¿Cuántos premios al mejor futbolista del año habrían ganado Pelé y Maradona de haber optado a él? Difícil precisarlo, pero si consideramos sus logros por año y los de quienes finalmente fueron reconocidos, supongo que no más de tres cada uno, máximo cuatro pero parece poco viable.

 

La realidad es que antes de que Lionel Messi y Cristiano Ronaldo inauguraran este duopolio de una década sobre los mayores trofeos individuales, el trono era más bien efímero, casi de entrada por salida.

 

De hecho, los diez Balones de oro que precedieron a su dominio fueron tan desperdigados, que no repitieron a un solo vencedor. Hablamos de que portentos como Ronaldinho y Zinedine Zidane sólo levantarían una vez ese cetro. Si consideramos el FIFA Player of the Year que luego se fusionó con el Balón de Oro para ahora convertirse en The Best, la elección fue más concentrada (ahí sí, Zidane tres veces, Ronaldo otras tres y Ronaldinho dos), aunque lejísimos de lo que se vive ahora con dos nombres fijos entre 2008 y 2017.

 

Imperio de dos cabezas, más relevante todavía es que al menos en nueve de esos diez años, su elección ha resultado poco discutida –la duda recae nada más en 2010, cuando Xavi Hernández o Andrés Iniesta, campeones del mundo en Sudáfrica, lo merecieron.

 

¿Por cuánto tiempo más se prolongara tan dilatada hegemonía? Como no se corone en Rusia 2018 algún personaje que a su vez se imponga en el futbol europeo con su club (pensemos, por ejemplo, en Neymar), dudo mucho que esto frene antes de 2020, cuando entre Messi y Cristiano ya sumen casi 70 años de edad.

 

Cuesta creerlo a quien no lo haya vivido, pero Maradona apenas pasó de los veinte goles en dos de sus temporadas europeas y cerró varios años sin conquistar títulos. Respecto a Pelé, sus cifras son mucho más poderosas, aunque con la obligatoria precisión de que anotó muchos goles en partidos amistosos o certámenes regionales.

 

De ninguna forma pretendo ningunear a dos gigantes ante los que sólo cabe el eterno aplauso y gozo al contemplar sus videos, pero sí ubicar en la historia a los dos dueños del balón en la última década. Cristiano y Messi nunca han sido campeones del mundo, lo que lleva a varios a discutir sus alcances. Lo mismo, el jugar rodeados de colectivos tan imponentes como lo son Real Madrid y Barcelona –algo de lo que disfrutó más Pelé que Maradona tanto con Nápoles como con la selección de Argentina. Como sea, esa depredadora regularidad, ese lucimiento dos veces por semana, ese estar a la altura de la más férrea exigencia tan seguido y por tantos años, no tiene precedentes.

 

Como planteaba días atrás al hablar de Federer y Nadal (citaba a Roger: “Nadal es de esos tipos que siempre me hacen mejor jugador. Él quizá me hizo volver a trabajar en mi juego, volver a las pistas de entrenamiento y pensar en lo que podría cambiar para ser un mejor jugador”), de la competencia suele surgir la grandeza.

 

¿Por qué siguen acumulando campañas de decenas de goles y trofeos? Muy posiblemente, porque dan por sentado que su némesis, que esa otra cabeza del imperio, lo conseguirá.

 

 

Twitter/albertolati

 

 

 

caem

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