Obviamente se debe ser idiota para creer en las profecías del “calendario” maya (ni los mayas tenían calendas, ni nadie puede garantizar la correcta interpretación de tanta patraña), pero el 2012 sí será un año para terminar un ciclo: toda profecía se cumple si creemos en ella.

 

 

 

Si falla no es por su inconsistencia sino por nuestra falta de fe. Cuando el planeta siga girando como si nada, los hagiógrafos mayenses hallarán formas para explicar ese incumplimiento con matices y sesgos.

 

 

 

Sin embargo una era se cerrará a partir de este enero. Eso es tan seguro como el desviejadero cuyo término veremos cuando se muera febrero. El 2012 nos entregará de cualquier forma, el fin de dos sexenios panistas y quizá la noticia de no hallarnos con el tercero.

 

 

 

Finalmente, tras de muchos años de bregar eternidades, como dijeron sus fundadores, el Partido Acción Nacional llegó al poder con el advenimiento del siglo XXI para gobernar a México como en los peores momentos del priísmo del siglo pasado y este será el año de pagar facturas. La más cara de todas ellas podría ser su derrota en el mes de julio. Ese sería para muchos el verdadero fin del mundo. El mundo de la simulación democrática y la oportunidad para los negocios jamás soñados siquiera.

 

 

 

¿Perderá el PAN el poder? Quizás, quizás no; pero el riesgo hoy es mucho mayor de cómo lo veía Vicente Fox quien a pesar de todo logró poner en la silla a uno de los suyos (no al suyo). Pero a diferencia de hace seis años es mayor la dificultad del rompecabezas.

 

 

 

Esto resulta complejo por muchas razones. Especialmente por la cercanía con el desastroso proceso del 2006, hoy es mucho más compleja la manipulación pre electoral. Nadie puede creer ahora en la posibilidad de un fraude a la hora del voto y resulta más o menos difícil hacerlo en los tiempos del cómputo. El recurso más socorrido es la manipulación de los medios y la siembra de percepciones amenazadoras. Ya no se trata de meter votos en las urnas, ahora se necesita (otra vez) meter miedo en las cabezas. En ese sentido un elemento notable será cómo van a resolver en el Tribunal Electoral los evidentes actos anticipados de campaña. ¿Le van a retirar el registro a López Obrador por su amasiato indecoroso con “La Morena”? No se atreverían. Y si no osan hacerlo con él, tampoco lo harán con, los demás, todos ellos tan culpables como el propio peje (soy) lagarto (no soy).

 

 

 

Por eso, si el gobierno insiste en su tesis más reciente y se dedica a martillar su nuevo dogma: la confabulación de sus adversarios políticos con los narcotraficantes para separar a nuestra querida patria del sendero del bien; o sea, el camino obsesivo de una belicosidad infructuosa (cuyo resultado para el año entrante podrá llegar a los diez mil muertos anuales en promedio) logrará quitarle posibles votos al Partido Revolucionario Institucional sin la certeza de recibirlos todos para su talego.

 

 

 

Si tal ocurre, auxiliaría indirectamente al único enemigo realmente peligroso: Andrés Manuel López Obrador quien –cada quien tiene la suya—vive dominado por la obsesiva idea de vengarse de un enorme agravio electoral en su contra. Calderón y la mafia –ha dicho y ha escrito-, le robaron las elecciones.

 

 

 

En esos términos, no podría encabezar un gobierno de regeneración nacional, sin aplicarla contra quien cometió semejante despojo; se birló el resultado y se burló de millones de mexicanos. Imposible verlo como los americanos vieron a Gerald Ford y su piadosa mano en favor de Richard M. Nixon.

 

 

 

Por otra parte con el PRI se podrían negociar muchas cosas lo cual permitiría un sueño relativamente tranquilo en el futuro, pero no libraría al hombre providencial, a quien salvó a México del peligro para en insufrible paradoja, sufrir la peor de las humillaciones de su vida: perder el poder (lo cual ya es grave) y entregárselo al PRI (lo cual ya sería trágico); a cuyos malos gobernantes juró y perjuró combatir hasta el último aliento, hasta la última astilla de sus huesos y el soplo final de su espíritu.

 

 

 

Ese sería el fin de otro mundo. Pero el renacimiento de uno más.

 

La escena de Enrique Peña Nieto con la banda presidencial en el pecho y la burlona expresión de ¿no tronabas, pistolita? resulta imposible, absolutamente imposible.

 

 

 

Pero muchas de esas posibilidades dependen de algo por decidirse pronto: ¿quién va ser el candidato de Acción Nacional? La mala decisión interna puede actuar de inmediato en favor de los opositores. La verdad nadie en ese grupo tiene una imagen arrolladora ni un proyecto atractivo. Sus mejores momentos son refritos de un “calderonismo” paliducho y poco persuasivo.

 

 

 

El análisis más simple –por lo pronto–, nos permite con cierta certeza saber quién no va a ser el elegido en ese complejo proceso de firmas, respaldos y espejos encontrados.

