, las especies marinas suben al estero, mientras que cuando baja, “las especies dulce-acuícolas entran un poco al mar y pueden interactuar. Por eso le llamamos ecotono” a este tipo de sitios, explica.

 

A unos metros de la entrada principal del estero quedan atrás el bullicio de la zona turística y de la avenida principal de la ciudad. En su lugar, el canto de cientos de aves da la bienvenida a este ecosistema húmedo que despliega múltiples tonalidades de verde en sus árboles y arbustos.

 

El visitante puede optar por dos recorridos para conocer más de cerca la flora y fauna del sitio: el sendero o navegar por el río. En cualquier caso, es posible admirar los cientos de ejemplares de mangle de hasta 10 metros de altura que hunden sus gruesas raíces en el agua pantanosa.

 

Estos árboles no solo ofrecen una sensación de tranquilidad a los visitantes, sino que dan sombra y camuflaje a los animales acuáticos, además de ofrecer espacios de anidación y descanso para los pájaros.

 

Por si fuera poco, sus raíces ayudan a disminuir la salinidad del agua y a limpiarla de los desechos urbanos y tóxicos que llegan de los espacios urbanos alrededor, apunta el director del sitio.

 

Según la temporada o el nivel de agua que tenga el río, es posible ver más o menos especies de reptiles, crustáceos y ejemplares de cocodrilos adultos, comenta Óscar, el guía de la embarcación.

 

En medio del caudal y entre los túneles que forma el enramado del manglar, se puede observar alguna cabeza de cocodrilo camuflada en el agua, pájaros como la garceta roja que vienen a dejar sus nidos, tortugas que habitan el lugar o crustáceos que luego vuelven al mar.

 

El agua del estero es salobre, es decir, combina agua dulce de los ríos alrededor del estero y la salada que llega del mar, por ello es que especies de ambos ecosistemas usan el sitio para actividades como reproducirse o protegerse de los depredadores, explica el guía.

 

Desde mantarrayas, camarones, medusas y hasta un tiburón martillo han llegado hasta la boca del estero cuando sube la marea. Esto atrae a los pescadores furtivos, que aprovechan que no hay vigilancia en la zona durante la noche para meterse a echar sus redes, comenta.

 

Este ecosistema es favorable para proteger a los cocodrilos, una especie que habita ahí desde hace décadas, pero que poco a poco fue desplazada hacia otras zonas debido al crecimiento urbano.

 

En el estero hay cinco ejemplares adultos, tres hembras y dos machos, además de decenas de crías que nacieron en el lugar.

 

Los reptiles se desplazan por El Salado de manera libre y pacífica y, sobre todo en temporada de más calor, se hacen visibles en las orillas del río, desde donde los turistas los pueden admirar.

 

“Los observamos, pero en cuanto el cocodrilo nos escucha se va, porque no hemos modificado su comportamiento (…) y ayudamos a las personas a podernos acercar, a escuchar, a entender un poquito de cuáles son las necesidades de los cocodrilos”, indica el director.

 

Los niños pueden tomar entre sus manos las crías más pequeñas de este reptil, una experiencia que ayuda a fortalecer la cultura del cuidado al medio ambiente entre las nuevas generaciones.

 

JMSJ