Conferencia de prensa más peculiar no se encontrará en la historia del futbol de Dinamarca: Pione Sisto era convocado por primera vez a la Selección Sub-21 y sus padres irrumpían, con los rostros blanqueados por polvos y ropa tradicional, para efectuar un ritual de agradecimiento por la suerte que su hijo había tenido en su país de adopción.

 

Finalmente, su integración a Dinamarca como refugiado de Sudán del Sur nacido en Uganda, podía dividirse en tres etapas: la primera, de la que no puede tener memoria, al llegar al norte de Europa siendo un bebé; la segunda, al haber recibido la nacionalidad de ese país en el que, a diferencia de la abrumadora mayoría de los sudaneses del sur, se criaría en paz; la tercera, ese llamado para portar el uniforme nacional.

 

Lejos de avergonzarse al ser contemplado en ese ritual por la opinión pública danesa, Sisto permitió que le maquillaran con polvos, se quitó la camiseta y abrazó con emoción a sus padres.

 

Desde entonces no han pasado ni tres años, aunque sí demasiado en términos de balón: se consagró como el mejor futbolista de la liga danesa, pronto fue considerado también para la Selección mayor, le transfirieron al Celta español en donde brilla con la cantidad de asistencias que sirve y cerró este 2017 como uno de los héroes que calificaron a Dinamarca al Mundial de Rusia.

 

Sin haber conocido la tierra de la que es originario, ese Sudán del Sur donde más de millón y medio de personas ha tenido que dejar su hogar, sin vínculo real con la Uganda donde sus padres le vieron nacer bajo un pánico doble (los riesgos y carencias en un campamento de refugiados sólo son pocos si se les compara con la posibilidad de devolución a Sudán del Sur), Pione Sisto carga con el orgullo de sus antepasados.

 

Un refugiado sursudanés a ser seguido en la próxima Copa del Mundo, como Luol Deng como capitán de la Gran Bretaña en baloncesto, como el atleta Lopez Molong portando la bandera de Estados Unidos en la inauguración de Beijing 2008, como tres de los diez integrantes del Equipo de Refugiados en Río 2016 –a propósito de esto último, me estremezco al recordar cuando entrevisté a Yiech Pur Bier en la Villa Olímpica carioca: “Cuando corro, pienso en mi vida, lo que he pasado, los desafíos que he tenido, pienso en mis padres, en que quizá algún día los encontraré”.

 

El mensaje es claro: que siendo deportistas o no, los refugiados sólo suelen pensar en aportar algo al sitio que tan generosa como vitalmente les recibió. El caso de Sisto es más notorio por su importancia en la selección danesa y por la peculiaridad del ritual que sus padres realizaron ante los medios, pero debe servir como recordatorio: cerraremos otro año en el que muchísimos refugiados volvieron a morir intentando escapar de lugares en los que es imposible vivir.

 

¿Qué tan imposible? Basta con observar a lo que se exponen en la huida, para entonces calibrar la dimensión de lo que dejan atrás.

 

 

Twitter/albertolati

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