 

 

 

Y todos los dedos señalan a Santiago Creel.

 

 

 

Josefina Vásquez Mota, la señora de la casa (honrosa condición ejercida en incógnitos horarios, pues cuando no anda en el tingo, anda en el tango) en cuya cabeza no caben ni los precios el frijol o las tortillas no parece ser una garantía de triunfo, ni siquiera con los patinazos de Peña.

 

 

 

Ernesto Cordero camina por el mismo cable flojo y sus desatinos y poca imaginación ya aburren. Insistir en los debates, culpar a Peña de los “errores (ajenos) de diciembre de 1994” cuando debería aprovechar los del 2011 (propios) son recursos de poca eficacia, cuyo sonido es opaco y débil.

 

 

 

Pero nos vamos a hartar de propaganda. De la buena y de la mala si aquella existiera. Navegaremos en lodazales inmundos y reiterativos, veremos exabruptos, acusaciones y revelaciones y nos pasaremos varios m4eses en espera del golpe maestro de Felipe Calderón: la exhibición de la presa mayor, el Gran Narco, el prófugo de todos los prófugos, el Belcebú de los narcotraficantes, el Capo Mayor.

 

 

 

Con ustedes, señoras y señores, “EL Chapo Guzmán”.

 

 

 

Y ya veremos entonces al caballero “Chapo” con su mirada gacha y su tardía confesión: sí, me protegía el PRI en Sinaloa, luego en Durango; también en el estado de México y en Veracruz. Todos estaban en mi nómina.

 

 

 

Pero si en estos días entre los intolerables “jingles” navideños y las sonrisas y carcajadas de Santa Claus nos hemos atiborrado con los “spots” del PAN y las declaraciones y entrevistas a diestra y siniestra de todos los contendientes. Llegaremos a junio hartos ahítos, fatigados y sin atención.

 

 

 

La contaminación electoral nos abrumará y nos hará reacios a seguir el juego de la continuidad publicitaria. Solamente los escándalos llamaran nuestra atención y para alimentar esa hoguera tenemos ahora un ingrediente especial, altamente combustible: las redes sociales.

 

 

 

El murmullo insistente, permanente y casi siempre desinformado de las redes (no se requiere información para decir ocurrencias propias) nos permitirá escándalos fugaces y divertidos. La trivialización de la política no se hará través de la TV con programas de parodia ni soportaremos al “Canti” con un discurso de sangrona moralina como el sexenio pasado.

 

 

 

Hoy los rumores correrán por las redes de manera irresponsable, irrefrenable y con las consecuencias de cada caso. Finalmente cuando alguien quiso de veras poner orden en esto (el gobernador Duarte de Veracruz) fue injustamente linchado.

 

 

 

No parece posible, por otra parte, ver la caída de Ángel Heladio Aguirre Rivero en Guerrero pero tampoco la solución del problema “ayotzinapo”.

 

 

 

Quizá sepamos de una oleada feroz de violencia en Sinaloa y una distensión en Michoacán, tierra de donde sale la mayoría de los males pues ha sido una zona abandonada al control del gobierno desde los tiempos florecientes del cardenismo hereditario.

 

 

 

Pero no todo ha de ser malas noticias. Las habrá peores.

 

 

 

En enero, con cualquier justificación del calendario, el gobierno federal, como si nada hubiera ocurrido le entregará al país la “Estela de luz”, un monumento conmemorativo fallido desde su origen. Fue erigido en el nombre del arco triunfal y terminó en un prisma doble iluminado desde dentro como suelen hacerse lámparas y adornos diversos de salón en cualquier casa de la clase media.

 

 

 

Las tonalidades ambarinas del ónice o el cuarzo con luces interiores es sedante y hermosa, pero ni siquiera la belleza de la luminosidad justifica el dispendio, la impreparación, el desaseo y la ineptitud de mostrada por el gobierno a lo largo de más de un año y medio de retraso para entregar el símbolo del bicentenario cuando la fecha ya forma parte de nuestro pasado.

 

 

 

Así nomás, al “aiseva”, al chingadazo, a como salga y como más dinero nos deje, el célebre símbolo lo será doblemente.

 

 

 

En el lenguaje oficial nos recordará la dobles gesta nacional, la Independencia disimulada y la Revolución contra cuyos herederos fue concebido el Partido Acción Nacional. Pero en el lenguaje popular la estela nos recordará por siempre, cómo hubo un fracaso monumental en nuestra historia, un intento derechista de reorientar el país sin lograrlo; un tiempo sangriento y doloroso en el cual una lucha digna y justa contra los delincuentes mayores, se tradujo en el descontrol absoluto y la generalización de la violencia cuyo combate fue emprendido de manera imprecisa y con poca estrategia.

 

 

 

Será todos los días y todas las noches el recordatorio de un fracaso.

 

 

 

Pero de todas maneras esta Semana (no) Santa, quiere para usted buenas cosas, felicidad, tranquilidad y suerte. Ojalá y la providencia nos aleje de una bala perdida.