Sábado 18 de Mayo, 2013

El que no sabe arrodillarse

Gustavo Madero no es un político convencional, pero sus posiciones ante Felipe Calderón, lo han llevado a un nivel excepcional, en términos de enfrentamiento abierto con el Presidente para evitar que el PAN se quede en su familia o con su núcleo cercano, y se frene el espíritu democratizador y de apertura que quiere inyectar el líder panista. El sobrino nieto de Francisco I. Madero, es ajeno a las familias que han controlado al PAN en su historia, y que se resisten a dejar que se abra, se democratice y evolucione.

 

Por sus venas corre sangre probadamente democrática y su espíritu es libertario. Quien no conoce a Gustavo Madero, puede verlo como una persona de posiciones reaccionarias y conservador. Ante la opinión pública, el presidente del PAN puede estar tan estigmatizado como el propio partido, y por ello soslayar un proceso sin precedente en este país: estar confrontado directamente con el Presidente que, para mayor complejidad, pertenece al mismo partido.

 

El sobrino nieto de Francisco I. Madero, es ajeno a las familias que han controlado al PAN en su historia, y que se resisten a dejar que se abra, se democratice y evolucione. Su choque con el presidente Felipe Calderón por el control del partido y su reinvención tras la debacle electoral de julio pasado, externalizó la ruptura entre ellos que comenzó a mediados de 2010, cuando lo desafió al buscar la presidencia del partido.

 

Madero, quien para entonces tenía 14 años como militante del partido, decidió, en forma autónoma, aspirar por ese liderazgo que hasta ese momento había sido manejado por Calderón. Tenía inventariado el PAN tras sacudirse la presidencia de Manuel Espino, con quien chocó durante su campaña presidencial, y colocar ahí a su secretario particular César Nava, y más adelante a su viejo amigo Germán Martínez. Pero como lo había hecho a lo largo de su vida, Madero haría las cosas a su manera.

 

Originario de Chihuahua capital, Madero pertenece a una familia de empresarios exitosos en su estado. De familia acomodada y perteneciente a la generación que vivió la Revolución Cultural de los 60, Madero estudió en el Instituto Tecnológico y de Estudios Superiores de Occidente, la institución manejada por los jesuitas en Guadalajara, que es más conocida por su acrónimo ITESO. Estudió Ciencias de la Comunicación, usaba el cabello a la altura de los hombros y vestía y se comportaba como hippie. Como muchos de su generación, admiraba la Nueva Trova y era seguidor de Mercedes Sosa.

 

Los negocios, sin embargo, eran su pasión, y llegó a formar parte de los consejos de administración de corporativos en Chihuahua y Monterrey, y ser vicepresidente estatal de Coparmex, la confederación patronal que en el sector privado es lo más politizado que hay. La política se le metió en la sangre y contra los consejos de su padre, ingresó al PAN en 1996, donde comenzó una rápida carrera cerca del entonces gobernador Francisco Barrio.

 

Madero nunca ha sido un panista convencional. Lejos de ser conservador, tiene un carácter que lo hace ver más bien abierto y liberal. Ingenioso, es poseedor de un enorme sentido del humor. “Incluso –dice una persona que trabajó muy de cerca con él-, excesivo”. Dicharachero, suele utilizar con una frecuencia mayor que la regular, el albur.

 

Su presentación en sociedad ante la prensa fue cuando llegó a la coordinación de la fracción del PAN en el Senado en 2008, y saludó: “Buenas las tengan y mejor las pasen”. No a todos les hizo gracia la familiaridad con la que los recibió, pero Madero no cambió. Sin modificar su talante coloquial, trabajó en el Senado a cuya coordinación panista llegó en un momento delicado tras la caída de Santiago Creel, cuyo enfrentamiento con Televisa le impedía cabildear con éxito la reforma energética que buscaba el gobierno de Calderón.

 

Madero, que antes de que se diera ese cambio por petición directa de Martínez había enviado a su familia y su menaje de casa a Chihuahua, donde aspiraba la gubernatura, logró la reforma energética, que dentro de lo que se aprobó en la Cámara Alta, era la más difícil de sacar. Las medallas que se colgó en ese periodo lo decidió, en agosto de 2010, a buscar la presidencia del PAN. “Madero es lo que necesita el partido”, dijo un dirigente panista que había visto cómo Nava y Martínez habían golpeado al PAN. “Lo que se necesita es alguien que le diga ‘no’ al Presidente y sea capaz de enfrentársele”.

 

El presidente Calderón, de acuerdo con personas que conocieron los detalles de ese proceso, le dijo que no intervendría en la elección, pero incumplió el ofrecimiento y en la parte final de la contienda por la presidencia, en diciembre de ese año, trató de influir en el Consejo Nacional para apoyar al ex diputado Roberto Gil. Fue demasiado tarde. Madero, quien no suele pelearse con nadie y tiene buena mano izquierda, a decir de quien lo vio trabajar en el Senado, pactó con la extrema derecha del partido y lo derrotó en la votación. Su pago fue la secretaría general a Cecilia Romero.

 

La relación con Calderón, tensa y difícil, se acentuó durante la contienda interna por la candidatura presidencial y se complicó en la campaña de Josefina Vázquez Mota. Calderón tomó las riendas del proceso y, con el aval de Vázquez Mota, fue quien tomó las decisiones estratégicas de la campaña, que terminó en una sonora derrota para el partido. Madero nunca recriminó a Calderón ser el arquitecto de haber llevado al PAN a la tercera fuerza política nacional, pero decidió, por la oposición pública al Presidente, que se quedara con el partido y su destino. Entonces, el conflicto afloró.

 

Tan pronto como pasó la elección, Calderón propuso la refundación del PAN y le dijo a Madero en una reunión con líderes panistas, que si tenía que “derrumbarse la principal recámara de la casa”, o sea, su liderazgo, habría que hacerlo. Madero, quien vio cómo empezaba el apoderamiento del partido –Calderón quiere a su hermana Luisa María como dirigente y a Ernesto Cordero como coordinador en el Senado-, se atravesó.

 

Refundación no necesita el partido, dijo. A diferencia del reconocimiento rápido de Calderón al priista Enrique Peña Nieto, Madero se sumó a la exigencia del PRD que se aclaren las presuntas violaciones a los topes de gastos de campaña. Calderón quiere que se adelante la Asamblea Nacional para refundar al partido y cambiar dirigentes, pero Madero busca que se acate la fecha programada en mayo de 2012. La guerra está declarada.

 

Este no es un conflicto normal, ni en México ni en el mundo. Los líderes de los partidos suelen someterse a los jefes políticos en que se convierten los presidentes o sus jefes de gobierno. Pero Madero no es un político convencional. Sus dichos y sus actos, lo están probando.

 

@rivapa | raymundo.rivapalacio@24-horas.mx